Número 27. Septiembre de 2009

La cartelera española, cien años atrás
De los Quintero a Benavente

José Luis Campal Fernández
RIDEA

No fue precisamente 1909 un año de lujo para el teatro español porque no se subió a los escenarios ningún texto imprescindible que marcara un punto y aparte en el desarrollo de la historia dramatúrgica nacional. Sin embargo, no quedaron las temporadas ayunas de alguna que otra aportación de interés, como las benaventinas El príncipe que todo lo aprendió en los libros y Por las nubes, o el drama histórico de Marquina Doña María la Brava. En el recuento de la recepción dispensada a varios textos que debutaron hace un siglo nos detenemos seguidamente.

 

I. Doña Clarines, de los Álvarez Quintero

Acogida con reparos pero reconociendo la carpintería escenográfica de unos literatos avezados a lidiar con el público. Así puede sintetizarse el veredicto emitido por los comentaristas de prensa hacia el sainete de los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero (1873-1944 y 1871-1938) titulado Doña Clarines. El crítico Ricardo J. Catarineu, que empleaba habitualmente el seudónimo de Caramanchel, recensionó con amplitud el estreno en las páginas de La Correspondencia de España (6-XI-1909). Comienza desentrañando la motivación principal que ha movido a los jocosos escritores: «Vivimos en medio de tales y tantos convencionalismos, que decir la verdad parece locura. Sobre esta afirmación han construido los hermanos Álvarez Quintero una comedia, muy estimable como suya». Los párrafos siguientes los dedica a enumerar los que él valida como puntos descollantes en la concepción teatral de los andaluces: «Los autores de “Doña Clarines”, excelentes observadores de la vida, siquiera su observación sea a veces un poco superficial, merecen todas las alabanzas ahora y siempre por su filosofía optimista y simpática, por su gracia naturalísima, por su dominio de la mecánica escénica y por el buen gusto de sus caricaturas y donaires, siempre atildados y siempre lejos de todo asomo de ordinariez. (...) Lo sólido y fuerte de los Álvarez Quintero está, para mí, en los elementos grotescos que reproducen fielmente de la vida y en la abundancia, derroche y buen tono de sus chistes, que llevan siempre el aroma de la ingenuidad, de la facilidad, del natural, en fin». Centrándose en la obra en cuestión, Caramanchel reconoce admirar «grandemente algunos tipos de sainete magistralmente perfilados, muchas frases graciosas y dos o tres situaciones cómicas preparadas con suma destreza». No le encandilaron por igual las interpretaciones de la pieza estrenada en el madrileño Teatro Lara el 5 de noviembre: «Sobresalieron Matilde Rodríguez, Leocadia Alba y Conchita Ruiz. El señor Simó Raso pudo hacer más: exageró lo grotesco y estuvo toda la noche fuera de la naturalidad a que habituados nos tiene. Puga hizo también poco: fue monótono y gris». Y, como broche, un reconocimiento a una profesión perdida hoy día: «El que estuvo a ratos hecho un héroe fue el apuntador. ¡Pulmones tiene el hombre!».

En las columnas de La Época (6-XI-1909), a Zeda –sobrenombre literario de Francisco Fernández Villegas– le entusiasmaron los caracteres: «Todos esos personajes están copiados de la realidad, son seres vivos y no muñecos, y reflejan la vida con más fuerza de expresión en su aspecto cómico que en su aspecto patético».

Por su parte, Carlos Luis de Cuenca nos ofrece desde La Ilustración Española y Americana (15-XI-1909) unas sugerencias de lectura sobre Doña Clarines nada desdeñables: «Pertenece al género de comedias llamado de carácter y, a primera vista, se diría que es de las que la antigua preceptiva calificaba “de figurón”, en las que, como es sabido, el autor presentaba tipos en que el vicio o defecto que se proponía censurar estaba acentuado hasta los linderos de la exageración; tipos, por tanto, más convencionales que verdaderos. Cuando vemos a la protagonista de esta comedia dedicada a manifestar al prójimo, ya en su presencia, ya por medio de recados o cartas, conceptos desagradables y ofensivos, fundados en meras suposiciones, nos parece que en aquel ser convencional van a censurar los autores el defecto de anteponer el gusto de decir una fresca al lucero del alba a aquella urbanidad y consideración con que los seres más veraces y sinceros hablan y escriben a la gente, para cumplir elementales deberes de cultura. Pero al terminar la comedia vemos que la finalidad de la misma es diametralmente distinta y que, lejos de ser “de figurón”, se propone serlo “de figurín”, pues doña Clarines se nos presenta no como tipo ridículo y censurable, sino como dechado de personas sinceras que rinden a la verdad fervoroso culto, y hasta tal punto se lleva la exageración en este sentido que se supone que en el pueblo de Guadalajara donde la señora vive la creen loca sólo porque dice las verdades». No ahorra De Cuenca su aplauso a los comediógrafos en el plano formal: «Literaria, decorosa y sazonada con las abundantes sales de su lozano ingenio. Con diálogo tan animado y gracioso, con tipos de tanto relieve y con situaciones presentadas con habilidad teatral, no es nunca dudoso un éxito».

