Número 27. Septiembre de 2009

Entrevista con Rosa Amor del Olmo
El teatro de Benito Pérez Galdós

José Luis Campal Fernández
RIDEA

Rosa María Amor del Olmo es profesora en la Universidad de Nantes y especialista en el teatro de Benito Pérez Galdós, y a su cargo ha tenido la preparación del tomo de su Teatro Completo, publicado este año por la prestigiosa casa editorial Cátedra. Directora de la revista de estudios galdosistas Isidora, Amor del Olmo se doctoró en 2003 en la Universidad Autónoma de Madrid con la tesis De “Realidad” a “Santa Juana”: Hermenéutica del teatro galdosiano. Se ha ocupado, entre otras, de las ediciones críticas de las siguientes piezas del autor canario: Alma y vida (2002), Realidad (2002), Mariucha (2003), Amor y ciencia (2005), Una dramática en torno al personaje (2006), Bárbara. Casandra. Celia en los infiernos (2006), Zaragoza (2008), Pedro Minio (2008), Quien mal hace, bien no espere (2009) o Los condenados (2009).

Las ediciones galdosianas llevadas a cabo por la profesora Amor del Olmo nos sirven en bandeja la ocasión de departir con esta acreditada experta acerca de la faceta dramática de Galdós, ensombrecida por el portentoso reflector que constituyó su inigualada y monumental obra narrativa.

Pregunta. ¿Por qué quiso ser don Benito antes dramaturgo que novelista?

Respuesta. Uno de los primeros textos que se conservan de su juventud es un texto dramático: Quien mal hace, bien no espere. Parece, según él mismo confiesa en sus Memorias de un desmemoriado, que el teatro era su vocación literaria primera. Pasaba el tiempo en emborronar comedias, dice, después lleva “el sistema dialogal”, alma máter del teatro, a la estructura y forma de sus novelas. No se despega nunca de los diálogos en sus obras. Es el diálogo en sus diversas facetas lo que le da el éxito en sus novelas. Donde hay conflicto, late una obra dramática, esto le interesaba mucho a Galdós, eso y la voz directa de los personajes, el dialogar, la conversación de sus personajes. En cuanto puede lo incorpora en su “segunda manera” con La desheredada, y pone a dialogar a sus personajes en sus novelas. Es el verdadero genio del diálogo, en todas sus formas: con el lector, con el público, entre los personajes, con sus personajes…

P. ¿Cree usted, como sostuvieron varios de sus contemporáneos, que el teatro galdosiano no pudo elevar el vuelo por el peso de las novelas de su autor?

R. Probablemente por sus novelas y probablemente, además, porque en España es muy difícil que admitan el valor artístico (esto en la actualidad no cambia en absoluto) en más de una disciplina; si eres un buen novelista, no puedes ser o “no tienes derecho” a ser otra cosa más. También Galdós fue político y no lo admitieron, porque esto significa ser muy presuntuoso. Galdós tenía mucho que decir en el teatro, en la política, en el periodismo y lo decía muy bien… Sus contemporáneos eran muy celosos. Una prueba de ello es la oposición de sus compatriotas en dos ocasiones a su candidatura al Nobel.

P. ¿Comparte usted la definición de Sobejano, aplicada al teatro de Galdós, de “realismo trascendental”?

R. Sobejano es uno de nuestros mejores críticos literarios, un clásico del galdosismo internacional y sus opiniones han de ser tenidas en cuenta siempre. Quizá lo de trascendental en todo el teatro… no, porque Galdós escribe teatro durante treinta años y evoluciona como artista, por lo tanto ese calificativo no puede abarcar toda su obra de dramaturgo. Pero no sé si esas palabras del profesor Sobejano están sacadas de contexto.

P. ¿Llevó a los escenarios Galdós, como sugiere Pérez de Ayala, “las realidades vivas” de su tiempo?

R. No es exactamente eso, porque la realidad viva de su tiempo para Galdós pasaba por las convenciones obligadas del Teatro, por lo tanto “la realidad” está mejor reflejada en sus novelas. Cualquier creador tiene más libertad de expresión en el medio escrito (en sus páginas de libros) que en un medio tan directo como los escenarios. Ahora bien, para la trayectoria que hasta ese momento llevaba el teatro español sí supuso un cambio y una verdadera evolución con sus propuestas, a todas luces revolucionarias y novedosas.

P. Los personajes galdosianos ¿hablan o piensan en escena?

R. Yo creo que hablan, Galdós ha sido un genio del sistema dialogal, y parece que el teatro es su lugar apropiado, ¿no?

P. ¿Cómo acogió el público decimonónico la apuesta por una modernidad antiburguesa del escritor canario?

R. El público decimonónico, por responder de alguna manera rápida y concisa (porque el asunto era bastante más complicado), quería elementos muy concretos a la hora de ir al teatro, no quería que le hicieran pensar, querían en general entretenerse y el teatro galdosiano no era un teatro de entretenimiento. Los círculos más liberales acogían bien las nuevas propuestas del autor, pero existían otros sectores (los críticos de corte conservadurista) que impedían a toda costa el avance y progreso tanto de la sociedad como del teatro, que en definitiva es un reflejo de lo que sucede en la sociedad.

