Número 27. Septiembre de 2009

Yukio Mishima y sus teorías de Nō moderno

Fernando Cid Lucas
asociación española de orientalistas
universidad autónoma de madrid

Para Irene

introducción

Fuera del Japón, el controvertido escritor Yukio Mishima (pseudónimo de Kimitake Hiraoka) sigue siendo reconocido fundamentalmente por su labor como novelista, como el autor de títulos tan exitosos como El marinero que perdió la gracia del mar1 o Caballos desbocados2; o, en todo caso, como aquel excéntrico que en noviembre de 1970 intentó dar un golpe de estado en un cuartel militar que terminó con su protagonista practicándose el seppuku y siendo decapitado de manera ritual. Sin embargo, alejándonos de su bella prosa y de sus radicales convicciones ideológicas, Mishima ha sido uno de los más grandes dramaturgos nipones de todos los tiempos. Su extensa producción (más de sesenta obras, decenas de ensayos e incontables artículos de crítica teatral) da fe de ello.

el joven dramaturgo

Como su temprana pasión por la poesía o por la prosa, también el joven Kimitake se sintió muy pronto atraído por el mundo del teatro. No debemos obviar que su abuela paterna, Natsuko, era una entusiasta seguidora del teatro Kabuki, a cuyas funciones acudía regularmente. Al poco tiempo, además de ser él mismo un ferviente admirador de esta y de otras formas de teatro (, Bunraku o teatro occidental), intentaría sus primeros ensayos escénicos. La primera de sus obras conservadas es la titulada Rotei (Viaje), una obra en cuatro actos de unos cuarenta folios redactada cuando Mishima tenía tan sólo catorce años. Encontrada en 1996 entre los numerosos papeles que dejó el escritor a su muerte, el argumento bebe directamente del pasaje bíblico de la Anunciación. Sin embargo, su primera pieza publicada es Higashi no Hakasetachi (Los Magos de Oriente), que apareció en la revista Hojinkai en marzo de 1939. Esta primeriza obra está influenciada también por las hondas lecturas de La Biblia, no porque quiera ser un homenaje a su fe (Mishima se mostró bastante laxo a lo largo de su vida en cuanto a religión se refiere) o a la confesión cristiana, sino por la fascinación por Occidente, que se traducía en el Japón de la época en escribir sobre estos asuntos.

Progresivamente, y a la vez que se va consolidando su carrera como novelista de renombre con títulos como Kamen no kokuhaku (Confesiones a una máscara3), de 1949, se irá desarrollando a la par el dramaturgo. Precisamente, en ese mismo año se representó su primera obra teatral de éxito, Kataku (Casa en llamas), bajo la dirección de Suguisaku Aoyama. Escrita en un acto y con un estilo asequible para el gran público, Kataku proporcionó a Mishima un notable éxito de crítica, un éxito honesto, dijeron algunos, diferente al éxito polémico y sensacionalista que obtuvo la citada novela, ya que en ella trataba frontalmente el tema de la homosexualidad y el del goce sadomasoquista, realizando, en palabras de su amigo y biógrafo John Nathan: “una disección en vida de sí mismo4”.

la consolidación

 A partir de la década de los cincuenta, tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial y con un país sumido en la miseria, la carrera como dramaturgo de Mishima comienza a ser ya imparable. Verá cómo, una tras otra, obras suyas triunfan en las taquillas y la crítica de periódicos y revistas de la época elogian sus creaciones. Asimismo, Mishima comienza una etapa madura, muy reflexiva y consciente, influenciada por autores occidentales como Ibsen o Wilde (cuya Salomé admiraba y dirigió en 1960). Aflorarán ahora títulos como Yoru no Himawari (El girasol nocturno), estrenada en 19535, o Tada hodo takai mono wa nai (Nada es tan caro como lo gratis), estrenada en 1955 por la prestigiosa compañía Bungaku-za de Tokyo.

Aunque el novelista ocupaba el peldaño más alto del podio de cara a la sociedad, y aunque los encargos de importancia le llegaban para componer novelas o relatos, nunca descuidó su faceta como dramaturgo. Él mismo cuenta en una de sus cartas que en las pausas, mientras escribía prosa, y por las noches, cuando daba por terminada su jornada, es cuando aprovechaba para escribir su teatro. Una famosa frase de Mishima que recoge el citado Nathan dice: “La novela es mi esposa, sin embargo, el teatro es como una amante, siempre necesito de una nueva6”.

