
las grosellas
Barataria Teatro
Dirección: Roberto Corte
Reparto: Jorge Moreno, Eva Vallines, Silvino
Torre, Cristina Cillero
Escenografía e Iluminación: Roberto Corte
Vestuario: Barataria Teatro
14 de julio de 2009
C. P. de Campiello, Piedras Blancas
Néstor
Villazón
Este
no demasiado conocido cuento de Chéjov —que aquí da nombre a
la función— es de los pocos, quizá el único, en el que su
autor expresa tan abiertamente su malestar hacia la sociedad
en la que vive. Chéjov suele utilizar en mayor medida la
distancia, juzga los hechos desde un plano secundario a la
sombra de sus personajes. Pero aquí la crítica al poder, a
la avaricia, a la búsqueda engañosa de la felicidad se
procura de una forma inusualmente explícita, tajante. En la
biografía que sobre el autor realizó Irene Nemirovski se
recoge una carta que quizá podría ilustrar, en parte, la
filosofía del cuento y de la obra: “La combatividad rusa
tiene una característica: enseguida se convierte en
cansancio. El hombre, lleno de entusiasmo, apenas sale de
los bancos de la escuela, quiere aguantar una carga superior
a sus fuerzas…”.
Pero
dejemos a un lado —al menos de momento— al escritor ruso. La
representación de Las grosellas aparece acertadamente
secuenciada a modo de tríptico: en el desnudo salón de un
hogar, los padres (Jorge Moreno y Eva Vallines), junto a la
entrañable figura del abuelo vestido de soldado de la
batalla de Kronstadt (Silvino Torre) aguardan para la
celebración del cumpleaños de su hija y nieta (Cristina
Cillero). Ya en sus comienzos conseguimos advertir la
soledad impuesta para cada uno de ellos, pero una soledad
carente de rumbo, motivada en cada caso por distintas
posiciones ante la vida (amargura, temor, ensoñación,
rebeldía) que propiciará más tarde el drama al que dará
lugar. Para resolverlo se decide recordar un cuento de
Chéjov —como ocurre todos los años en la familia— que
reflejará, en parte, la agonía, la insatisfacción, la falta
de impulsos y de fe que determinan a cada uno de los
personajes.
Pero
hay que decir que ésta no es una mera adaptación del relato
de Chéjov a la escena, sino todo lo contrario: su director,
Roberto Corte, se sirve del propio texto —un texto que habla
sobre la ascensión al poder y el origen de la felicidad—
para completar su historia, la de una familia unida por un
conjunto de soledades individuales, llegando finalmente a la
dramática tercera parte, en la que la situación se desborda
y el futuro de la pequeña Raquel se resuelve, con el
espléndido final entre la lluvia y el viento que azota las
ventanas del hogar, al igual que en el cuento de Chéjov.
Es
ésta una obra de salón, donde los intérpretes conversan
“relajadamente” muy cercanos al público, fácil y compleja al
mismo tiempo, realizada de forma muy notable por el grupo de
actores. Un teatro necesario, que quizá no se haya aún
explotado lo suficiente en nuestra región y que la compañía
Barataria Teatro ya utilizó en montajes anteriores como
Travesía sobre nieve de Bagdad y Ascensión. Un
teatro sin aspavientos, pausado, repleto de grandes
silencios evocadores, en el que la tensión —casi nunca
resuelta y casi siempre implícita en cada uno de los
diálogos— acaba llegando —y llenando— al espectador con una
tremenda sacudida final. Un teatro, en definitiva,
justamente merecedor de la sincera ovación con la que el
público despidió este gran homenaje a la literatura.