Número 27. Septiembre de 2009

Entrevista a Néstor Villazón, ganador del premio Lázaro Carreter
“No sabemos contra quién luchar”

Eva Vallines

Además de colaborador de La Ratonera, Néstor Villazón (Gijón, 1982) es un joven dramaturgo y poeta, licenciado en Filología Hispánica, que colabora con la revista literaria Clarín y fue coordinador de la sección de Literatura de la revista Páramo. Sus poemas han sido recogidos en distintas antologías, ha participado en recitales y programas de televisión literarios y acaba de realizar una adaptación de la Antígona de Sófocles. Pero lo que más llama la atención a quienes lo conocen es su mirada serena, su semblante sosegado y su hablar parsimonioso, como si desafiasen a su edad y su tiempo. Acaba de ser galardonado con el Lázaro Carreter, premio que posibilitará la publicación de su obra Democracia, pero esto no le hace perder el sueño, con los pies en la tierra y con el relativismo que da la edad (a él seguramente sus lecturas), nos habla de sus próximos proyectos. Amante de la literatura y compañero infatigable de los libros, se abre paso en el camino de la dramaturgia con una voz propia que esperamos volver a oír en más ocasiones.

Pregunta. El Jurado del Lázaro Carreter, premio otorgado por el Centro Dramático de Aragón, ha elegido tu obra Democracia entre otras 74, destacando su “mezcla sarcástica y deliberaba del sainete y teatro del absurdo mostrando el surrealismo de la cotidianeidad con ingenioso humor”, ¿tú cuál crees que es la principal baza de la obra?

Respuesta. Bueno, quizá mi gran baza sean los logros de otros. Es decir, he intentado acomodar, como bien ha dicho el jurado, la efectividad del sainete a nuestros días. Para ello vi en el teatro del absurdo, especialmente en Beckett y su Godot, el marco que mejor delimitaba la angustia, el desasosiego y sobre todo el desconcierto que hoy en día vivimos. Quizá esta obra le resulte cercana a gran parte del público, algo con lo que puedan sentirse reflejados.

P. ¿Cuáles son tus antecedentes como dramaturgo? Háblanos de tu obra teatral.

R. Lo cierto es que siempre me ha gustado experimentar en distintos campos, desde el teatro infantil a la comedia, pasando por el drama, alguna que otra adaptación… ¿Producidas? Muy pocas. El hecho de no contar con una compañía teatral o no estar vinculado en gran medida a una de ellas hasta el momento, dificulta dicha producción. Sin embargo, con Democracia he podido ver un terreno en el que me encuentro muy a gusto y siento que, bajo formas o aspectos diferentes, debería explotarlo aún más.

P. ¿Por qué te inclinaste por este género literario? Sabemos que también escribes poesía, ¿qué diferencias encuentras en el uso de ambos códigos y qué similitudes?

R. Evidentemente son dos géneros completamente distintos. Para mí, la utilización de uno u otro nunca ha sido un hecho impuesto, sino una opción necesaria. Quizá la poesía sea más personal, más lineal, ahonda más en un concepto y lo exprime. En el teatro puedes desarrollar en mayor medida tu propuesta, contando además con el aspecto visual, el de la representación, que impulsa al escritor a un mundo completamente distinto. Cuando escribo teatro simplemente me dejo llevar por el curso de los acontecimientos, transcribo literalmente lo que mi imaginación me dicta en ese instante, de seguido, durante un día o dos. No paro apenas para el descanso, porque entonces se va el tono, la intención, las imágenes, las sensaciones de la obra. Creo que Angélica Liddell dijo en una ocasión algo parecido y me sorprendió gratamente escucharla. Evidentemente luego llega la corrección, que puede durar meses e incluso años. Escribo, podríamos decir, como un espectador que asiste a su propia función.

P. Te incorporas al teatro desde la literatura y no desde la escena, ¿crees que eso aporta diferencias significativas a la hora de escribir?

R. Lo cierto es que desde pequeño he caminado junto a un libro. No sé, el libro es el objeto que me hizo comprender mi sufrimiento y me procuró las más grandes satisfacciones, después del amor. Un libro no te defrauda, pero, evidentemente, un libro no ama ni sufre, se mantiene inerte. Para mí es el perfecto complemento a la vida. Como bien dices, yo no me incorporo desde el mundo de la escena, sino desde la voz impresa. Evidentemente he visto teatro, he tratado de comprenderlo y analizarlo, me he formado en el aspecto más técnico... Quizá falte la práctica en otros puestos que no sean el de autor, pero estoy tranquilo. Todos tenemos nuestras carencias y nuestras virtudes. Conocer ambas es el camino para crear algo útil.

P. En La Ratonera ejerces como redactor y crítico, ¿qué función crees que tiene la crítica teatral, la consideras necesaria?

R. El papel de la crítica ha sido desde siempre muy discutido. ¿Es necesaria? ¿Realmente contribuye al proyecto o simplemente es la polarizadora de una guerra continua de ambiciones? Supongo que la crítica constructiva y sin malicia —aún siendo negativa— pueda tener conclusiones favorables. Pero siendo justos con la historia, hay que reconocer que lo que a la gente le interesa son las disputas, las discusiones, los malentendidos, la sangre, las vísceras, la carroña. Sobre todo en este ámbito, muchas veces estamos dominados por la vanidad. Qué se le va a hacer.