II. La escuela de las princesas, de Benavente

La comedia en tres actos La escuela de las princesas, de Jacinto Benavente (1866-1954), se vio en octubre en el Teatro de la Comedia. En La Ilustración Española y Americana (22-X-1909), Carlos L. de Cuenca reconoce en ella «ambiente elegante, vistosidad de lujosos trajes, la magia del diálogo», si bien tiene para sí que resulta «muy superior el atavío literario de su conversación a la realidad de sus caracteres y a la intensidad de sus afectos». El aparato formal y su consiguiente falta de calidez emocional son destacados también por el crítico de La Época (15-X-1909): «La comedia de Benavente es primorosa, exquisita, de alto valor literario... Una obra de arte, labrada en mármol pentólico, pero con una de las cualidades propias del mármol, la frialdad». Ello le conduce a señalar que en La escuela de las princesas hay «menos intensidad dramática que en “La noche del sábado”, menos color de humanidad que en “Por las nubes” y menos universalidad que en “Los intereses creados”». Para Caramanchel, que habla de la pieza en La Correspondencia de España (4-X-1909), lo que despunta en ella es su lado cómico: «Hay escenas de delicadeza, de ternura, de poesía, pero los elementos de gracia son los más abundantes».

III. Lo que engaña la verdad, de Linares Rivas

El Teatro Español acogió, nada más arrancar el año, el boceto de comedia Lo que engaña la verdad, original del compostelano Manuel Linares Rivas (1867-1938). En su sección “Los estrenos”, el diario El Globo (5-I-1909) la despachaba así: «No ofrece gran novedad el asunto elegido por Linares Rivas para su nueva producción, ya que todos nos sabemos, desde nuestra más tierna infancia, la fábula de Samaniego “El pastor y el lobo”, en la que nos enseña a no mentir innecesariamente, para no dar lugar a que cuando digamos verdad puedan no creernos y resultemos nosotros los más perjudicados. Y este consejo es precisamente el que no ha querido seguir el protagonista de “Lo que engaña la verdad”, viniendo por fin a ocurrirle lo que al pastor de la fábula». Sin embargo, lejos de hacerle fracasar, el dramaturgo obtuvo los favores del público porque la falta de originalidad la suplió exponiendo el asunto «bellamente adornado con las galas literarias de que tan a menudo da pruebas».

IV. La esfinge, de Unamuno

El debut teatral de Miguel de Unamuno (1864-1936) en el Teatro Galdós de Las Palmas con La esfinge tiene su entusiástico reflejo en la crónica de la función realizada para La Correspondencia de España (26-II-1909). Se califica el texto del ilustre noventayochista como una obra «que se aparta de todo lo vulgar», y en la cual su argumento es secundario pues «el autor llega al público por la intensidad de la emoción y por la mística poesía de que están impregnadas todas las escenas», hasta el punto de que emparenta la factura del drama con «la técnica que emplearon los más altos pensadores modernos, como Ibsen y Tolstoi». En el carácter del protagonista Ángel, que se define como de «grandeza shakesperiana», según el comentarista, «se ha complacido el Sr. Unamuno en pintar las dudas más inquietantes del espíritu humano, obsesionado por el problema capital que se refiere al más allá de la muerte: al ser y al no ser».

