Tiempo para Antígona
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Antígona
De María Zambrano
Dramaturgia: Mercedes Castro y Franco Palmieri
Adjunta de dirección: Mercedes Castro
Intérpretes: María Bravo, Cristina Segovia y Ángela Boj
Dirección: Franco Palmieri
Manuel
Barrera Benítez
Doctor en Filosofía y Letras
Profesor de Literatura Dramática de la ESD de málaga
El 24 de
enero de 2009, dentro del marco del XXVI Festival de Teatro de
Málaga, tuvo lugar el estreno de la única pieza teatral de la
insigne malagueña María Zambrano (1904-1991), hija predilecta de
Vélez-Málaga, de la provincia de Málaga y de Andalucía; Premio
Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981 y Premio
Cervantes en 1988.
La tumba
de Antígona
de María
Zambrano es un texto escrito en 1967, cercano por tanto en el tiempo
de escritura al de su más famosa e importante obra, Claros del
bosque de 1977. Se trata de una versión en la que la autora hace
suya la tragedia de Sófocles rescatando al personaje de su condición
de mito y reviviéndolo: Antígona puede, en esta obra, verse a sí
misma y hablar del tiempo no vivido pues, según María Zambrano, ésta
no se suicidó en su tumba, concediéndole la oportunidad de vivir
entre la vida y la muerte, rescatada al fin de la fatalidad y
actualizando su universo mítico con aportaciones del psicoanálisis y
la fenomenología de los sueños.
Comienza
así la obra, en el prólogo: “Antígona, en verdad, no se suicidó en
su tumba, según Sófocles, incurriendo en un inevitable error, nos
cuenta. Mas ¿podía Antígona darse la muerte, ella que no había
dispuesto nunca de su vida?” Y repite el personaje al final de la
primera escena: “Porque ahora conozco mi condena: Antígona,
enterrada viva, no morirás, seguirás así, ni en la vida ni en la
muerte, ni en la vida ni en la muerte…”, punto de partida que Frano
Palmieri, director del montaje, enfatiza.
María
Zambrano concede tiempo al personaje frente a la muerte y Antígona
lo aprovecha sin nostalgia de su vida no vivida sino dedicada a los
demás “pues que el amor y su ritual viaje a los ínferos es quien
alumbra el nacimiento de la conciencia”, dice la autora, quien
considera que ésta es la tragedia, de todas cuantas existen, más
cercana a la filosofía.
Es una
tragedia también en la que Zambrano puede ver reflejados ciertos
elementos de su propia biografía, como la relación con la hermana o
su condición de mujer adelantada a su tiempo y transgresora. La obra
concluye con una reflexión sobre el amor (“la tierra prometida”) y
la muerte, los dos grandes desconocidos por el hombre; porque el
pensamiento de María Zambrano siempre es un pensamiento poético en
el que cuenta menos la meta que el trayecto.
Sus
palabras nos dan la oportunidad de reencontrarnos, cumpliendo su
propósito de despertar nuestra conciencia, lo que consigue
humanizando la historia y la vida del personaje y convirtiendo la
razón en instrumento adecuado para conocer la realidad, tratando de
penetrar en los ínferos del alma para descubrir lo sagrado, que se
revela poéticamente y que abre camino con su funcionamiento
esencialmente metafórico, pues la palabra auténtica no sólo busca la
comunicación con el receptor, sino la comunión en éste.
El ensayo
de María Zambrano ocupa un lugar destacado entre las últimas grandes
versiones que han pretendido acercar el mito al espectador,
actualizándolo, sin perder la fuerza del texto clásico e intentado
reencontrar la belleza de las palabras.
En Los
siete contra Tebas de Esquilo, Antígona se convierte en la
protagonista del final sustituyendo el ardor guerrero de la primera
parte de la obra —en la que actúan como protagonistas sus hermanos
Eteocles (el héroe glorioso) y Polinices (el combatiente de muchas
luchas)— por su consideración sentimental de enterrar al hermano
muerto como religioso y humanitario deber.