Hasta el momento hemos citado obras escritas en japonés, mas a la manera occidental (escenario, decorados, gran parte del vestuario, etc.), siguiendo la corriente escénica del Shingeki, que rompía con las normas del teatro clásico nipón para beber de autores como Shakespeare, Chéjov o Shaw. Sin embargo, la pasión de Mishima hacia las formas clásicas no había sido minada. Una idea de renovación, combinada al milímetro con la tradición, le rondaba en la cabeza desde hacía años. El , una de las manifestaciones más antiguas del teatro nipón estaba en su punto de vista.

el en mishima, mishima en el

En las numerosas biografías y estudios realizados sobre la vida y la obra de Mishima el nombre de la ya aludida abuela paterna (a sazón madre, niñera, enfermera y custodia del escritor durante sus primeros años de vida) está ligado al descubrimiento del teatro por parte del autor. Sin embargo, muchos obvian a la otra abuela del escritor, Tomi Hashi. Descendiente de una familia de intelectuales de la región de Kanazawa, el mismo año en que Natsuko llevaba al joven Mishima a ver la pieza más representativa del Kabuki, Chūshingura, ella le acompañó a ver Miwa, obra de que le maravilló y que supuso el principio de la relación entre el escritor y esta forma de teatro clásico. Al parecer, los modales y el trato de Tomi eran mucho más amables que los de Natsuko, solía cantar numerosas melodías de obras a su nieto y adaptaba en forma de cuentos los argumentos de las piezas de Kannami, Zeami y otros dramaturgos antiguos. Así, no sería del todo descabellado afirmar que los títulos que adaptó del repertorio clásico en diferentes periodos de su vida bien pudieron ser un velado homenaje hacia su abuela materna, la persona que le descubrió este fascinante mundo.

Estas sesiones y las lecturas de obras y textos teóricos sobre cristalizarán en 1950 en la redacción de la primera de las nueve obras de en estilo moderno que realizó Mishima: Kantan.

La idea de revitalizar el anquilosado no era, sin embargo, propiedad exclusiva de Mishima. Por aquellos mismos años, a su amigo, el actor Hiroshi Akutagawa (1920-1981), también le rondaba la idea de acercar este pomposo espectáculo, restringido durante siglos a nobles y religiosos, al gran público. Precisamente fue Akutagawa quien prestase una colección completa de estas obras a Mishima sobre las que trabajar. Al poco tiempo concluyó el manuscrito de Kantan y el 15 de diciembre de 1950 se estrenaba por la Bungaku-za bajo la dirección del propio Akutagawa. Incluso para los más ortodoxos, la labor de Mishima resultó, cuando menos, “tolerable”, ya que no atentaba contra la idiosincrasia del ni intentaba ser en estado puro. Los más jóvenes alabaron su labor, la de haber glosado o haber hecho asequible un patrimonio que hasta esa fecha había sido feudo de unos pocos.

Al año siguiente se publicaba en la revista Chūo Kōron su siguiente pieza de moderno, Aya no Tsuzumi (El tambor de Damasco), estrenándose en febrero de 1952 en el teatro Mitsukoshi de Tokyo. El argumento de la pieza ya había sido tratado por Mishima con anterioridad, ya que unos pocos meses antes había publicado un cuento con ese mismo título. Aya no Tsuzumi es una obra habitual en los repertorios de las compañías profesionales de , que narra las desventuradas pretensiones amorosas de un viejo jardinero hacia una hermosa doncella. Un mensajero comunica al anciano que si consigue hacer sonar un tambor curtido con tela de Damasco podrá ver a la joven nuevamente. Una y otra vez lo intenta el pobre infeliz, hasta que, desesperado, decide arrojarse a un lago donde muere ahogado. Dependiendo de unas u otras troupes varía su final, haciéndolo feliz o desgraciado.

Para su versión, Mishima desplegó todo su ingenio como hombre de teatro, pensando cada detalle de las escenografías, los vestuarios, etc. Hábilmente decide dividir en dos el escenario, dejando una parte para el jardinero (reconvertido aquí en portero), sus palabras de amor, sus deseos, su bondad y, en definitiva, para las esperanzas en el amor, por difícil que éste parezca; la otra queda, casi en penumbras, para la muchacha (ahora clienta de una boutique exclusiva), su mala fe y para las burlas hacia el viejo.

