
Silvia Nanclares
Iago:
Os suplico que vuestra cordura, sin embargo, no conceda
ninguna importancia a un hombre cuya imaginación se halla
tan propensa a equivocarse, ni construya una armazón de
inquietudes sobre el fundamento de sus observaciones
imperfectas.
Acto
III, Otelo
William Shakespeare
Es un sacrificio pequeño ante la amistad de
dos hombres. Aún puedes darme las gracias. Hasta el final,
Cora, he cuidado vuestra mentira.
Isaac
en XI, Moscas de verano o Sobh,
Oriente
Alberto Conejero
Es bueno reencontrarse
con alguien diez años después y comprobar que sus obsesiones
siguen en su sitio. Es bueno reencontrarte con alguien diez
años después y comprobar que esas mismas obsesiones están
soterradas bajo capas y capas de experiencia y oficio. Los
motivos persisten con la misma fuerza pero sin la obviedad
de antaño. La misma foto muestra ahora partes distintas, los
primeros planos se han desenfocado para dejar paso a la
profundidad de campo que aporta la pericia técnica y la
solvencia dramatúrgica. Es bueno, en todo caso, reencontrase
con alguien y reconocerlo. Y conocerlo. Sonreírse al leerlo
otra vez, redescubriendo esa escritura que, como la letra de
cada cual o los gestos, guarda celosamente lo genuino, algo
que ni quinientos talleres de escritura podrían cargarse.
Solamente pulir.
Año 1999, un niño de 19
años, muy espabilado y locuaz, enamorado de la poesía en
general y de Lorca en concreto. Obsesionado con la música
popular, lo mediterráneo, lo bizarro, lo pop, los pueblos
balcánicos, las identidades nómadas y, sobre todo, con la
escritura dramática. Lector compulsivo de Koltés, Cormann,
Synge, Azama y Pinter, también adora escudriñar las caras
anónimas que inundan diariamente su tren de cercanías y las
noticias absurdas del papel couché. Letraherido y
esteta. Un potro desbocado.
Año 2009, un recién
treintañero, reidor, hipersensible a las redes invisibles
que sujetan las relaciones entre personas, entre países y
entre culturas, sigue escribiendo. Más reposado, como el
buen café turco que él tan bien conoce. Pero los posos, al
final, son los mismos. Me muestra la taza y leo: soy
Alberto, soy Federico, soy Bernard-Marie, soy William, no
soy Nada. Soy cabezón —al final, la cabezonería es lo único
que hace resistir a los escritores y los distingue de los
que se quedan por el camino—.
Soy nada porque me estoy
haciendo. Tomemos otro café.
Mientras removemos las
cucharillas me hace la propuesta.
Alberto: Prológame
esta adaptación de Otelo.
Silvia: ¿Versión o
adaptación?
Alberto:
Adaptación.
Alberto me muestra un
programa de mano de Desdémona, título con el que se
ha estrenado Oriente este mismo año, a partir de un
encargo a su vez de Sandro Cordero, el director, para
hilo producciones. Leo: “Desdémona
no es una
versión del Otelo, aunque sin él nunca hubiera existido.
Tampoco sus personajes son los mismos que los de
Shakespeare, aunque lo que tiembla detrás de la nueva
máscara se asemeje.
Desdémona
formula de nuevo la pregunta que recorre los siglos
esperando una respuesta que quizá no nos atrevemos a
escuchar. Esta vez es Desdémona quien la reclama.”
Silvia: Vale. Me
hago cargo, tú tranquilo. Te prologo.
Y recordamos juntos a
Mayorga mientras pagamos —paga él— el café. Esas clases de
Juan que nos cambiaron la vida. Nos enseñó dos o tres cosas
de las que sirven para siempre y nunca fallan. Ambos fuimos
alumnos suyos en la asignatura de 4.º de Dramaturgia,
Adaptación Textual. RESAD, recién estrenando el milenio.
Una de esas claves sobre
la adaptación nos dejaba toda la responsabilidad sobre los
hombros. Elegid, apostad por algo, no os limitéis a acercar
al presente, haced una poda, que determinados brotes
resurjan, sin miedo a no ser tan fieles con la imagen
antigua de la planta. Esta metáfora de invernadero es mía.
