Eva
Vallines
Además
de colaborador de
La Ratonera,
Néstor Villazón (Gijón, 1982) es un joven dramaturgo y
poeta, licenciado en Filología Hispánica, que colabora con
la revista literaria Clarín y fue coordinador de la
sección de Literatura de la revista Páramo. Sus
poemas han sido recogidos en distintas antologías, ha
participado en recitales y programas de televisión
literarios y acaba de realizar una adaptación de la
Antígona de Sófocles. Pero lo que más llama la atención
a quienes lo conocen es su mirada serena, su semblante
sosegado y su hablar parsimonioso, como si desafiasen a su
edad y su tiempo. Acaba de ser galardonado con el Lázaro
Carreter, premio que posibilitará la publicación de su obra
Democracia, pero esto no le hace perder el sueño, con
los pies en la tierra y con el relativismo que da la edad (a
él seguramente sus lecturas), nos habla de sus próximos
proyectos. Amante de la literatura y compañero infatigable
de los libros, se abre paso en el camino de la dramaturgia
con una voz propia que esperamos volver a oír en más
ocasiones.
Pregunta. El Jurado del Lázaro Carreter, premio otorgado por
el Centro Dramático de Aragón, ha elegido tu obra
Democracia entre otras 74, destacando su “mezcla
sarcástica y deliberaba del sainete y teatro del absurdo
mostrando el surrealismo de la cotidianeidad con ingenioso
humor”, ¿tú cuál crees que es la principal baza de la obra?
Respuesta. Bueno, quizá mi gran baza sean los logros de
otros. Es decir, he intentado acomodar, como bien ha dicho
el jurado, la efectividad del sainete a nuestros días. Para
ello vi en el teatro del absurdo, especialmente en Beckett y
su Godot, el marco que mejor delimitaba la angustia,
el desasosiego y sobre todo el desconcierto que hoy en día
vivimos. Quizá esta obra le resulte cercana a gran parte del
público, algo con lo que puedan sentirse reflejados.
P.
¿Cuáles son tus antecedentes como dramaturgo? Háblanos de tu
obra teatral.
R. Lo
cierto es que siempre me ha gustado experimentar en
distintos campos, desde el teatro infantil a la comedia,
pasando por el drama, alguna que otra adaptación…
¿Producidas? Muy pocas. El hecho de no contar con una
compañía teatral o no estar vinculado en gran medida a una
de ellas hasta el momento, dificulta dicha producción. Sin
embargo, con Democracia he podido ver un terreno en
el que me encuentro muy a gusto y siento que, bajo formas o
aspectos diferentes, debería explotarlo aún más.
P.
¿Por qué te inclinaste por este género literario? Sabemos
que también escribes poesía, ¿qué diferencias encuentras en
el uso de ambos códigos y qué similitudes?
R.
Evidentemente son dos géneros completamente distintos. Para
mí, la utilización de uno u otro nunca ha sido un hecho
impuesto, sino una opción necesaria. Quizá la poesía sea más
personal, más lineal, ahonda más en un concepto y lo
exprime. En el teatro puedes desarrollar en mayor medida tu
propuesta, contando además con el aspecto visual, el de la
representación, que impulsa al escritor a un mundo
completamente distinto. Cuando escribo teatro simplemente me
dejo llevar por el curso de los acontecimientos, transcribo
literalmente lo que mi imaginación me dicta en ese instante,
de seguido, durante un día o dos. No paro apenas para el
descanso, porque entonces se va el tono, la intención, las
imágenes, las sensaciones de la obra. Creo que Angélica
Liddell dijo en una ocasión algo parecido y me sorprendió
gratamente escucharla. Evidentemente luego llega la
corrección, que puede durar meses e incluso años. Escribo,
podríamos decir, como un espectador que asiste a su propia
función.
P. Te
incorporas al teatro desde la literatura y no desde la
escena, ¿crees que eso aporta diferencias significativas a
la hora de escribir?
R.
Lo cierto es que desde pequeño he caminado junto a un
libro. No sé, el libro es el objeto que me hizo comprender
mi sufrimiento y me procuró las más grandes satisfacciones,
después del amor. Un libro no te defrauda, pero,
evidentemente, un libro no ama ni sufre, se mantiene inerte.
Para mí es el perfecto complemento a la vida. Como bien
dices, yo no me incorporo desde el mundo de la escena, sino
desde la voz impresa. Evidentemente he visto teatro, he
tratado de comprenderlo y analizarlo, me he formado en el
aspecto más técnico... Quizá falte la práctica en otros
puestos que no sean el de autor, pero estoy tranquilo. Todos
tenemos nuestras carencias y nuestras virtudes. Conocer
ambas es el camino para crear algo útil.
P. En
La Ratonera
ejerces como redactor y crítico, ¿qué función crees que
tiene la crítica teatral, la consideras necesaria?
R. El
papel de la crítica ha sido desde siempre muy discutido. ¿Es
necesaria? ¿Realmente contribuye al proyecto o simplemente
es la polarizadora de una guerra continua de ambiciones?
Supongo que la crítica constructiva y sin malicia —aún
siendo negativa— pueda tener conclusiones favorables. Pero
siendo justos con la historia, hay que reconocer que lo que
a la gente le interesa son las disputas, las discusiones,
los malentendidos, la sangre, las vísceras, la carroña.
Sobre todo en este ámbito, muchas veces estamos dominados
por la vanidad. Qué se le va a hacer.
P.
¿Cuál es tu experiencia en cuanto a la recepción de la
crítica, tanto por parte de las compañías como del público?
