Antonin Artaud... ¡maldito!

Adolfo
Simón
Hay un grupo de creadores a lo largo de la historia del arte que
podría tener la etiqueta de malditos, sería realmente como un
signo de su personalidad, no algo impuesto por la sociedad, es como
si en su búsqueda tuvieran la necesidad de perderse por laberintos
imprevisibles, espacios sin salida donde la locura es el único
oxígeno que respiran. Gracias a esos trayectos dolorosos e
imposibles, pasado el tiempo, su legado nos permite ir mucho más
allá de lo que la convención nos ofrece a diario. Antonin Artaud no
se cortó la oreja como lo hizo Van Gogh
pero sí transitó por el filo de la navaja de su mente genial y
perturbada, muriendo también, como el pintor de Los girasoles,
en la más absoluta precariedad, con la sola compañía de sus
fantasmas.
Ironías de
la vida, los ciudadanos de a pie, tenemos la necesidad y la
obligación de rescatar de las bibliotecas y fondos de museo la obra
y trayectoria de esos genios que, a su pesar, durmieron con el
horror para poder alcanzar la belleza. Como vampiros ávidos nos
lanzamos sobre todo trazo y palabra que hayan dejado en un cuaderno
o lienzo. Es la única posibilidad de poder aprovechar la sangre de
su dolor, el fruto de su creación maldita. Las fobias, delirios y
psicosis de Artaud provocaron que fuera encerrado durante dieciséis
años en psiquiátricos, pero su talento sobrevivió a esa cárcel.
Antonin
Artaud perteneció al grupo de pensadores que revolucionaron la
escena del siglo XX, actor y crítico de arte en los años treinta,
fue un viajero experimental, narrador, dibujante y, sobre todo,
poeta; descubrió otra manera de usar el lenguaje. Artaud publicó sus
primeros versos en mil novecientos venticuatro, con el título
Tric trac du Ciel, fue a través de esta obra que Artaud entró en
contacto con André Breton y los
principios del grupo surrealista,
convirtiéndose en uno de sus principales miembros. Participó
activamente en la revista La Révolution Surréaliste, pero la
ruptura con Breton no tardaría en llegar en mil novecientos
ventiséis, apartándose así de dicho movimiento. Conocido como
escritor en ese momento y reconocido como teórico de una nueva forma
de entender el teatro, su texto El teatro y su doble sigue
leyéndose, en el ámbito de las artes escénicas, con la misma
devoción que las teorías de Stanislavski o Grotowski. Se adentró en
el teatro, como actor y director, terminando por dedicarse a la
teoría una vez que el reconocimiento que deseaba nunca llegó. Tras
el fracaso que vivió con la obra Los Cenci en mil novecientos
treinta y cinco, un drama basado en la obra de Stendhal, se fue a
México donde vivió durante meses con los indios tarahumaras,
experiencia que le sirvió para escribir el libro
Los Tarahumaras.
La Casa
Encendida, en Madrid, presentó por primera vez en España una
retrospectiva sobre la vida y obra del artista francés.
Hasta el siete de junio de dos mil nueve,
sus dibujos y Cahiers, además de algunas fotografías y
manuscritos nos ayudaron a adentrarnos en la personalidad del
controvertido artista. Sus obras, libres y singulares, ponen de
manifiesto su energía, pero también su dolor y sus obsesiones. La
muestra contó con la participación excepcional de la
Bibliothèque
nationale de France, la colaboración especial del
Centre Georges Pompidou de París y el Musée Cantini de Marsella.
Además de la autorización y aportaciones de los herederos del
escritor, coleccionistas particulares e instituciones tales como la
Bibliothèque Litteraire
Jacques Doucet, París, o The Pierre and Gaetana Matisse Foundation
de Nueva York.
Antonin
Artaud murió a los cincuenta y dos años, el cuatro de marzo de mil
novecientos cuarenta y ocho, poniendo así, fin a una existencia
atormentada y alucinada de la que surgió una gran clarividencia
sobre el sentido del arte. A lo largo de su vida, el artista francés
escribió cuatrocientos seis cuadernos, muchos de ellos durante sus
temporadas en el manicomio. Esta muestra reunió
treinta y cinco Cahiers inéditos,
algunos expuestos por primera vez. Artaud escribió en ellos,
diariamente, dejó notas, dibujos, fragmentos y textos preparatorios
de algunas de sus publicaciones.
Los
dibujos, cargados de distorsiones, reflejaban sus obsesiones y
miedos. En ellos se encuentran algunos
retratos realizados a sus amigos,
la mayoría artistas de la época, quienes a pesar de su locura no le
abandonaron e incluso organizaron una muestra con sus obras para
recabar fondos y poder ofrecerle una pensión mensual. Entre ellos
aparecían: André Breton, André Masson y el fotógrafo Man Ray.
Los textos
incluidos en el espléndido catálogo editado han sido seleccionados
al hilo de las obras que se presentan en la exposición y traducidos
por Mauro Armiño, Premio Nacional de Traducción, quien además
dirigió, a lo largo del mes de mayo, encuentros de debate sobre
Artaud y su época en la biblioteca de La Casa Encendida. Dicho
catálogo incluía textos de la comisaria, Marta González; Sarah
Wilson, catedrática en el Courtauld Institut of Art de Londres;
Guillaume Fau, conservador de los fondos Artaud en la Bibliothèque
Nationale de France y Ángel González García, profesor de arte
contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid y Premio
Nacional de Ensayo.
Simultáneamente a la muestra, La Casa Encendida programó un conjunto
de actividades sobre la obra del artista. Se pudo asistir a una
selección de películas que mostraron su faceta de actor y guionista
en el
ciclo Artaud-Cine.
Además, el cineasta y escritor Vicente Molina Foix coordinó unas
jornadas
en torno a
la figura de Artaud. A finales de mayo se presentó una
radioperformance inspirada en el programa que hizo para la Radio
Francesa, que no se pudo escuchar porque fue censurada en su día,
pudiendo nosotros disfrutar de ella en este ciclo.