P. ¿Participa usted de la idea de Ruiz Ramón de que Galdós hizo “novelas dialogadas concentradas para su representación”?

R. ¿Y qué? ¿Y qué es eso? No sé muy bien a qué se refiere con esa aseveración. ¿Es que una novela dialogada hoy no es, por poner un ejemplo, un guión de cine? ¿Garci no ha seguido al pie de la letra el texto de Galdós? Yo creo que sí lo ha seguido y ¿acaso no vemos drama en esa película? ¿Qué hay de malo en concentrar una novela al máximo y llevarla a la representación, es que eso no es teatro? Mire usted, los que nos dedicamos al teatro nos dedicamos al teatro en todas sus vertientes, incluida la filológica, y no nos dedicamos tanto a la Historia del teatro.

P. ¿Surtió efecto el intento de Galdós de sacudir las conciencias sesteantes de la clase media española?

R. Sí lo hizo, sí. Y más que lo hubiera hecho si le hubiesen acompañado más medios, mejores intérpretes, mejores técnicas de interpretación como a la sazón se estaban realizando en Europa (Stanislawski) y naturalmente compañías más comprometidas y menos “vendidas” al público, a los críticos y al éxito asegurado. Pero, en fin, si se piensa, también todo eso era normal.

P. Al teatro galdosiano se le imputa el defecto de ser reduccionista. ¿Hay que revisar tal aseveración?

R. No sé quién dice que sea reduccionista y tampoco comprendo bien a qué se refiere el término.

P. ¿Distinguiría usted etapas en la obra dramática de Galdós?

R. Sí, claro que hay etapas, las hay en cuanto a las técnicas dramáticas utilizadas, también en la temática y en la recepción de su obra por lo menos.

P. ¿Pudo decir Galdós todo lo que quería en el teatro o se mordió la lengua para no ofender a la sociedad biempensante?

R. Era lógico que no pudiese decir todo lo que quería porque, además, era artista y los artistas viven de la estética para la expresión. Con todo, expresó lo que pudo, pero se autocensuraba bastante, unas veces por suavizar las ideas y otras veces por cuestiones ornamentales, los manuscritos que se conservan son una buena muestra de ello. Galdós se confesaba republicano. Hoy sucede igual, no creo yo que un artista pueda exprimirse con libertad, por ejemplo, en contra de la monarquía como le venga en gana o que le dejen programar una obra de teatro alegremente, en contra del rey, sin que pase nada. Bajo la idea de “buen gusto” hoy se censura todo lo que no interesa.

P. ¿Influyó en el Galdós dramaturgo su labor como crítico teatral en Revista de España?

R. Sí, porque tenía una formación cultural muy interesante.

P. ¿Fue Galdós nuestro Ibsen o Chéjov?

R. Yo creo que en una comparativa en cuanto a significación teatral, sí, o en cuanto a la labor dramática de esos autores europeos en sus países y de Galdós en el nuestro, sí. Pero los españoles no creo que afirmaran con el corazón nunca una cosa así, siempre pondrían un “pero”. Si ha sido como si no, Galdós, de momento, nos da igual, porque no se le conoce en absoluto fuera de nuestras fronteras, ni siquiera se le conoce en España. Las comparaciones son odiosas; de entrada, hay un elemento importante y es que escandinavos y rusos, europeos todos, reconocen a sus artistas y se acabó, no entran a discutir su talento. En España se discute, en España existe la envidia que ha envenenado y envenena nuestra Historia y nuestra sociedad, enfrentándonos los unos con los otros. Impidiendo el reconocimiento de nuestros grandes.

P. Regeneracionista, socialista, liberal, comprometido, anticlerical... ¿Cómo radiografiaría usted su producción?

R. Es un compendio de muchas ideas en evolución fruto de un momento también en evolución, por lo tanto, cada obra es una aportación, llamamiento o reivindicación de algo en concreto.

P. ¿Cuál es, para usted, la obra teatral maestra de Galdós, tal vez Electra o Casandra?

R. La obra maestra teatral o dramática, después de ser escrita, está en manos del que o de las (digo de las que porque la mayor parte del teatro de Galdós está escrito para mujeres) que lo interpretan. Pero son textos buenos: Realidad (el adulterio femenino); por supuesto Casandra (lucha clerical, política, hijos bastardos); Electra, por el valiente desafío anticlerical; El abuelo es un texto muy bien construido; Amor y ciencia plantea el divorcio; Bárbara plantea el maltrato y los amores no correspondidos, y Santa Juana de Castilla es teatro histórico que plantea la figura de Juana la Loca como protestante. Yo siempre digo como condición “sine qua non” que los textos dramáticos de Galdós dependen directamente de cómo sean interpretados, de cómo sean llevados a la escena y de cómo sean dirigidos. Eso es entrar de lleno en la dramática de un autor y no en la historia del teatro, que es lo que se ha estado haciendo prácticamente hasta hace bien poco en las universidades y mal, porque se ha saltado que Galdós escribió mucho teatro, más que Lorca. Los estudiantes terminan sus licenciaturas sin saber lo que es el teatro. Una lástima.

 

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