Número 27. Septiembre de 2009

Antonin Artaud... ¡maldito!

 

Adolfo Simón

Hay un grupo de creadores a lo largo de la historia del arte que podría tener la etiqueta de malditos, sería realmente como un signo de su personalidad, no algo impuesto por la sociedad, es como si en su búsqueda tuvieran la necesidad de perderse por laberintos imprevisibles, espacios sin salida donde la locura es el único oxígeno que respiran. Gracias a esos trayectos dolorosos e imposibles, pasado el tiempo, su legado nos permite ir mucho más allá de lo que la convención nos ofrece a diario. Antonin Artaud no se cortó la oreja como lo hizo Van Gogh pero sí transitó por el filo de la navaja de su mente genial y perturbada, muriendo también, como el pintor de Los girasoles, en la más absoluta precariedad, con la sola compañía de sus fantasmas.

Ironías de la vida, los ciudadanos de a pie, tenemos la necesidad y la obligación de rescatar de las bibliotecas y fondos de museo la obra y trayectoria de esos genios que, a su pesar, durmieron con el horror para poder alcanzar la belleza. Como vampiros ávidos nos lanzamos sobre todo trazo y palabra que hayan dejado en un cuaderno o lienzo. Es la única posibilidad de poder aprovechar la sangre de su dolor, el fruto de su creación maldita. Las fobias, delirios y psicosis de Artaud provocaron que fuera encerrado durante dieciséis años en psiquiátricos, pero su talento sobrevivió a esa cárcel.

Antonin Artaud perteneció al grupo de pensadores que revolucionaron la escena del siglo XX, actor y crítico de arte en los años treinta, fue un viajero experimental, narrador, dibujante y, sobre todo, poeta; descubrió otra manera de usar el lenguaje. Artaud publicó sus primeros versos en mil novecientos venticuatro, con el título Tric trac du Ciel, fue a través de esta obra que Artaud entró en contacto con André Breton y los principios del grupo surrealista, convirtiéndose en uno de sus principales miembros. Participó activamente en la revista La Révolution Surréaliste, pero la ruptura con Breton no tardaría en llegar en mil novecientos ventiséis, apartándose así de dicho movimiento. Conocido como escritor en ese momento y reconocido como teórico de una nueva forma de entender el teatro, su texto El teatro y su doble sigue leyéndose, en el ámbito de las artes escénicas, con la misma devoción que las teorías de Stanislavski o Grotowski. Se adentró en el teatro, como actor y director, terminando por dedicarse a la teoría una vez que el reconocimiento que deseaba nunca llegó. Tras el fracaso que vivió con la obra Los Cenci en mil novecientos treinta y cinco, un drama basado en la obra de Stendhal, se fue a México donde vivió durante meses con los indios tarahumaras, experiencia que le sirvió para escribir el libro Los Tarahumaras.

La Casa Encendida, en Madrid, presentó por primera vez en España una retrospectiva sobre la vida y obra del artista francés. Hasta el siete de junio de dos mil nueve, sus dibujos y Cahiers, además de algunas fotografías y manuscritos nos ayudaron a adentrarnos en la personalidad del controvertido artista. Sus obras, libres y singulares, ponen de manifiesto su energía, pero también su dolor y sus obsesiones. La muestra contó con la participación excepcional de la Bibliothèque nationale de France, la colaboración especial del Centre Georges Pompidou de París y el Musée Cantini de Marsella. Además de la autorización y aportaciones de los herederos del escritor, coleccionistas particulares e instituciones tales como la Bibliothèque Litteraire Jacques Doucet, París, o The Pierre and Gaetana Matisse Foundation de Nueva York.

Antonin Artaud murió a los cincuenta y dos años, el cuatro de marzo de mil novecientos cuarenta y ocho, poniendo así, fin a una existencia atormentada y alucinada de la que surgió una gran clarividencia sobre el sentido del arte. A lo largo de su vida, el artista francés escribió cuatrocientos seis cuadernos, muchos de ellos durante sus temporadas en el manicomio. Esta muestra reunió treinta y cinco Cahiers inéditos, algunos expuestos por primera vez. Artaud escribió en ellos, diariamente, dejó notas, dibujos, fragmentos y textos preparatorios de algunas de sus publicaciones.

Los dibujos, cargados de distorsiones, reflejaban sus obsesiones y miedos. En ellos se encuentran algunos retratos realizados a sus amigos, la mayoría artistas de la época, quienes a pesar de su locura no le abandonaron e incluso organizaron una muestra con sus obras para recabar fondos y poder ofrecerle una pensión mensual. Entre ellos aparecían: André Breton, André Masson y el fotógrafo Man Ray.

Los textos incluidos en el espléndido catálogo editado han sido seleccionados al hilo de las obras que se presentan en la exposición y traducidos por Mauro Armiño, Premio Nacional de Traducción, quien además dirigió, a lo largo del mes de mayo, encuentros de debate sobre Artaud y su época en la biblioteca de La Casa Encendida. Dicho catálogo incluía textos de la comisaria, Marta González; Sarah Wilson, catedrática en el Courtauld Institut of Art de Londres; Guillaume Fau, conservador de los fondos Artaud en la Bibliothèque Nationale de France y Ángel González García, profesor de arte contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid y Premio Nacional de Ensayo.

Simultáneamente a la muestra, La Casa Encendida programó un conjunto de actividades sobre la obra del artista. Se pudo asistir a una selección de películas que mostraron su faceta de actor y guionista en el ciclo Artaud-Cine. Además, el cineasta y escritor Vicente Molina Foix coordinó unas jornadas en torno a la figura de Artaud. A finales de mayo se presentó una radioperformance inspirada en el programa que hizo para la Radio Francesa, que no se pudo escuchar porque fue censurada en su día, pudiendo nosotros disfrutar de ella en este ciclo.

 

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