Así me trasplanté sus enseñanzas. Alberto recuerda la
importancia de la apuesta ideológica. El punto de vista, lo
que queremos rescatar de la pieza a adaptar tiene que ver
con lo que como dramaturgos queremos que cuente esa pieza.
No queremos ser
afinadores de piano, queremos ser constructores de violines.
Y tocarlos.
Y hasta aquí el pretexto,
que siempre acaba formando parte del contexto.
Y es que el texto en sí,
este que estamos a punto de degustar, Oriente, de
Alberto Conejero, siguiendo con la metáfora del luthier,
suena bien y funciona, como instrumento dramático bien
construido que es. Y saca una bonita pieza. El símil musical
no es mera retórica. Por su conocimiento y sus estudios de
la música popular, la dramaturgia de Alberto se ve
certeramente enriquecida por las formas rítmicas y
dramáticas de la lírica y la canción. En concreto, los temas
y los estribillos conforman un sentido en este Oriente
que nos ocupa. A partir de la planta primigenia llamada
Otelo, escogida del todopoderoso vivero de
Shakespeare, Alberto entona, se moja, decide, opta, apuesta,
poda, corta, trasplanta, espulga y madura. Desecha esquejes
y hace transfusiones de otros medios y tradiciones
—estilísticas y de pensamiento—. Experimenta y acierta. En
la temática, en la trama, en el lenguaje, con los personajes
y con las imágenes. Todo hay que decirlo, este último punto,
el de las imágenes, junto con el recién mencionado sentido
del ritmo, son los puntos fuertes de la obra de Alberto
Conejero.
Y el sustrato sobre el
que planta su bonsái no puede ser mejor que todo ese
mantillo que ha recavado en esta última década de escritura
e investigación. Sus obsesiones reflotan con la
sofisticación del que conoce el medio. Del que ha dedicado
horas a observar, cotejar y experimentar. Y del que por
derecho puede jugar sin miedo al intertexto. La chanson
francesa, la música popular norteamericana dialogan
fluidamente con Faulkner o Bowles, letristas como Porter o
Brel conviven con la lírica popular medieval o la poesía
metafísica —el amor, el amor, el amor— dándole al
culturalismo la calidad de sentido, de dirección que guía al
texto, no de mero alarde ornamental. Alberto teje una red de
referentes, referencias, guiños, destellos y citas a su
personal corpus de gustos y afinidades, que se hace
imprescindible para entender la propuesta ambiental,
argumental y filosófica que subyace a todos sus textos y
éste en concreto, por ser uno de los más vivos y recientes.
A través de sus motivos de siempre, logra una solidez que
sólo hace que jugar a su favor. Nos separa positivamente del
Otelo original para acercarnos a la solidez de los
buenos textos contemporáneos.
Este personal
background de Alberto consigue también que este texto
funcione como lectura independiente de una representación.
Con una cuidada disposición tanto de los títulos de las
escenas, que como en una distribución de singles en un
disco, conforma una estructura conceptual muy cerrada y
brillante, más cercana a un poemario o una sinfonía.
Puertas adentro, y
comparando tramas con el Otelo original, el texto
presenta hallazgos muy notables. Gracias a esas limitaciones
técnicas que tan productivas son siempre a la hora de crear,
la prerrogativa de la compañía de limitar el elenco a tres
personajes es el primer detonante que convierte de pronto el
árbol trágico de Otelo en una nueva planta llamada
Oriente, una planta exótica y conocida al tiempo, con
ecos de jaima retransmitida por la CNN, valga la imagen. El
enredo, el malentendido, el escamoteo informativo, los
dobles sentidos son los primeros mimbres para cocinar el
plato oriental, como si de un plato de thai-mex se
tratara. Fusión cultural, genérica y lingüística, de esto
sabe mucho Alberto. Se mueve bien entre varias orillas,
entre aguas y materias mezcladas.
Cora (Desdémona), Basem
(Otelo) e Isaac (Iago) forman un triángulo de amor bizarro y
perfecto para desenvolver el nuevo transgénero, algo que
podríamos llamar el melodrama trágico. Darío (Casio) juega
el papel fundamental de mensajero al que hay que asesinar,
peón en la pérfida urdimbre de Isaac, punto de fuga y
pretexto de unión entre todas las líneas de deseo de los
tres ángulos aislados. El procedimiento de los monólogos
sucesivos se revela como ideal para este carácter
aislado-conectado que detentan los miembros del triángulo.
