Número 27. Septiembre de 2009

Un prólogo a Oriente de Alberto Conejero
Diez golondrinas sí hacen verano

Silvia Nanclares

Iago: Os suplico que vuestra cordura, sin embargo, no conceda ninguna importancia a un hombre cuya imaginación se halla tan propensa a equivocarse, ni construya una armazón de inquietudes sobre el fundamento de sus observaciones imperfectas.

Acto III, Otelo

William Shakespeare

Es un sacrificio pequeño ante la amistad de dos hombres. Aún puedes darme las gracias. Hasta el final, Cora, he cuidado vuestra mentira.

Isaac en XI, Moscas de verano o Sobh, Oriente

Alberto Conejero

Es bueno reencontrarse con alguien diez años después y comprobar que sus obsesiones siguen en su sitio. Es bueno reencontrarte con alguien diez años después y comprobar que esas mismas obsesiones están soterradas bajo capas y capas de experiencia y oficio. Los motivos persisten con la misma fuerza pero sin la obviedad de antaño. La misma foto muestra ahora partes distintas, los primeros planos se han desenfocado para dejar paso a la profundidad de campo que aporta la pericia técnica y la solvencia dramatúrgica. Es bueno, en todo caso, reencontrase con alguien y reconocerlo. Y conocerlo. Sonreírse al leerlo otra vez, redescubriendo esa escritura que, como la letra de cada cual o los gestos, guarda celosamente lo genuino, algo que ni quinientos talleres de escritura podrían cargarse. Solamente pulir.

Año 1999, un niño de 19 años, muy espabilado y locuaz, enamorado de la poesía en general y de Lorca en concreto. Obsesionado con la música popular, lo mediterráneo, lo bizarro, lo pop, los pueblos balcánicos, las identidades nómadas y, sobre todo, con la escritura dramática. Lector compulsivo de Koltés, Cormann, Synge, Azama y Pinter, también adora escudriñar las caras anónimas que inundan diariamente su tren de cercanías y las noticias absurdas del papel couché. Letraherido y esteta. Un potro desbocado.

Año 2009, un recién treintañero, reidor, hipersensible a las redes invisibles que sujetan las relaciones entre personas, entre países y entre culturas, sigue escribiendo. Más reposado, como el buen café turco que él tan bien conoce. Pero los posos, al final, son los mismos. Me muestra la taza y leo: soy Alberto, soy Federico, soy Bernard-Marie, soy William, no soy Nada. Soy cabezón —al final, la cabezonería es lo único que hace resistir a los escritores y los distingue de los que se quedan por el camino—.

Soy nada porque me estoy haciendo. Tomemos otro café.

Mientras removemos las cucharillas me hace la propuesta.

Alberto: Prológame esta adaptación de Otelo.

Silvia: ¿Versión o adaptación?

Alberto: Adaptación.

Alberto me muestra un programa de mano de Desdémona, título con el que se ha estrenado Oriente este mismo año, a partir de un encargo a su vez de Sandro Cordero, el director, para hilo producciones. Leo: “Desdémona no es una versión del Otelo, aunque sin él nunca hubiera existido. Tampoco sus personajes son los mismos que los de Shakespeare, aunque lo que tiembla detrás de la nueva máscara se asemeje. Desdémona formula de nuevo la pregunta que recorre los siglos esperando una respuesta que quizá no nos atrevemos a escuchar. Esta vez es Desdémona quien la reclama.”

Silvia: Vale. Me hago cargo, tú tranquilo. Te prologo.

Y recordamos juntos a Mayorga mientras pagamos —paga él— el café. Esas clases de Juan que nos cambiaron la vida. Nos enseñó dos o tres cosas de las que sirven para siempre y nunca fallan. Ambos fuimos alumnos suyos en la asignatura de 4.º de Dramaturgia, Adaptación Textual. RESAD, recién estrenando el milenio.

Una de esas claves sobre la adaptación nos dejaba toda la responsabilidad sobre los hombros. Elegid, apostad por algo, no os limitéis a acercar al presente, haced una poda, que determinados brotes resurjan, sin miedo a no ser tan fieles con la imagen antigua de la planta. Esta metáfora de invernadero es mía. Así me trasplanté sus enseñanzas. Alberto recuerda la importancia de la apuesta ideológica. El punto de vista, lo que queremos rescatar de la pieza a adaptar tiene que ver con lo que como dramaturgos queremos que cuente esa pieza.