R.
Es un poco lo que hemos hablado ahora. Hay críticos
partidistas y críticos fiables; hay público al que le
interesa tus recomendaciones y público que pasa la página
del periódico o de la revista sin el menor interés; hay
compañías agradecidas y otras que —en virtud a veces de
otros intereses— no lo son tanto. Existen grandes críticos,
grandes libros de ensayo, columnistas excelentes, artículos
realmente útiles para gran parte del público. Pero el teatro
no se diferencia excesivamente del resto de órdenes y
posiciones que le rodean. En él hay las mismas pasiones
—positivas y negativas— que originan el aliento y el
desencanto en el resto de la sociedad. Es decir, cada uno es
como es y disfruta con aquello que le es necesario. El
problema, como siempre, es la ética.
P.
¿Qué supone en este momento de tu carrera este premio?
¿Crees que es el reconocimiento que te posibilitará
continuar dedicándote a esto?
R. A
lo largo de mi vida he ejercido numerosos trabajos —a menudo
tremendamente alejados del ambiente literario— y siempre he
tenido en mente la lectura y la escritura. Es algo que no
puedo separar de mí, algo que necesito. La continuación o no
a este nivel depende de otros factores que no son los
meramente literarios o artísticos. Esperemos que sí.
Respecto al futuro, siempre he intentado ser precavido con
estos momentos de euforia. Disfrutarlos, sí, pero seguir
trabajando, tener una cierta consciencia de que puede que
mañana no consiga crear nada saludable o quede soterrado
para siempre. Suelo recordar una frase que le decían a los
generales romanos cuando llegaban victoriosos de una gran
guerra. Durante el desfile, un esclavo le sujetaba la corona
de laureles y le decía al oído: “Recuerda que eres sólo un
hombre”. Evidentemente luego hacían lo que querían, pero yo
prefiero escuchar esa voz.
P. La
obra galardonada va a ser publicada por la ADE, eso supone
que te van a leer directores de toda España, ¿piensas que
esto facilitará su acceso a los escenarios?
R.
Realmente lo espero. Ése es uno de los mayores deseos y
objetivos que he tenido y tengo en la vida. Siempre que
entro en un teatro, justo antes de comenzar la función,
observo el techo durante unos instantes y me pregunto:
“¿Haré alguna vez algo digno de ser representado aquí?” Por
otro lado, es un honor que una publicación y un certamen tan
prestigiosos se hayan fijado en mí. Y el hecho de que se
hayan decidido por un autor relativamente joven y sin
contar, quizá, con la experiencia que otros participantes
pudieran tener. Ha sido una tremenda alegría que, por
diversos motivos, traspasa el límite meramente literario.
P.
Como los lectores no conocen aún la obra, cuéntanos el
argumento.
R. Nos encontramos en un día de elecciones, indeterminado,
con una sala vacía y tres personajes que aguardan el momento
para votar. Lo curioso es que allí no hay nadie, nada indica
que sea ése el lugar ni encuentran responsable al que
acudir. Pero les han dicho que es allí donde deben estar. De
esto modo, se inicia una conversación aparentemente
intrascendente, pero que deja caer parte del desconcierto en
el que vivimos. La obra es, en principio, breve, porque lo
que se pretende es mostrar un pequeño instante en la vida de
sus personajes, sin extenderse en demasiadas teorías
políticas o sociales. Tan sólo se sugieren para que el
espectador complete la obra al salir a la calle. La realidad
es que hoy en día no sabemos a quién acudir, quién tiene la
culpa. En El corazón de Middlothian, de Walter Scott,
uno de sus personajes decía: “No sé mucho de leyes, pero lo
que sí sé es que cuando teníamos un rey siempre podíamos
tirarle piedras si no se portaba bien”. Ésa es la sensación.
Puede que durante todos los siglos de nuestra historia,
durante todas las épocas, ésta sea la primera en la que no
sabemos contra quién luchar. Y la lucha es necesaria, porque
de ella está formada la naturaleza del ser humano. Las
culpas ruedan de unos a otros, la gentes se muestran
desanimadas, tienen demasiadas preocupaciones en su vida
cotidiana y no pueden “perder el tiempo” con sus derechos.
Ésa es nuestra agonía. Protestar… ¿contra quién? Venimos de
una dictadura, y en cualquier momento de la historia siempre
ha habido una cabeza visible que simbolizaba el desorden y
el malestar. ¿Y ahora qué? Estamos regidos por una falsa
camaradería ajena a gran parte de la sociedad, porque está
difuminada bajo el aparente respeto hacia todas las clases,
que, al final, son las que dan los votos.
P. Sorprende que un autor tan joven elija como protagonistas
a tres hombres maduros (o ancianos), que debaten sobre
política y toros entre chascarrillos castizos con acento
andaluz. ¿Crees que las cuestiones que se plantean responden
a una pieza política o de denuncia?
R.
Puede que ambas, aunque creo que va un poco más allá. Habla
del sentir de un país. Tampoco creo que sea en algún modo
partidista. Simplemente se muestra una realidad, una
sensación, un momento en nuestra historia sin precedentes:
estamos completamente solos, “solos y sin dueño”, como dice
uno de los personajes. ¿Qué hacer? Regresamos al Godot
de Beckett. ¿Estamos preparados? Ahí está Valle. ¿Saldremos
de ésta? ¿Es esto realmente lo que somos, lo que nos
merecemos? Ahí está Zweig: “La Historia, casi siempre, acaba
teniendo razón.”