Esta yuxtaposición combinada alternadamente con escenas
dialogadas con tino, funciona muy de acuerdo con la trama
como método compositivo.
Doce escenas para un
triángulo dan pábulo a la manipulación y la pasión
desenfrenada tan característica de cualquier Otelo.
El punto de giro
fundamental, la escena IX, Je suis un soir d’étê, a
partir del cual la trama y la curva de los personajes se
precipitan hacia sus fatídicos finales, destaca por un
brillante ritmo y una original composición. En esta escena,
las oposiciones genéricas, religiosas, geopolíticas y
jerárquicas que han tensado la trama desde el primer
momento, parecen ceder hasta encender la llama y hacer
estallar la bomba, si se me permite el castrense símil,
aunque resulte aquí redundante.
Esta bomba casera concluye en un desenlace novedoso y
arriesgado donde la muerte, el poder del tiempo, la
corrupción de lo finito, el poder arrollador de los
instintos, el calor mediterráneo, la sensualidad usada sin
traza de tópico sino desde el conocimiento profundo de los
resortes que, como mencionamos más arriba, ambientan y
enredan culturalmente la trama. Los campos magnéticos en
lucha que crean los temas y los motivos —puro Albertiana—
vuelven a demostrar que no se trata de un mero artificio
culturalista sino que se anudan apretaditos en lazos que
acaban por componer un tapiz intertextual donde bajo la
batuta de Alberto, campean a sus aires referencias que de
puro dispar encajan como un guante extraño pero apropiado.
Para muestra un botón: como John Donne en el poema El
jardín de Twickenham, Basem parece que se dijera a sí
mismo, en última instancia, previa a la decisión y error
finales:
Sexo malo, sólo hay
una sincera,
La que con su verdad
me está matando
Es así como seguiría
pensando el atávico Otelo que aún cruza el imaginario
cultural mediterráneo, con su obsesión con el mito de la
femme fatal, arruinadora de la vida de los hombres
torpes emocionalmente y toscos en su verborrea que se creen
en posesión de su hembra. A lo que responderá una Cora
atrapada pero valiente, que sigue luchando, aunque sea una
guerrera torpe, que aprende a escapar de las manos que ya no
asesinan sino el amor. Y en su propio fracaso, consigue
salir victoriosa.
¿En qué dirección
podría correr para salvarme de mí?
Cora en la escena X,
La torpe guerrera
La huida de Cora es la
redención de Desdémona. Y esto, resume la apuesta valiente
de este texto, que nos muestra una posibilidad en el difícil
arte de adaptar. Los textos vuelven pero no son los mismos:
justicia poética y filosófica aplicada retroactivamente.
Allí donde la tragedia muta en melodrama. Donde desaparece
el pañuelo, aparece y se engendra el enredo, el equívoco, la
retro-lectura con nueva intensidad, la comprensión final del
error —esto sí, siempre trágico, de Otelo—.
Re-orientándose así con
esta obra, Alberto amenaza con detentar nuevas incursiones
en el campo —siempre minado pero gratificante— de la
adaptación. Amenaza con seguir hablando su idioma híbrido
tan reconocible. Después de Húngaros (2002), donde ya
tocó con lucidez el tema del Otro como amenaza, como
cuestionamiento, y su también reciente adaptación de La
Tempestad (de nuevo la insularidad y la necesidad de
pertenecer), de Shakespeare para Teatro de Fondo, auguran
nuevos árboles, plantas, arbolitos, artefactos, canciones y
dramas con el sello Conejero. Manténgase atentos a sus
pantallas. Quiero decir, a sus salas. De momento cuida y da
de comer a su próxima criatura: El jardín de Twickenham
(¿Casualidad? Pues, no.), donde continuará metiendo el
dedo en la llaga de las identidades en liza en los nuevos
mapas geopolíticos de nuestra cercana-lejana Europa,
identidades civiles, identidades religiosas que en su lucha
convierten nuestro suelo en arenas movedizas.
Pero como dice Cora en la
última escena de Oriente. “Acabar es empezar”. Y Alberto
hace ambas cosas continuamente. Después de diez años
escribiendo, se lo puede permitir y decir, como Brel, Iago e
Isaac: “Yo también soy una tarde de verano”.