Número 27. Septiembre de 2009

Tiempo para Antígona

 

Antígona
De María Zambrano
Dramaturgia: Mercedes Castro y Franco Palmieri
Adjunta de dirección: Mercedes Castro
Intérpretes: María Bravo, Cristina Segovia y Ángela Boj
Dirección: Franco Palmieri

Manuel Barrera Benítez
Doctor en Filosofía y Letras
Profesor de Literatura Dramática de la ESD de málaga

El 24 de enero de 2009, dentro del marco del XXVI Festival de Teatro de Málaga, tuvo lugar el estreno de la única pieza teatral de la insigne malagueña María Zambrano (1904-1991), hija predilecta de Vélez-Málaga, de la provincia de Málaga y de Andalucía; Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981 y Premio Cervantes en 1988.

La tumba de Antígona de María Zambrano es un texto escrito en 1967, cercano por tanto en el tiempo de escritura al de su más famosa e importante obra, Claros del bosque de 1977. Se trata de una versión en la que la autora hace suya la tragedia de Sófocles rescatando al personaje de su condición de mito y reviviéndolo: Antígona puede, en esta obra, verse a sí misma y hablar del tiempo no vivido pues, según María Zambrano, ésta no se suicidó en su tumba, concediéndole la oportunidad de vivir entre la vida y la muerte, rescatada al fin de la fatalidad y actualizando su universo mítico con aportaciones del psicoanálisis y la fenomenología de los sueños.

Comienza así la obra, en el prólogo: “Antígona, en verdad, no se suicidó en su tumba, según Sófocles, incurriendo en un inevitable error, nos cuenta. Mas ¿podía Antígona darse la muerte, ella que no había dispuesto nunca de su vida?” Y repite el personaje al final de la primera escena: “Porque ahora conozco mi condena: Antígona, enterrada viva, no morirás, seguirás así, ni en la vida ni en la muerte, ni en la vida ni en la muerte…”, punto de partida que Frano Palmieri, director del montaje, enfatiza.

María Zambrano concede tiempo al personaje frente a la muerte y Antígona lo aprovecha sin nostalgia de su vida no vivida sino dedicada a los demás “pues que el amor y su ritual viaje a los ínferos es quien alumbra el nacimiento de la conciencia”, dice la autora, quien considera que ésta es la tragedia, de todas cuantas existen, más cercana a la filosofía.

Es una tragedia también en la que Zambrano puede ver reflejados ciertos elementos de su propia biografía, como la relación con la hermana o su condición de mujer adelantada a su tiempo y transgresora. La obra concluye con una reflexión sobre el amor (“la tierra prometida”) y la muerte, los dos grandes desconocidos por el hombre; porque el pensamiento de María Zambrano siempre es un pensamiento poético en el que cuenta menos la meta que el trayecto.

Sus palabras nos dan la oportunidad de reencontrarnos, cumpliendo su propósito de despertar nuestra conciencia, lo que consigue humanizando la historia y la vida del personaje y convirtiendo la razón en instrumento adecuado para conocer la realidad, tratando de penetrar en los ínferos del alma para descubrir lo sagrado, que se revela poéticamente y que abre camino con su funcionamiento esencialmente metafórico, pues la palabra auténtica no sólo busca la comunicación con el receptor, sino la comunión en éste.

El ensayo de María Zambrano ocupa un lugar destacado entre las últimas grandes versiones que han pretendido acercar el mito al espectador, actualizándolo, sin perder la fuerza del texto clásico e intentado reencontrar la belleza de las palabras.

En Los siete contra Tebas de Esquilo, Antígona se convierte en la protagonista del final sustituyendo el ardor guerrero de la primera parte de la obra —en la que actúan como protagonistas sus hermanos Eteocles (el héroe glorioso) y Polinices (el combatiente de muchas luchas)— por su consideración sentimental de enterrar al hermano muerto como religioso y humanitario deber.

El texto es considerado por muchos como una interpolación para empalmar el tema con la Antígona de Sófocles, obra verdaderamente magistral y compleja en su invitación a la moderación, la reflexión y la inteligencia, como sensato y equilibrado era su autor. Sófocles subraya el carácter contradictorio de la heroína, la mujer-guerrero, y enfatiza el valor del oxímoron (el santo delito) como parte constitutiva y definitoria de la tragedia según afirma Peter Szondi. También la interpretación cristiana encuentra ya su base en Sófocles cuando hace afirmar al personaje: “Tienes que saber que nací no para compartir con otros odio, sino para compartir amor”; lo que enlaza perfectamente con el tema principal: “La intransigencia es con mucho la más grande calamidad que asedia al hombre”.

La versión de Anouilh, de 1942, se caracteriza por cierto esquematismo melodramático y por cierto tono de rebeldía, aunque sin perder de vista la riqueza formal de la pièce bien faîte. Destaca en ella el afán de actualización, lo que da lugar a evidentes anacronismos, expresión intencional de la unidad de todos los tiempos: en un “escenario neutro” los personajes “charlan, tejen, juegan a las cartas” y un personaje alegórico, El Prólogo, anticipa y presenta la historia.

Antígona es definida como una “flaca muchacha morena y reconcentrada a quien nadie tomaba en serio en la familia y que se erguirá sola frente al mundo”. Su hermana Ismena es su antítesis, la muchacha coqueta, bien vestida y bien peinada, la de los rubios ricitos y las cintas deseada por los muchachos, la que nunca ha comprendido a Antígona:

 

“ISMENA.- ¿Así que tú no tienes ganas de vivir?

