Número 27. Septiembre de 2009

El teatro de Konjuro encuentra en la irreverencia su principal recurso
Cazadores de iconos

 

Sofía Castañón

Dicen que el teatro es, sin duda, el arte más político que existe. Por su exposición e interacción con el público, y por culpa de los griegos antiguos, que siempre es cosa de ellos. Hay voces que discrepan, quizás porque entienden “política” en su acepción más chusca —a la que los representantes municipales, regionales y otros nos tienen tristemente acostumbrados—, pero lo que está claro es que mientras otros géneros han ido perdiendo esa visión política —no lo digo yo, lo dice Belén Gopegui, que asegura que la novela del siglo XX está mutilada por esa carencia— el teatro ha mantenido esa preocupación crítica, a modo de vocero popular, o impopular a veces, vaya.

Y para ello, herramientas como la irreverencia o el sentido de lo iconoclasta, son bazas maravillosas para la farsa. Y de estas hace uso Jorge Moreno en sus dramaturgias. Konjuro Teatro es una compañía fetichista, de otro modo no se explica ese gusto por las figuras del siglo XX como es el caso de Marilyn Monroe o Hitler, (como se puede ver en Happy Birthday Miss Monroe o Harpías). Pero, además, desacralizan todo icono reverencial o temible de la cultura contemporánea. Se ríen, y con ganas, del sistema establecido, de las preocupaciones frívolas, de las neuras postmodernas y su consecuente escasez de neuronas.

A la compañía, que cuenta con actores como David Acera, Cristina Cillero o Sonia Vázquez —y otros eventuales como Ana Blanco, Luchy Colunga o Borja Roces— además del propio Moreno, no le tiembla el pulso al recrear los últimos días del dictador alemán en el búnker, junto con una Eva Braun niña loca y con dos subalternos ya no tan fieles como descreídos –es lo que tiene la pérdida del poder, que propicia de repente aquello de “mirar desde otros ángulos” un poco menos fanáticos. Y no se despeinan repartiendo entre el público, momentos antes de subir el telón, caramelitos de cianuro: únicos para una definitiva digestión.

Se atreven con la historia con mayúsculas y con las historias que se han ganado las mayúsculas de la literatura. Así hicieron con Alizia 21, en la que el país de las maravillas era una realidad más cotidiana y menos colorista. Un Lewis Carroll oscuro, una Alizia compleja y con poco ya de infancia, unos seres sacados más de los suburbios que de las cloacas, de la televisión que de un jardín, de la reciente historia de España que del mazo de cartas. Y todos los iconos para representar ese mundo de pesadilla tan reconocible: Mickey Mouse o una reina con el perfilador de labios de Carmen de Mairena, el conejito de Playboy como la muerte on line o un Papa integrista. Todos los opios posibles del pueblo expuestos con caricaturas tan efectivas como los símbolos del extintor o el baño de mujeres.

Con su último montaje, Asturiestein, Moreno da vida a un monstruo distinto al de Mary Shelley. El suyo, el que concibe Víctor, estudiante de medicina en la Universidad de Oviedo, no se ve, no siente y ni siquiera tiene un cuerpo definido. Y no porque, como en el relato original, esté amalgamado por muchos cuerpos, con distintos órganos, sino porque es un monstruo que conforma una región entera. Una Asturias post tras algún otro post, en un futuro o una realidad alternativa indefinida, en la que el aire no está muy limpio y todo lo estrambótico queda refulgente en la superficie. En la que la sidra se esnifa, el rumano es cooficial, la guardia civil dice “puxa” a modo de saludo fascista, donde el cuerpo ejecutivo y el legislativo no dejan de ser el mismo cuerpo, en el que la corrupción no se tapa la boca ni para toser, y donde los políticos —sí, los sofistas de oficio— posan igual que ahora para las fotos entre discursos poco y deliberadamente comprensibles.

Los iconos de Asturiestein son, en esta ocasión, todos los tópicos, y los antitópicos —que acaban por jugar el mismo rol— de la tierrina (y ahí va otro) que configuran a ese monstruo dantesco, malcosido y reivindicado por muchos de muy distintos modos.

Un poco de sentido del humor para una crítica necesaria, para una autocrítica de cómo (nos) luce el pelo. Un sentido político de verdad que hace que el teatro siga importando y del que Konjuro Teatro hace gala con cada nuevo montaje. Tienen su propio estilo y cada vez cuentan con una mayor aceptación entre el público. Y esperemos contar también con más teatro del suyo, del que nos hace reír y pensar.

 

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