Número 27. Septiembre de 2009

Las dudas del vivir

 

Vania. La realidad y el deseo
Teatro del Norte

 

Boni Ortiz

 

El título del último montaje de Teatro del Norte contiene su propia naturaleza. Por una parte —y de manera principal— la tragicomedia de Antón Chéjov, en la que el propio Vania da cuenta de su sacrificio y el de Sonia (personaje que no existe en la propuesta de Etelvino), a favor de la carrera literaria del profesor Serebriakov que ya viejo, vuelve a casa en compañía de su joven mujer Elena, deseada por el médico Astrov y el propio Vania. Por otra, el título del libro de Cernuda La realidad y el deseo, del que Etelvino recoge el poema Libertad no conozco. Pero nos quedaríamos en la anécdota si sólo viésemos las coincidencias en el título. Lo realmente importante en este montaje —como en otros de Etelvino y de manera singular en su Pasajero de las sombras— es la reflexión sobre “la vida gastada”, la búsqueda del sentido de lo hecho, del camino tomado, de lo vivido. Se trata pues del Ser y el Tiempo, o si se quiere del Haber Sido en el Tiempo. Éstas sí son preguntas de un humanista radical que manifiesta su esperanza, dando la vida por buena. Aquí sobra la metafísica implícita en el ontologismo retórico, contenida en las preguntas “¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?”, tratadas con el rigor merecido por Siniestro Total, en su disco Menos mal que nos queda Portugal. Confundir la Realidad y el Deseo, es una constante del que vive y del que desea. Aunque probablemente vida y deseo sean lo mismo, o deberían serlo.

Etelvino Vázquez reduce a los cuatro ya mentados: Elena, el médico Astrov, el profesor Serebriakov y Tío Vania, los nueve personajes de la obra original, sin que ello signifique una mutilación del texto. Se trata de un replanteamiento de los diálogos que refuerzan la presencia de Vania, sin que se pierdan las “relaciones”. Porque el teatro de Chéjov en general y Tío Vania en particular, es un teatro de personajes relacionados y Etelvino, con total acierto, desarrolla esta función por el camino de las relaciones, profundizándolas, abriendo puertas al texto y mediante improvisaciones actorales, avanza en la interrelación de los personajes y en la propia construcción de esta historia de relaciones.

La acción se desarrolla en el salón de la hacienda: único escenario creado por Carlos Lorenzo con cámara negra, alfombras en el suelo y en cuyo fondo hay un amplio aparador conteniendo botellas de licor, vasos, un juego de té y un aparato doméstico reproductor de música muy presente, accionado por los actores y desde el que se oye, la ecléctica selección musical que siempre acompaña los montajes de Teatro del Norte, que en esta ocasión va de Vivaldi a Avalanch, pasando por Bach, Beethoven o Gloria Gaynor. Delante del aparador, un sillón y una lámpara de pie y más a la derecha una mesa de comedor con cuatro sillas. En ese lugar y cerca del público, una puerta al jardín acristalada al modo antiguo, es la referencia del exterior. Desde allá algunos personajes observan el interior sin ser vistos; iluminada a la perfección, a veces los vemos venir; otras y desde el interior, se contemplan la libertad, el camino sugerido y la posibilidad de la huída de ese mundo que se derrumba sobre quienes lo habitan y lo han construido. En el lado opuesto del escenario, un micrófono instalado en su pie será el lugar desde el que los habitantes de ese mundo, nos lancen sus dolidos pensamientos, sus deseos frustrados, distanciados por los tonos y actitudes actorales y el sonido del propio artilugio megafónico.

Obligatoriamente tengo que detenerme en la extraordinaria interpretación de todos, empezando por el propio Etelvino incorporando a Vania sin necesidad de enfundarse ninguna otra piel; la bella Elena corporizada por Carlos Mesa con tanto rigor que logró perfumar la sala de feromonas. Memorable el juego de ambos de “la sirenita” por la autenticidad, la ternura y la emoción lograda; el Profesor Serebriakov puesto en pie por David González, el actor más joven del reparto que con mucha sabiduría, estereotipó al viejo profesor para que lo viéramos claro. Y por último quiero mencionar a Cristina Lorenzo que nos sirvió a un baldío médico Astrov definitivo en su desesperanza y complemento perfecto de Vania. La extraordinaria función ofrecida por Teatro del Norte, está a juego con el realismo de la historia, sin renunciar a la evocación de la intrahistoria de la “vida gastada”, para la que se usan unos lenguajes más abstractos. Todo es adecuado; perfecto en su ritmo y en su factura; magnífico en su significado y singular la sintonía con las preocupaciones de los que pasamos con creces del medio siglo. Cuántas veces nos asaltan las incógnitas de Vania, tan justas, tan claras, tan inquietantes. Qué difícil las respuestas francas, sin imposturas. Puede que en ellas también confundamos Realidad y Deseo.  

 

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