El texto
es considerado por muchos como una interpolación para empalmar el
tema con la Antígona de Sófocles, obra verdaderamente
magistral y compleja en su invitación a la moderación, la reflexión
y la inteligencia, como sensato y equilibrado era su autor. Sófocles
subraya el carácter contradictorio de la heroína, la mujer-guerrero,
y enfatiza el valor del oxímoron (el santo delito) como parte
constitutiva y definitoria de la tragedia según afirma Peter Szondi.
También la interpretación cristiana encuentra ya su base en Sófocles
cuando hace afirmar al personaje: “Tienes que saber que nací no para
compartir con otros odio, sino para compartir amor”; lo que enlaza
perfectamente con el tema principal: “La intransigencia es con mucho
la más grande calamidad que asedia al hombre”.
La versión
de Anouilh, de 1942, se caracteriza por cierto esquematismo
melodramático y por cierto tono de rebeldía, aunque sin perder de
vista la riqueza formal de la pièce bien faîte. Destaca en
ella el afán de actualización, lo que da lugar a evidentes
anacronismos, expresión intencional de la unidad de todos los
tiempos: en un “escenario neutro” los personajes “charlan, tejen,
juegan a las cartas” y un personaje alegórico, El Prólogo, anticipa
y presenta la historia.
Antígona
es definida como una “flaca muchacha morena y reconcentrada a quien
nadie tomaba en serio en la familia y que se erguirá sola frente al
mundo”. Su hermana Ismena es su antítesis, la muchacha coqueta, bien
vestida y bien peinada, la de los rubios ricitos y las cintas
deseada por los muchachos, la que nunca ha comprendido a Antígona:
“ISMENA.-
¿Así que tú no tienes ganas de vivir?
ANTÍGONA.-
(murmura).- Que no tengo ganas de vivir… (Y más despacito todavía,
si es posible) ¿Quién se levantaba primero por la mañana para sentir
tan sólo el aire frío sobre la piel desnuda? ¿Quién se acostaba
última cuando no podía más de fatiga, para vivir otro poco de la
noche? ¿Quién lloraba, de muy pequeña, pensando que había tantos
animalitos, tantas briznas de hierba en el prado y que no era
posible cargar con todos?”
La versión
de Bertolt Brecht, de 1948, pertenece al ciclo de las grandes
adaptaciones clásicas por parte del creador del Teatro épico; obra
no exenta de poesía ni de didactismo. Lo más personal de esta
adaptación es la creación de un prólogo protagonizado por dos
hermanas que “salen del refugio antiaéreo y entran en su casa” y un
soldado de las SS. La acción se sitúa en abril de 1945 en Berlín.
A pesar de
todo, las versiones de Jean Anouilh y Bertolt Brecht son bastante
fieles al original de Sófocles, sobre todo si las comparamos con la
de María Zambrano, mucho más libre e imaginativa desde mi punto de
vista, ya que, siguiendo la estela de la Santa Juana de
George Bernard Shaw, de 1923, la autora malagueña hace que Antígona
reciba en su tumba la visita, imaginada o soñada, de todas las
personas que han sido importantes en su vida.
Si Anouilh
apostaba por la cotidianeidad (las salidas nocturnas de los jóvenes,
el café, la partida de cartas que enmarca y da profundidad simbólica
a la acción) y Bertolt Brecht por la referencia histórica en una
comprometida reflexión sobre la reciente Guerra Mundial, María
Zambrano propone una lectura en clave filosófica, sin renunciar a la
poesía dramática, que hace vivir a Antígona un tiempo suplementario
y una vida propia, transmitiendo su luz a través de su verbo en un
ritual en el que el personaje y la autora se confiesan en las
coordenadas de un espacio metafísico que está dentro y, al mismo
tiempo, más allá de la realidad, combinando el tiempo de la psique o
atemporalidad inicial con el tiempo de la creación; los sueños y los
deseos con los estados de lucidez.