ANTÍGONA.- (murmura).- Que no tengo ganas de vivir… (Y más despacito todavía, si es posible) ¿Quién se levantaba primero por la mañana para sentir tan sólo el aire frío sobre la piel desnuda? ¿Quién se acostaba última cuando no podía más de fatiga, para vivir otro poco de la noche? ¿Quién lloraba, de muy pequeña, pensando que había tantos animalitos, tantas briznas de hierba en el prado y que no era posible cargar con todos?”

 

La versión de Bertolt Brecht, de 1948, pertenece al ciclo de las grandes adaptaciones clásicas por parte del creador del Teatro épico; obra no exenta de poesía ni de didactismo. Lo más personal de esta adaptación es la creación de un prólogo protagonizado por dos hermanas que “salen del refugio antiaéreo y entran en su casa” y un soldado de las SS. La acción se sitúa en abril de 1945 en Berlín.

A pesar de todo, las versiones de Jean Anouilh y Bertolt Brecht son bastante fieles al original de Sófocles, sobre todo si las comparamos con la de María Zambrano, mucho más libre e imaginativa desde mi punto de vista, ya que, siguiendo la estela de la Santa Juana de George Bernard Shaw, de 1923, la autora malagueña hace que Antígona reciba en su tumba la visita, imaginada o soñada, de todas las personas que han sido importantes en su vida.

Si Anouilh apostaba por la cotidianeidad (las salidas nocturnas de los jóvenes, el café, la partida de cartas que enmarca y da profundidad simbólica a la acción) y Bertolt Brecht por la referencia histórica en una comprometida reflexión sobre la reciente Guerra Mundial, María Zambrano propone una lectura en clave filosófica, sin renunciar a la poesía dramática, que hace vivir a Antígona un tiempo suplementario y una vida propia, transmitiendo su luz a través de su verbo en un ritual en el que el personaje y la autora se confiesan en las coordenadas de un espacio metafísico que está dentro y, al mismo tiempo, más allá de la realidad, combinando el tiempo de la psique o atemporalidad inicial con el tiempo de la creación; los sueños y los deseos con los estados de lucidez.

En definitiva, que hemos tenido el privilegio de poder asistir al estreno de un texto maravilloso que retoma una historia y un personaje excepcionales. Y de verlo representado por una joven compañía fundada por dos actrices de gran coraje y de sólida formación: María Bravo y Cristina Segovia.

La primera es licenciada en Derecho y en Arte Dramático por la ESAD de Málaga; las dos han estudiado interpretación con el actor Juan Carlos Corazza en su afamado Estudio Internacional del que han salido muchos de los más populares actores españoles de la actualidad; ambas compaginan su trabajo en el teatro con el cine y la televisión; y, además de actuar, soportan la difícil tarea y la presión de sacar adelante su productora, El Círculo de Tiza, nombre brechtiano elegido por ellas para dar respuesta a la necesidad que como artistas sienten de “generar y gestionar su propio producto”, “ejerciendo así un control más directo sobre la calidad del mismo” y con el espíritu de llevar a cabo una “búsqueda amplia y creativa de la interpretación” y “captar un público más amplio y variado”, según sus propias palabras.

El espectáculo cuenta, además, con la inestimable colaboración del Elsinor teatro stabile d’innovazione y de su prestigioso director Franco Palmieri. El Elsinor es el primer centro interregional de Italia en la producción y programación teatral. Trabaja tanto teatro infantil como teatro para adultos en tres regiones muy importantes desde el punto de vista teatral en Italia: Lombardía, Toscana y Emilia-Romaña, con centros en Milán, Florencia y Forlì. Sus fundadores y directores artísticos son: Stefano Braschi, Enrica Paoletti y Franco Palmieri, a quien podemos definir como hombre de teatro total, pues ha ejercido y ejerce las funciones de actor, director, dramaturgista, editor y animador de teatro.

Franco Palmieri es graduado por la Universidad de Bolonia en historia del teatro con una tesis sobre Antropología y Teatro en el sur de Italia; pasante en prestigiosos centros teatrales como el Odin Teatro (Dinamarca) o el Teatro Laboratorio de Grotowski en la Bienal de Venecia; colaborador de Eugenio Barba; animador teatral de las universidades de Bolonia, Milán, Palermo y Florencia dentro de su país y colaborador en otros muchos trabajos teatrales fuera de éste, sobre todo en Cracovia y en los últimos años también en España, incluso en Israel donde en 2006 organiza un curso de teatro para jóvenes israelíes y palestinos contribuyendo así en la tan necesaria “conciliación” entre pueblos y culturas diferentes.

Ésta es su tercera colaboración con El Círculo de Tiza, siendo la primera el montaje de Las mujeres que amaron de Peter Cameron y la segunda la puesta en escena del infantil Palabras de papel.

Por último, me gustaría destacar también el trabajo de Ángela Boj, la otra actriz, de formidable voz, que completa el reparto y de Mercedes Castro, adjunta de dirección y corresponsable de la dramaturgia del espectáculo, de quien depende en gran medida el didactismo subrayado en este montaje y las evidentes dosis de justificación realista de una puesta en escena que conjuga ilusionismo y distancia estética sin contradicción entre ambas direcciones, aunque tal vez necesitada de una mayor capacidad para generar imágenes escénicas visuales y sonoras equivalentes a la extraordinaria riqueza poética del texto.

Beneficioso para el teatro resulta el atrevimiento y la apuesta decidida en la elección de este maravilloso texto y el desafío que supone enfrentarse a sus enormes posibilidades de escenificación en las actuales coordenadas en que nos movemos. Más allá del resultado final, es necesario valorar el esfuerzo y el riesgo de la producción. Ojalá en futuros montajes pueda disfrutar el espectador del placer de oír el texto completo de la injustamente olvidada como dramaturga María Zambrano.

 

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