La conmovedora historia fue otro éxito de taquilla y de crítica, otro más para la ya jalonada trayectoria de Mishima. Compaginando estos logros teatrales redacta y publica otras dos notables novelas más, Kinjiki (Colores prohibidos7) y Manatsu no shi (Muerte en verano). Trabajador incansable, en enero de 1952 da a la imprenta el manuscrito de su tercera pieza de , elaborada ésta sobre Sotoba Komachi (Komachi en la estupa), que se puso en escena en febrero de ese mismo año. La protagonista de la obra es la poetisa nipona del siglo IX Ono Komachi (h. 825-900). Aquí aparece ajada, envejecida, vistiendo harapos, pero conservando intacta su capacidad para expresarse con brillantez. La historia transcurre en un parque de la capital, donde los enamorados se abrazan y hacen arrumacos ante la mirada de Komachi. A un joven poeta que pasa por allí le cuenta que en su juventud fue una hermosa mujer y que el capitán del Estado Mayor Fukakusa le visitó cien noches seguidas. Como en un sueño, el poeta y Komachi viajan atrás en el tiempo ochenta años, justo a la centésima noche de visita del capitán Fukakusa, en mitad del engalanado salón del Rokumeikan. En ese ambiente tan refinado comienzan a danzar ellos dos. A una rejuvenecida Komachi el poeta le declara que es bellísima, y ella, espantada, le confiesa que, como una maldición, todo aquél que ha pronunciado esas mismas palabras muere. En efecto, en pocos segundos el poeta cae al suelo inerte, el sueño se desvanece y Komachi vuelve al parque a recoger colillas de cigarros para venderlas luego, como si nada hubiese sucedido.

El inteligente Mishima unía dos mundos en esta obra: el perteneciente a los aristócratas nipones, admiradores de la cultura occidental que a finales del s. XIX se reunían en dicho salón para lucir sus vestimentas europeas y beber champagne, y el de los miserables de los barrios bajos de Tokyo que en esas mismas fechas debían realizar trabajos tan humillantes como recoger colillas para subsistir. La Komachi de Mishima conoce y participa de los dos, pero no añora del pasado el marco, sino su enternecedora historia de amor. No se queda con lo frívolo, sino con la añoranza del amor pasado.

De 1954 data la publicación de la cuarta obra de Mishima en la revista Shinchō, Aoi no Ue, que se representó el 18 de junio de 1955 dirigida por Ichirō Inui. Como las anteriores, también esta obra pertenece al repertorio habitual del , siendo una de las más representadas. Aoi no Ue es otra cruenta historia de amor, derivada de la que está considerada primera novela de la historia, el Genji Monogatari. Está protagonizada por la cortesana Aoi, que vive atormentada por el espíritu de la dama Rokujō, difunta mujer de su marido. En esto coinciden tanto la pieza clásica compuesta por Zenchiku en el siglo XV como la elaborada por Mishima, sólo que la ambientación no transcurrirá ya en ambientes palacianos, sino en un frío hospital, hasta el que han trasladado a Aoi para tratar su extraña enfermedad (ser víctima de los celos de Rokujō). De entre todas, ésta era la favorita de Mishima, y en ésta quizá fuese donde su autor se tomase la mayor licencia, al condenar a la desdichada Aoi; mientras que en el guión original la chica era exorcizada y liberada del influjo maligno de Rokujō, en esta versión la joven sucumbe y muere en una emocionada escena final.

Yuya es el quinto título de la serie. Aunque se publicó en 1959 en la revista Koe, no se representó hasta noviembre de 1967. Obra inspirada por la pieza homónima de Zeami Motokiyo, en Yuya tenemos otra anómala historia de amor, en la que Munēromi, un hombre de negocios ya entrado en años, invita a su joven pretendida (de unos veinte) a contemplar la floración de los cerezos de su jardín (algo muy del gusto de los japoneses), pero ésta se excusa, alegando que debe visitar a su madre enferma. Como sucede en la mayoría de los textos de Mishima (prosa y teatro) el fin no será ni mucho menos feliz. La enfermedad de la madre no es más que una mentira para que Yuya se pueda encontrar en secreto con su amante. Lejos de cargar contra la muchacha, Munēromi exclama unas melancólicas palabras y afirma que, después de todo, ha sido un espectáculo hermoso el de la caída de las flores de cerezo, contentándose con la belleza de la Naturaleza más que con ese juego artificial que, en ocasiones, resulta ser el amor.

Si bien es cronológicamente un poco anterior a Yuya, Hanjo (redactada en 1957) fue una de las obras que más fama dio a Mishima y la que más veces se ha representado dentro y fuera de Japón. El trabajo del escritor fue reconocido, incluso, dentro de las filas de los actores del , que durante siglos han preservado inalterado este arte. Para Mishima, el texto original de Zeami era el perfecto drama poético, donde se mezclaban en la misma medida la belleza de las palabras de los personajes con la tensión dramática. Según recoge la profesora Darci Kusano, fue mientras veía representar el texto clásico a Umewaka Mansaburō en 1952 cuando decidió adaptar la obra. Al contrario que con las anteriores, la elaboración fue más lenta, y muchos fueron los consejos que pidió a los profesionales del que conocía.