En
definitiva, que hemos tenido el privilegio de poder asistir al
estreno de un texto maravilloso que retoma una historia y un
personaje excepcionales. Y de verlo representado por una joven
compañía fundada por dos actrices de gran coraje y de sólida
formación: María Bravo y Cristina Segovia.
La primera
es licenciada en Derecho y en Arte Dramático por la ESAD de Málaga;
las dos han estudiado interpretación con el actor Juan Carlos
Corazza en su afamado Estudio Internacional del que han salido
muchos de los más populares actores españoles de la actualidad;
ambas compaginan su trabajo en el teatro con el cine y la
televisión; y, además de actuar, soportan la difícil tarea y la
presión de sacar adelante su productora, El Círculo de Tiza, nombre
brechtiano elegido por ellas para dar respuesta a la necesidad que
como artistas sienten de “generar y gestionar su propio producto”,
“ejerciendo así un control más directo sobre la calidad del mismo” y
con el espíritu de llevar a cabo una “búsqueda amplia y creativa de
la interpretación” y “captar un público más amplio y variado”, según
sus propias palabras.
El
espectáculo cuenta, además, con la inestimable colaboración del
Elsinor teatro stabile d’innovazione y de su prestigioso director
Franco Palmieri. El Elsinor es el primer centro interregional de
Italia en la producción y programación teatral. Trabaja tanto teatro
infantil como teatro para adultos en tres regiones muy importantes
desde el punto de vista teatral en Italia: Lombardía, Toscana y
Emilia-Romaña, con centros en Milán, Florencia y Forlì. Sus
fundadores y directores artísticos son: Stefano Braschi, Enrica
Paoletti y Franco Palmieri, a quien podemos definir como hombre de
teatro total, pues ha ejercido y ejerce las funciones de actor,
director, dramaturgista, editor y animador de teatro.
Franco
Palmieri es graduado por la Universidad de Bolonia en historia del
teatro con una tesis sobre Antropología y Teatro en el sur de
Italia; pasante en prestigiosos centros teatrales como el Odin
Teatro (Dinamarca) o el Teatro Laboratorio de Grotowski en la Bienal
de Venecia; colaborador de Eugenio Barba; animador teatral de las
universidades de Bolonia, Milán, Palermo y Florencia dentro de su
país y colaborador en otros muchos trabajos teatrales fuera de éste,
sobre todo en Cracovia y en los últimos años también en España,
incluso en Israel donde en 2006 organiza un curso de teatro para
jóvenes israelíes y palestinos contribuyendo así en la tan necesaria
“conciliación” entre pueblos y culturas diferentes.
Ésta es su
tercera colaboración con El Círculo de Tiza, siendo la primera el
montaje de Las mujeres que amaron de Peter Cameron y la
segunda la puesta en escena del infantil Palabras de papel.
Por
último, me gustaría destacar también el trabajo de Ángela Boj, la
otra actriz, de formidable voz, que completa el reparto y de
Mercedes Castro, adjunta de dirección y corresponsable de la
dramaturgia del espectáculo, de quien depende en gran medida el
didactismo subrayado en este montaje y las evidentes dosis de
justificación realista de una puesta en escena que conjuga
ilusionismo y distancia estética sin contradicción entre ambas
direcciones, aunque tal vez necesitada de una mayor capacidad para
generar imágenes escénicas visuales y sonoras equivalentes a la
extraordinaria riqueza poética del texto.
Beneficioso para el teatro resulta el atrevimiento y la apuesta
decidida en la elección de este maravilloso texto y el desafío que
supone enfrentarse a sus enormes posibilidades de escenificación en
las actuales coordenadas en que nos movemos. Más allá del resultado
final, es necesario valorar el esfuerzo y el riesgo de la
producción. Ojalá en futuros montajes pueda disfrutar el espectador
del placer de oír el texto completo de la injustamente olvidada como
dramaturga María Zambrano.