Boni
Ortiz
El pasado mes de
noviembre de 2008, se cumplieron los cincuenta años del
estreno en Asturias de Esperando a Godot. La obra fue
montada por La Máscara que cumplía su primer año de
funcionamiento como Compañía de Cámara del Ateneo Jovellanos
de Gijón. La obra la dirigió Ramón Vega que también
encarnaba a Estragón, completando el reparto Laureano
Mántaras como Vladimiro, Andrés Mori como Afortunado, Eladio
Sánchez como Pozzo y siendo el Muchacho José Martínez.
Esperando a Godot
se editó en 1952 y fue estrenada en París el 5 de enero de
1953, por Roger Blin en el pequeño Théâtre de Babylone,
constituyendo uno de los mayores éxitos del teatro de
posguerra a pesar de haber sido rechazada por muchos
directores al entender que no era teatral. Fue en ese
estreno cuando la conoció Trino M. Trives que, después de
traducirla, la envió a algunos directores de los diferentes
grupos de teatro de cámara que funcionaban en España en ese
momento y que también la rechazaron, al entender que “el
público español no estaba preparado para esas sutilezas”. Su
estreno tuvo que esperar a que el propio Trives regresara de
París y la dirigiera. Sucedió el sábado 28 de mayo de 1955
en el Paraninfo de la Facultad de Letras de Madrid, montada
por el Pequeño Teatro de Madrid dirigido por Manuel Gallego
Morell y Trino Martínez Trives, como bien me apunta, desde
la lejanía londinense, uno de sus protagonistas: mi tocayo
Boni de la Fuente que encarnaba a Lucky, corrigiéndome con
toda cortesía mi error adjudicándole dicho estreno al TEU de
Barcelona, tal vez inducido por las representaciones
siguientes dadas en febrero de 1956, en el Teatro Windsor de
esa ciudad dentro de un ciclo de teatro contemporáneo
completado por
La cantante
calva y
La lección
de Ionesco, también dirigidas por Trino M. Trives y
Réquiem por
una mujer de
W. Faulkner dirigida por Miguel Narros. En mayo de ese año,
el mismo montaje de
Esperando a
Godot se
representó en el Teatro Bellas Artes de Madrid.
En nuestro país la
singular obra de Samuel Beckett sería el texto teatral con
el que inicia su camino Primer Acto en abril de 1957
y desde entonces, esta obra formó parte de los repertorios
de todo grupo teatral de los sesenta que se preciase de
vanguardista. El montaje de La Máscara iba a ser uno de los
más precoces del panorama teatral español de la época. La
estrenan en noviembre de 1958, en el pequeño teatro del
Ateneo Jovellanos (apodado “El Brujo”), manteniéndola en su
repertorio durante más de un año. Sin embargo, la
representación más sobresaliente y de la que algunos
espectadores (como Carlos Álvarez-Nóvoa o el desaparecido
Elías Domínguez) todavía se acordaban por su carácter
innovador, fue la realizada en el buen escenario del amplio
salón de actos de la Casa Sindical de Oviedo, totalmente
abarrotado de un público muy cualificado, como se recoge en
la anónima y muy entusiasta crónica de La Nueva España
publicada el 21 de diciembre de 1958:
UN
ACONTECIMIENTO ARTÍSTICO PARA UN PÚBLICO DE NUESTRO TIEMPO.
Un público juvenil, bajo cuyo denominador cabe incluir
también un numeroso grupo de sacerdotes, tuvo ocasión de
presenciar ayer, en el Teatro de la Casa Sindical, un
espectáculo sorprendente: el estreno de Esperando a Godot,
la revolucionaria obra de Samuel Beckett, por el grupo La
Máscara del Ateneo de Gijón. Lo primero que hay que
destacar, al margen de la calidad de la obra, es el
sensacional nivel artístico al que han llegado este
conjunto de actores gijoneses. Resulta difícil imaginar una
interpretación más inteligentemente hecha, más llena de
sutil intención y más impecable en su precisión, que la que
ofrecieron (...) no sería después de este alarde aventurado
considerar a La Máscara como uno de los grupos de vanguardia
más maduros, valga la paradoja, de cuantos en España se
esfuerzan por llevar al conocimiento de sectores
verdaderamente interesantes de público, el teatro universal
de nuestra hora. Si en otra ocasión hemos dicho que en él
está la posibilidad de una compañía de arte popular, hoy nos
reafirmamos en la idea, añadiendo que sería sonrojante para
nuestros organismos culturales dejar de mano la oportunidad
que este entusiasmo juvenil ofrece (...) en resumen, que
sin chinchines publicitarios, sin público del llamado de
estreno, más atento al exhibicionismo que a otra cosa, pero
con un auditorio de hombres de hoy, que lleva puesto su
reloj a la hora del mundo, Oviedo fue ayer escenario de un
verdadero acontecimiento artístico. Y nunca más lejos la
frase de su valor tópico.
