
Sofía
Castañón
Dicen que el teatro es, sin duda, el arte más político que
existe. Por su exposición e interacción con el público, y
por culpa de los griegos antiguos, que siempre es cosa de
ellos. Hay voces que discrepan, quizás porque entienden
“política” en su acepción más chusca —a la que los
representantes municipales, regionales y otros nos tienen
tristemente acostumbrados—, pero lo que está claro es que
mientras otros géneros han ido perdiendo esa visión política
—no lo digo yo, lo dice Belén Gopegui, que asegura que la
novela del siglo XX está mutilada por esa carencia— el
teatro ha mantenido esa preocupación crítica, a modo de
vocero popular, o impopular a veces, vaya.
Y para ello, herramientas como la irreverencia o el sentido
de lo iconoclasta, son bazas maravillosas para la farsa. Y
de estas hace uso Jorge Moreno en sus dramaturgias. Konjuro
Teatro es una compañía fetichista, de otro modo no se
explica ese gusto por las figuras del siglo XX como es el
caso de Marilyn Monroe o Hitler, (como se puede ver en
Happy Birthday Miss Monroe o Harpías). Pero,
además, desacralizan todo icono reverencial o temible de la
cultura contemporánea. Se ríen, y con ganas, del sistema
establecido, de las preocupaciones frívolas, de las neuras
postmodernas y su consecuente escasez de neuronas.
A la compañía, que cuenta con actores como David Acera,
Cristina Cillero o Sonia Vázquez —y otros eventuales como
Ana Blanco, Luchy Colunga o Borja Roces— además del propio
Moreno, no le tiembla el pulso al recrear los últimos días
del dictador alemán en el búnker, junto con una Eva Braun
niña loca y con dos subalternos ya no tan fieles como
descreídos –es lo que tiene la pérdida del poder, que
propicia de repente aquello de “mirar desde otros ángulos”
un poco menos fanáticos. Y no se despeinan repartiendo entre
el público, momentos antes de subir el telón, caramelitos de
cianuro: únicos para una definitiva digestión.
Se atreven con la historia con mayúsculas y con las
historias que se han ganado las mayúsculas de la literatura.
Así hicieron con Alizia 21, en la que el país de las
maravillas era una realidad más cotidiana y menos colorista.
Un Lewis Carroll oscuro, una Alizia compleja y con poco ya
de infancia, unos seres sacados más de los suburbios que de
las cloacas, de la televisión que de un jardín, de la
reciente historia de España que del mazo de cartas. Y todos
los iconos para representar ese mundo de pesadilla tan
reconocible: Mickey Mouse o una reina con el perfilador de
labios de Carmen de Mairena, el conejito de Playboy como la
muerte on line o un Papa integrista. Todos los opios
posibles del pueblo expuestos con caricaturas tan efectivas
como los símbolos del extintor o el baño de mujeres.
Con su último montaje, Asturiestein, Moreno da vida a
un monstruo distinto al de Mary Shelley. El suyo, el que
concibe Víctor, estudiante de medicina en la Universidad de
Oviedo, no se ve, no siente y ni siquiera tiene un cuerpo
definido. Y no porque, como en el relato original, esté
amalgamado por muchos cuerpos, con distintos órganos, sino
porque es un monstruo que conforma una región entera. Una
Asturias post tras algún otro post, en un futuro o una
realidad alternativa indefinida, en la que el aire no está
muy limpio y todo lo estrambótico queda refulgente en la
superficie. En la que la sidra se esnifa, el rumano es
cooficial, la guardia civil dice “puxa” a modo de saludo
fascista, donde el cuerpo ejecutivo y el legislativo no
dejan de ser el mismo cuerpo, en el que la corrupción no se
tapa la boca ni para toser, y donde los políticos —sí, los
sofistas de oficio— posan igual que ahora para las fotos
entre discursos poco y deliberadamente comprensibles.
Los iconos de Asturiestein son, en esta ocasión,
todos los tópicos, y los antitópicos —que acaban por jugar
el mismo rol— de la tierrina (y ahí va otro) que
configuran a ese monstruo dantesco, malcosido y reivindicado
por muchos de muy distintos modos.
Un poco de sentido del humor para una crítica necesaria,
para una autocrítica de cómo (nos) luce el pelo. Un sentido
político de verdad que hace que el teatro siga importando y
del que Konjuro Teatro hace gala con cada nuevo montaje.
Tienen su propio estilo y cada vez cuentan con una mayor
aceptación entre el público. Y esperemos contar también con
más teatro del suyo, del que nos hace reír y pensar.