La relación total de piezas escritas (o, mejor dicho, reescritas) por Yukio Mishima sobre el modelo ascienden a nueve, aunque, por falta de espacio, he descrito las seis más representadas y antologadas en ediciones japonesas, europeas y norteamericanas. A las explicadas tendríamos que añadir las versiones de Yoroboshi (estrenada en 1965), Dōjōji, (publicada 1957) y Genji Kuyō (publicada en 1962), estas dos sólo estrenadas tras la muerte de su autor, en 1979 y en 1981 respectivamente.

la poética de mishima

El secreto del éxito del de Mishima podría resumirse, básicamente, en dos puntos: un conocimiento vastísimo del repertorio clásico de esta forma desde su infancia y una intuición formidable sobre los gustos teatrales del público de su tiempo. En apartados anteriores ya hemos desglosado cómo llegó y cómo conoció este teatro, por lo que resultará más interesante ahora indicar que Mishima fue, además, un inmejorable analista del panorama teatral del momento (japonés y extranjero). Pronto se percató de que el público del siglo XX se cansaba con las largas danzas y con los números cantados del (por otro lado, partes indispensables del en estado puro), por lo que decidió suprimirlos, incluyendo diálogos ágiles, mucho más fluidos y comprensibles, empleando un vocabulario asequible, casi de la calle, separado del recargado léxico de las épocas antiguas. Sin embargo, supo conservar en sus obras la columna vertebral de las fuentes clásicas, de modo que el iniciado supiese reconocer los orígenes de estos textos y condujesen a la literatura antigua a los que se iniciaban con ellas en el teatro.

Déjenme concluir indicando que el trabajo inaugurado por Mishima sería continuado por otros dramaturgos nipones, que vieron en la fórmula de éste la bisagra que unía a la perfección la antigüedad y la modernidad, algo que ha sido rasgo de identidad del pueblo nipón en todas sus manifestaciones artísticas, en donde las rupturas con las formas y modelos anteriores no existen, sino que se busca una continuidad que se va “ajustando” según la necesidad de los tiempos. Después de casi medio siglo desde que fueron compuestas, aún las obras de Mishima siguen guardando su frescura y ofrecen a directores y a actores la posibilidad de manejarlas a su antojo, siendo versátiles en cuanto a puesta en escena se refiere. Una vez más, como él pretendía, el genio de Mishima parece haber transcendido al paso del tiempo.

 

Notas

1 Publicada en España por Alianza en 2003.

2 Publicada en España por Alianza en 2007.

3 Publicada en España por Espasa-Calpe en 2007.

4 NATHAN, John, Mishima. Biografía, Barcelona, Seix Barral, 1985, p.102.

5 Y redactada en su habitación de la pensión Botan-ya durante su corta estancia en París, justo después de haber sido atracado. La impresión de Mishima sobre la capital francesa no era muy buena, en su diario apuntó que la belleza de París se comparaba a la “gruesa capa de maquillaje de una mujer fea”. NATHAN, John, Op. Cit., p.119. Sin duda, el incidente con el caco influyó en su juicio.

6 NATHAN, John, Op. Cit., p.150.

7 Publicada en España por Alianza en 2009.

 

Bibliografía

GILLESPIE, John K., “Beyond Byzantium. Aesthetic Pessimism in Mishima´s Modern Noh Plays”, Monumenta Nipponica, XXXVII, nº1, pp. 29-39.

HUME, Nancy G. (ed.), Japanese Aesthetics and Culture: A Reader, New York, State University of New York Press, 1995.

KUSANO, Darci, Yukio Mishima: O homen de teatro e de cinema, São Paulo, Perspectiva, 2006.

MISHIMA, Yukio, Mishima on Stage: The Black Lizard and Other Plays, Michigan, University of Michigan Press, 2007.

STOKES, Henry Scott, Vida y muerte de Yukio Mishima, Barcelona, Muchnik Editores, 1985.

VALLEJO-NÁGERA, Juan Antonio, Mishima o el placer de morir, Barcelona, Planeta, 1995.

YOURCENAR, Marguerite & MANGUEL, Alberto, Mishima: A Visión of the Void, Chicago, Chicago University Press, 1986.

 

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