Esperando a
Godot
sería la
primera de las obras del llamado teatro del absurdo que
montaría La Máscara y que constituyó más de la mitad de su
producción teatral a lo largo de su existencia. Con
ella descubren un lenguaje en el que se encuentran muy a
gusto, iniciando un camino de profundización en otras formas
de afrontar el hecho teatral, rompiendo conscientemente con
muchos de los convencionalismos interpretativos (ritmos,
tonos...) escenografía de síntesis, símbolos sobre cámaras
negras y práctica liquidación de restos naturalistas que
pudieran permanecer más en sus actores que en sus montajes.
Más aún, esta inclinación “absurdista” les aleja también del
realismo, pronto recogido con entusiasmo y como bandera por
Gesto Teatro de Cámara de Gijón. Es curioso y se corresponde
con lo dicho la elección de
El Cuervo
de Sastre como siguiente montaje de La Máscara, una obra con
un asunto espiritista y la de menor compromiso social de las
que el autor tenía escritas hasta ese momento.
Para esta obra de Beckett proponían un escenario de cámara
gris (el asfixiante interior de un cajón) y dentro, como
único elemento, el árbol del suicidio. En el estreno
introdujeron una sobrecargada decoración abstracta y
geométrica que sobraba y distraía, como bien apuntaba F.
Carantoña en su crítica del estreno, de la que tomaron buena
nota, vaciándolo todo en las siguientes representaciones.
Con el interesante y correctísimo artículo que el propio
Francisco Carantoña elaboró para el programa de mano, y que
dado su interés reproducimos a continuación, finalizamos
este breve repaso por el estreno asturiano de este clásico
contemporáneo.
“Esperando
a Godot”, aunque parezca lo contrario, no es una
tragicomedia para snobs. Tampoco es una tragicomedia para
quienes estiman que el teatro consiste en una variante de la
carpintería, donde lo fundamental reside en unas formas
estereotipadas de construcción y en unas convencionales
reglas de movimiento de personajes. “Esperando a Godot”, por
el contrario, es una humanísima y concreta expresión de algo
que anda escondido detrás de nuestra generación:
Desesperanza, aburrimiento, acedía, soledad, radical
incomunicación con el prójimo. Beckett, desde una
simplicidad casi circense, aprovechando los elementales
personajes, acumulando los modos y maneras de expresión que
han impreso carácter a la literatura de nuestro siglo, ha
dado remate a una mezcla de diagnóstico y retrato de todos
nosotros, de una parte de todos nosotros presente junto al
optimismo vital de la paternidad o el amor por ejemplo.
Lo que puede parecer extraño en “Esperando a
Godot”, la envoltura externa, las palabras, los gestos, es
precisamente lo que convierte la tragicomedia en testimonio
histórico, en obra de hoy y no de hace un siglo, o diez, o
veinte. “Esperando a Godot” acumula a lo largo de su
desarrollo lo mejor de la retórica actual, una retórica “sui
géneris” hermana del cubismo y de tantos “ismos” como
invadieron el mundo del arte y de la cultura en los últimos
cincuenta años. Precisamente “Esperando a Godot” viene a ser
como una destilación de alquimista donde se aprieta la
quintaesencia de todos los bandazos artísticos de nuestro
tiempo, con su correlación en los peculiares avatares
humanos que los acompañaron.
Resulta fácil creer que “ismos” y
vanguardismos son sólo fruto de afanes históricos o de
ambiciones hábiles. Los “ismos”, sin embargo, son mal de
siempre o bien de siempre. Que en nuestros días proliferen
con mayor rapidez, que se devoren unos a otros sin que
ninguno llegue a alcanzar predominio, es una característica
más del tiempo que vivimos y olvidarla podrá ser cómodo sin
dejar de ser un disparate.
“Esperando a Godot”, sin embargo, quizá deba
ser considerada más como símbolo de final que como
indicación de arranque. “Esperando a Godot” quizá deba ser
considerada como obra decadente, en el sentido de que
conduce a una desesperada soledad que niega cimientos
señalando el agotamiento de una manera de enfrentarse con la
realidad y con el prójimo. Si para Beckett la radical
soledad, la plena incomunicación, parece ser el abismo
último que amarga al hombre, no con ello queda cerrado el
camino hacia la esperanza. Aunque para alcanzarla, como
fruto difícil, deba comenzarse por un replanteamiento de
inquietudes y por una reconquista de viejas y eternas
soluciones que en el alma de muchos, como en las de Pozzo,
Didí, Gogó o Afortunado se han ido mineralizando.
“Esperando a Godot” es una obra difícil de montar y de
interpretar. El público se dará cuenta de ello desde sus
primeras escenas. He aquí un mérito más de La Máscara,
compañía entusiasta e incansable que prefiere emprender
ásperas y nobles aventuras a caer en el adocenamiento de
unos éxitos fáciles y hueros.