No queremos ser afinadores de piano, queremos ser constructores de violines.

Y tocarlos.

Y hasta aquí el pretexto, que siempre acaba formando parte del contexto.

Y es que el texto en sí, este que estamos a punto de degustar, Oriente, de Alberto Conejero, siguiendo con la metáfora del luthier, suena bien y funciona, como instrumento dramático bien construido que es. Y saca una bonita pieza. El símil musical no es mera retórica. Por su conocimiento y sus estudios de la música popular, la dramaturgia de Alberto se ve certeramente enriquecida por las formas rítmicas y dramáticas de la lírica y la canción. En concreto, los temas y los estribillos conforman un sentido en este Oriente que nos ocupa. A partir de la planta primigenia llamada Otelo, escogida del todopoderoso vivero de Shakespeare, Alberto entona, se moja, decide, opta, apuesta, poda, corta, trasplanta, espulga y madura. Desecha esquejes y hace transfusiones de otros medios y tradiciones —estilísticas y de pensamiento—. Experimenta y acierta. En la temática, en la trama, en el lenguaje, con los personajes y con las imágenes. Todo hay que decirlo, este último punto, el de las imágenes, junto con el recién mencionado sentido del ritmo, son los puntos fuertes de la obra de Alberto Conejero.

Y el sustrato sobre el que planta su bonsái no puede ser mejor que todo ese mantillo que ha recavado en esta última década de escritura e investigación. Sus obsesiones reflotan con la sofisticación del que conoce el medio. Del que ha dedicado horas a observar, cotejar y experimentar. Y del que por derecho puede jugar sin miedo al intertexto. La chanson francesa, la música popular norteamericana dialogan fluidamente con Faulkner o Bowles, letristas como Porter o Brel conviven con la lírica popular medieval o la poesía metafísica —el amor, el amor, el amor— dándole al culturalismo la calidad de sentido, de dirección que guía al texto, no de mero alarde ornamental. Alberto teje una red de referentes, referencias, guiños, destellos y citas a su personal corpus de gustos y afinidades, que se hace imprescindible para entender la propuesta ambiental, argumental y filosófica que subyace a todos sus textos y éste en concreto, por ser uno de los más vivos y recientes. A través de sus motivos de siempre, logra una solidez que sólo hace que jugar a su favor. Nos separa positivamente del Otelo original para acercarnos a la solidez de los buenos textos contemporáneos.

Este personal background de Alberto consigue también que este texto funcione como lectura independiente de una representación. Con una cuidada disposición tanto de los títulos de las escenas, que como en una distribución de singles en un disco, conforma una estructura conceptual muy cerrada y brillante, más cercana a un poemario o una sinfonía.

Puertas adentro, y comparando tramas con el Otelo original, el texto presenta hallazgos muy notables. Gracias a esas limitaciones técnicas que tan productivas son siempre a la hora de crear, la prerrogativa de la compañía de limitar el elenco a tres personajes es el primer detonante que convierte de pronto el árbol trágico de Otelo en una nueva planta llamada Oriente, una planta exótica y conocida al tiempo, con ecos de jaima retransmitida por la CNN, valga la imagen. El enredo, el malentendido, el escamoteo informativo, los dobles sentidos son los primeros mimbres para cocinar el plato oriental, como si de un plato de thai-mex se tratara. Fusión cultural, genérica y lingüística, de esto sabe mucho Alberto. Se mueve bien entre varias orillas, entre aguas y materias mezcladas.

Cora (Desdémona), Basem (Otelo) e Isaac (Iago) forman un triángulo de amor bizarro y perfecto para desenvolver el nuevo transgénero, algo que podríamos llamar el melodrama trágico. Darío (Casio) juega el papel fundamental de mensajero al que hay que asesinar, peón en la pérfida urdimbre de Isaac, punto de fuga y pretexto de unión entre todas las líneas de deseo de los tres ángulos aislados. El procedimiento de los monólogos sucesivos se revela como ideal para este carácter aislado-conectado que detentan los miembros del triángulo. Esta yuxtaposición combinada alternadamente con escenas dialogadas con tino, funciona muy de acuerdo con la trama como método compositivo.