V. La sombra del padre, de Martínez Sierra

El 17 de marzo se presentó la comedia en dos actos de Gregorio Martínez Sierra (1881-1947) titulada La sombra del padre. Catarineu la reseñó negativamente en La Correspondencia de España (18-III-1909) y Nuevo Mundo (1-IV-1909). En el primero, tras recordar que la idea del drama –«muy simpática para este buen público burgués de Lara»– era la de que resulta «indispensable para el buen orden de la casa que la sombra del padre se proyecte sobre la familia», la reprende ariscamente: «La técnica de la obra es vieja y todo en ella aparece arbitrariamente preparado. Sólo una novedad esta técnica de Martínez Sierra nos ofrece, y aun ésta es una novedad relativa. Los autores del antiguo régimen solían poner a los actos sencillos finales efectistas. El creador de “La sombra del padre” ha hecho lo contrario: a dos actos artificiosamente complicados les ha añadido dos finales de suma sencillez». Desde las columnas de la revista Nuevo Mundo, la moteja de comedia «amañada y artificiosa» y despoja de cualidades para la empresa a su creador: «Martínez Sierra es frío; por lo menos, no es un ser de pasiones. Gracioso, tampoco. Tenía en contra suya estas dos deficiencias. ¿Cómo ha triunfado, pues? Apelando a la habilidad. Para ello no ha reparado en desenvolver un asunto nuevo con una técnica vieja, en vestir una idea exquisita con un traje vulgar. Sin duda, se propuso, ante todo, ser hábil y lo fue. De seguir por este camino, tal vez su conciencia artística le diga algún reproche, pero obtendrá seguramente triunfos resonantes».

Menos escrupulosos se mostraron otros comentaristas, como el de El Globo (18-III-1909), quien afirma que La sombra del padre está escrita «en elegante prosa» y que es «una pintura muy realista de lo que es una casa en la que falta el jefe de la familia, en la que sobra dinero y en la que la debilidad materna hace completa la armonía de los padres». O Carlos L. de Cuenca, el cual, por su parte, se deshace en elogios, desde La Ilustración Española y Americana (15-IV-1909), hacia el personaje del padre indiano, que estima «admirablemente trazado», con el consiguiente y «amargo contraste entre los optimismos que funda en la plata que trajo y la triste realidad que encuentra», todo lo cual «interesa y conmueve hondamente» al espectador, según este crítico, que ve un acierto pleno el humorismo que Martínez Sierra emplea para vestir al protagonista, «transparentando el sentimiento de su alma al través de su exterioridad cómica».

VI. Doña María la Brava, de Marquina

Bien recibida resultó la recreación histórica hecha por el dramaturgo barcelonés Eduardo Marquina (1879-1946) de la figura de doña María la Brava. Acerca de los escollos que constituye traer un personaje real a su elaboración artística habla José Sánchez Rojas en Alrededor del Mundo (15-XII-1909): «¿Puede un poeta separarse de la letra de la historia, de la tradición consagrada y comúnmente admitida, para hacernos comprender mejor su espíritu? Desde luego que sí. Se trata, además, de dos figuras, la del favorito y la de la vengadora salmantina, enormemente representativas. Están las dos tan por encima del común rasero, simbolizan tan bien una época de sequedad, de rigidez, de ausencia de ternura, de comprensión austera de los deberes cívicos, que el poeta puede y aun debe cargar la mano en la pintura para darnos más cabal idea de todas las turbulencias, rivalidades y banderías de los reinados de los últimos monarcas castellanos».

No le ahorra alabanzas Carlos L. de Cuenca desde La Ilustración Española y Americana (15-XII-1909), quien considera que el dramaturgo ha evitado «recargar el cuadro de prolijos detalles», y dar «a las figuras episódicas y de segundo término en la acción principal demasiada importancia». La condición poética de Marquina tiene aquí su ración de aplauso: «Toda la obra está impregnada de un ambiente poético que avalora la composición, y a ello contribuye poderosamente el estar escrita en verso y haber adoptado en él el señor Marquina los metros más adecuados». Pero también su dosis de reproche, cuando, a renglón seguido, declara De Cuenca: «En algunos trozos de la obra se nota pobreza en la versificación. La repetición de asonantes, de acentuación aguda de los versos libres, quitan armonía y riqueza al romance castellano». Las interpretaciones de María Guerrero y Fernando Mendoza fueron reconocidas por el comentarista: «Sus altas condiciones dramáticas lucieron en los momentos culminantes de la obra», asegura sobre la actriz, mientras que de su marido dice que «siente, por modo admirativo, el temperamento de D. Álvaro: ambicioso, frío, astuto, de porte señorial, elegante y fastuoso, y de fino y sugestivo trato», constituyendo, a la postre, «uno de sus mejores aciertos».

