La política teatral del gobierno del Principado no deja de
sorprendernos. Los últimos acontecimientos que hacen
referencia a la programación de la Laboral y a la suspensión
de la especialidad de Dirección en la Escuela Superior de
Arte Dramático, confirman que nos hallamos en un círculo
vicioso de despropósitos del que nos es imposible encontrar
una salida. Se trata de dos problemas que son elementos
pertenecientes al mismo tronco y que van más allá de la
arquitectura simbólica que los representa. Disociarlos, o
presentarlos en planos dispares, como hemos dicho en
múltiples ocasiones, sólo manifiesta una gran dosis de
incoherencia.
Las declaraciones realizadas a la prensa durante estos dos
últimos meses por parte de Mateo Feijóo, director artístico
de la Laboral, y de Mercedes Álvarez, Consejera de Cultura,
sin un mínimo atisbo de reflexión acerca de las críticas
recibidas sobre la programación y la política teatral, no
pueden entenderse más que como una desafortunada soflama de
afirmación y como un intercambio de autobombos.
Interpretarlas fuera del juego político, y de la
consideración propagandística, acrecienta el empecinamiento.
Como no es éste el momento ni el espacio adecuado para
entrar en detalles, baste como muestra una cifra para
evidenciar la seriedad del problema: el presupuesto anual
que dedica la Consejería de Cultura a subvencionar la
producción de los espectáculos de las compañías
profesionales asturianas (135.000 €) es casi el mismo que
los honorarios que recibe por ejercicio como programador de
la Laboral el señor Feijóo (130.000 €; presupuesto con el
que hace frente también, parece ser, al salario de una o dos
secretarias). Es decir, toda una declaración de principios
que no conviene olvidar y que zanja, de entrada, cualquier
tipo de discusión sobre el desarrollo del proyecto de la
Laboral y otros pormenores vertidos en las entrevistas.
Quienes hemos seguido la programación de Mateo Feijóo, con
más o menos regularidad, podemos dar fe de que el balance de
resultados ha sido variopinto, con espectáculos, muestras y
encuentros de calidad diversa, más allá del compartimento
experimental al que pertenezcan, y de las cualidades y
cantidades de público a quien va dirigido. Algunas piezas
han sido dignas de revelarnos lo mejor del palmarés
internacional, y otras han saltado al ruedo escénico
fraudulentas, bajo el palio performativo, sin el más mínimo
tamizado artístico. Representaciones éstas inexplicables,
dentro de unas muestras que no conllevan el riesgo que
suponen los estrenos. Con todo, lo que ha desvirtuado el
programa Feijóo ha sido su autosuficiencia, la arbitrariedad
de que ha hecho gala a la hora de programar a sus amigos, su
indiferencia hacia las compañías y artistas más importantes
del teatro profesional asturiano, y su desprecio hacia la
vanguardia dramática y hacia la experimentación que usa de
la palabra como un elemento vertebral —otro más— del
entramado escénico. Comportamientos y líneas de programación
fallidas que a nuestro juicio desacreditan a cualquier
director de programación, y que los responsables políticos
debieran discutir con tranquilidad, porque lo que está en
juego en la Laboral es un espacio cultural de envergadura,
con amplitud de miras, y convendría dilucidar a qué modelo
ideológico experimental y europeo —de los muchos existentes—
queremos pertenecer.
Por lo que respecta a la Escuela Superior de Arte Dramático,
la inesperada supresión del plan de estudios de la
especialidad de Dirección, para los alumnos que quisieran
empezar la carrera el próximo curso, aviva el desconcierto.
Semejante acto es un despropósito colosal sin coartada
alguna. Su ejecución socava la consolidación y el prestigio
de la Escuela y nos sitúa en un estatus inadmisible para
alcanzar la convergencia europea en enseñanzas superiores
para las escuelas artísticas. El cráneo privilegiado
responsable del disparate, a lo que parece el señor Roberto
del Campo, Jefe de Enseñanzas Artísticas de la Consejería de
Educación, debiera pensárselo seriamente antes de dar el
paso en falso.