Doce escenas para un triángulo dan pábulo a la manipulación y la pasión desenfrenada tan característica de cualquier Otelo.

El punto de giro fundamental, la escena IX, Je suis un soir d’étê, a partir del cual la trama y la curva de los personajes se precipitan hacia sus fatídicos finales, destaca por un brillante ritmo y una original composición. En esta escena, las oposiciones genéricas, religiosas, geopolíticas y jerárquicas que han tensado la trama desde el primer momento, parecen ceder hasta encender la llama y hacer estallar la bomba, si se me permite el castrense símil, aunque resulte aquí redundante.

Esta bomba casera concluye en un desenlace novedoso y arriesgado donde la muerte, el poder del tiempo, la corrupción de lo finito, el poder arrollador de los instintos, el calor mediterráneo, la sensualidad usada sin traza de tópico sino desde el conocimiento profundo de los resortes que, como mencionamos más arriba, ambientan y enredan culturalmente la trama. Los campos magnéticos en lucha que crean los temas y los motivos —puro Albertiana— vuelven a demostrar que no se trata de un mero artificio culturalista sino que se anudan apretaditos en lazos que acaban por componer un tapiz intertextual donde bajo la batuta de Alberto, campean a sus aires referencias que de puro dispar encajan como un guante extraño pero apropiado. Para muestra un botón: como John Donne en el poema El jardín de Twickenham, Basem parece que se dijera a sí mismo, en última instancia, previa a la decisión y error finales:

Sexo malo, sólo hay una sincera,

La que con su verdad me está matando

Es así como seguiría pensando el atávico Otelo que aún cruza el imaginario cultural mediterráneo, con su obsesión con el mito de la femme fatal, arruinadora de la vida de los hombres torpes emocionalmente y toscos en su verborrea que se creen en posesión de su hembra. A lo que responderá una Cora atrapada pero valiente, que sigue luchando, aunque sea una guerrera torpe, que aprende a escapar de las manos que ya no asesinan sino el amor. Y en su propio fracaso, consigue salir victoriosa.

¿En qué dirección podría correr para salvarme de mí?

Cora en la escena X, La torpe guerrera

La huida de Cora es la redención de Desdémona. Y esto, resume la apuesta valiente de este texto, que nos muestra una posibilidad en el difícil arte de adaptar. Los textos vuelven pero no son los mismos: justicia poética y filosófica aplicada retroactivamente. Allí donde la tragedia muta en melodrama. Donde desaparece el pañuelo, aparece y se engendra el enredo, el equívoco, la retro-lectura con nueva intensidad, la comprensión final del error —esto sí, siempre trágico, de Otelo—.

Re-orientándose así con esta obra, Alberto amenaza con detentar nuevas incursiones en el campo —siempre minado pero gratificante— de la adaptación. Amenaza con seguir hablando su idioma híbrido tan reconocible. Después de Húngaros (2002), donde ya tocó con lucidez el tema del Otro como amenaza, como cuestionamiento, y su también reciente adaptación de La Tempestad (de nuevo la insularidad y la necesidad de pertenecer), de Shakespeare para Teatro de Fondo, auguran nuevos árboles, plantas, arbolitos, artefactos, canciones y dramas con el sello Conejero. Manténgase atentos a sus pantallas. Quiero decir, a sus salas. De momento cuida y da de comer a su próxima criatura: El jardín de Twickenham (¿Casualidad? Pues, no.), donde continuará metiendo el dedo en la llaga de las identidades en liza en los nuevos mapas geopolíticos de nuestra cercana-lejana Europa, identidades civiles, identidades religiosas que en su lucha convierten nuestro suelo en arenas movedizas.

Pero como dice Cora en la última escena de Oriente. “Acabar es empezar”. Y Alberto hace ambas cosas continuamente. Después de diez años escribiendo, se lo puede permitir y decir, como Brel, Iago e Isaac: “Yo también soy una tarde de verano”.

 

Arriba