P. ¿Cuál es tu experiencia en cuanto a la recepción de la crítica, tanto por parte de las compañías como del público?

R. Es un poco lo que hemos hablado ahora. Hay críticos partidistas y críticos fiables; hay público al que le interesa tus recomendaciones y público que pasa la página del periódico o de la revista sin el menor interés; hay compañías agradecidas y otras que —en virtud a veces de otros intereses— no lo son tanto. Existen grandes críticos, grandes libros de ensayo, columnistas excelentes, artículos realmente útiles para gran parte del público. Pero el teatro no se diferencia excesivamente del resto de órdenes y posiciones que le rodean. En él hay las mismas pasiones —positivas y negativas— que originan el aliento y el desencanto en el resto de la sociedad. Es decir, cada uno es como es y disfruta con aquello que le es necesario. El problema, como siempre, es la ética.

P. ¿Qué supone en este momento de tu carrera este premio? ¿Crees que es el reconocimiento que te posibilitará continuar dedicándote a esto?

R. A lo largo de mi vida he ejercido numerosos trabajos —a menudo tremendamente alejados del ambiente literario— y siempre he tenido en mente la lectura y la escritura. Es algo que no puedo separar de mí, algo que necesito. La continuación o no a este nivel depende de otros factores que no son los meramente literarios o artísticos. Esperemos que sí. Respecto al futuro, siempre he intentado ser precavido con estos momentos de euforia. Disfrutarlos, sí, pero seguir trabajando, tener una cierta consciencia de que puede que mañana no consiga crear nada saludable o quede soterrado para siempre. Suelo recordar una frase que le decían a los generales romanos cuando llegaban victoriosos de una gran guerra. Durante el desfile, un esclavo le sujetaba la corona de laureles y le decía al oído: “Recuerda que eres sólo un hombre”. Evidentemente luego hacían lo que querían, pero yo prefiero escuchar esa voz.

P. La obra galardonada va a ser publicada por la ADE, eso supone que te van a leer directores de toda España, ¿piensas que esto facilitará su acceso a los escenarios?

R. Realmente lo espero. Ése es uno de los mayores deseos y objetivos que he tenido y tengo en la vida. Siempre que entro en un teatro, justo antes de comenzar la función, observo el techo durante unos instantes y me pregunto: “¿Haré alguna vez algo digno de ser representado aquí?” Por otro lado, es un honor que una publicación y un certamen tan prestigiosos se hayan fijado en mí. Y el hecho de que se hayan decidido por un autor relativamente joven y sin contar, quizá, con la experiencia que otros participantes pudieran tener. Ha sido una tremenda alegría que, por diversos motivos, traspasa el límite meramente literario.

P. Como los lectores no conocen aún la obra, cuéntanos el argumento.

R. Nos encontramos en un día de elecciones, indeterminado, con una sala vacía y tres personajes que aguardan el momento para votar. Lo curioso es que allí no hay nadie, nada indica que sea ése el lugar ni encuentran responsable al que acudir. Pero les han dicho que es allí donde deben estar. De esto modo, se inicia una conversación aparentemente intrascendente, pero que deja caer parte del desconcierto en el que vivimos. La obra es, en principio, breve, porque lo que se pretende es mostrar un pequeño instante en la vida de sus personajes, sin extenderse en demasiadas teorías políticas o sociales. Tan sólo se sugieren para que el espectador complete la obra al salir a la calle. La realidad es que hoy en día no sabemos a quién acudir, quién tiene la culpa. En El corazón de Middlothian, de Walter Scott, uno de sus personajes decía: “No sé mucho de leyes, pero lo que sí sé es que cuando teníamos un rey siempre podíamos tirarle piedras si no se portaba bien”. Ésa es la sensación. Puede que durante todos los siglos de nuestra historia, durante todas las épocas, ésta sea la primera en la que no sabemos contra quién luchar. Y la lucha es necesaria, porque de ella está formada la naturaleza del ser humano. Las culpas ruedan de unos a otros, la gentes se muestran desanimadas, tienen demasiadas preocupaciones en su vida cotidiana y no pueden “perder el tiempo” con sus derechos. Ésa es nuestra agonía. Protestar… ¿contra quién? Venimos de una dictadura, y en cualquier momento de la historia siempre ha habido una cabeza visible que simbolizaba el desorden y el malestar. ¿Y ahora qué? Estamos regidos por una falsa camaradería ajena a gran parte de la sociedad, porque está difuminada bajo el aparente respeto hacia todas las clases, que, al final, son las que dan los votos.

P. Sorprende que un autor tan joven elija como protagonistas a tres hombres maduros (o ancianos), que debaten sobre política y toros entre chascarrillos castizos con acento andaluz. ¿Crees que las cuestiones que se plantean responden a una pieza política o de denuncia?

R. Puede que ambas, aunque creo que va un poco más allá. Habla del sentir de un país. Tampoco creo que sea en algún modo partidista. Simplemente se muestra una realidad, una sensación, un momento en nuestra historia sin precedentes: estamos completamente solos, “solos y sin dueño”, como dice uno de los personajes. ¿Qué hacer? Regresamos al Godot de Beckett. ¿Estamos preparados? Ahí está Valle. ¿Saldremos de ésta? ¿Es esto realmente lo que somos, lo que nos merecemos? Ahí está Zweig: “La Historia, casi siempre, acaba teniendo razón.”

 

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