VII. Sangre gorda, de los Quintero

El estreno primaveral de los hermanos Álvarez Quintero en el madrileño Teatro Apolo, Sangre gorda, mueve a Caramanchel en su sección “La semana teatral”, de Nuevo Mundo (13-V-1909), a calificarlo como «un entremés ingenioso y divertido». Luego, lo desmenuza: «Es un diálogo de una muchacha con su pretendiente. Ella, nerviosilla, inquieta, relampagueante. Él, sanguíneo, lento y cayéndose de pesado. Ella, impaciente por oír la declaración. Él, con dos años de conversación trivial antes de declararse. Los celos son la chispa que produce el incendio amoroso. Y esta misma desemejanza radical de sus caracteres nos hace creer doblemente que los novios serán felices». Finalmente, la emprende con los actores: «¡Lástima que el Sr. Moncayo apoyase bastante la pesadez del tipo y que la señorita Palou no tenga la viveza y naturalidad convenientes! ¡Qué gran éxito de risa, como ahora se dice, obtendrán los hermanos Álvarez Quintero si alguna vez representan “Sangre gorda” dos verdaderos actores cómicos! Por ejemplo, Nieves Suárez y José Santiago».

VIII. El príncipe que todo lo aprendió en los libros, de Benavente

La pieza de Jacinto Benavente en dos actos El príncipe que todo lo aprendió en los libros la estrenó la compañía de Fernando Porredón en el Teatro del Príncipe el 20 de diciembre, iniciando con ella el dramaturgo madrileño un teatro dirigido a los niños. Alejandro Miquis señala en Nuevo Mundo (30-XII-1909) que el personaje central de esta obra es «un príncipe que cree en los cuentos de hadas y a quien su padre envía a recorrer el mundo para que se cure de ese defecto imaginativo». En ella Benavente demuestra, según Miquis, «el poder vivificante y fortalecedor de la ilusión».

IX. Frío, de Zamacois

El 24 de mayo acogió el Teatro Romea el estreno de Frío, de Eduardo Zamacois (1873-1971). Los comentaristas inciden, al reseñarla, en su naturaleza de obra de «crudeza insuperable» (La Correspondencia de España, 25-V-1909) y en la condición del autor de «explorador de los misterios de Eros y psicólogo de los sentimentalismos morbosos», que ofrece en su incursión escénica «una personalidad bien definida, vigorosa y audaz» (El Imparcial, 27-V-1909). Llegan a perdonarles sus tropiezos dramáticos, como es el caso de Caramanchel en Nuevo Mundo (3-VI-1909): «¿Quién no perdona las inexperiencias teatrales del autor de “Frío”, archisuficientemente compensadas con la belleza del diálogo y con la verdad del asunto?».

X. La alegría del batallón, de Arniches

Repartidas en dos frentes bien opuestos resultaron las apreciaciones de los comentaristas a raíz del estreno en el Apolo, en la segunda semana del mes de marzo, de la obra del alicantino Carlos Arniches (1866-1943) titulada La alegría del batallón. Así, en tanto que, desde La Época (12-III-1909), sentenciaba Un Abonado que «es un teatro pintoresco de la vida militar, con graciosísimas escenas propias de ella, y con un diálogo en el que no existe una frase de mal gusto ni un chiste que pueda censurarse», en la reseña de la misma función firmada por R. S. en La Correspondencia de España (12-III-1909), comenzaba ya previniendo al consumidor: «¡Qué alegría ni qué ocho cuartos! Si por eso de la alegría, y por ser la obra de Arniches, y por tener música del maestro Serrano, y por ser tú, lector bondadoso, espectador de buena fe, caes en la tentación de ir a ver esta zarzuela, desiste de tu propósito y no vayas» porque, asegura líneas más abajo, la obra «no te brinda un solo instante regocijado». Según el crítico, La alegría del batallón dejaba concluyentemente esclarecidos cuatro aspectos que ponían en evidencia la endeblez, a su juicio, de la propuesta dramática: «1) Que en el teatro es convencional todo, hasta el Código de Justicia militar. 2) Que los Consejos de guerra admiten, en el teatro, por supuesto, y con una dosis de benevolencia incomprensible, el milagro como medio de prueba. 3) Que los frailes dominicos tienen mucho más instinto policiaco que los subalternos del Sr. Méndez Alanis, porque siquiera recuperan las alhajas, y 4) Que esos procedimientos teatrales están mandados retirar desde mucho antes de la guerra civil».

XI. El caballero lobo, de Linares Rivas

El viernes 22 de enero la compañía de Ceferino Palencia y María Tubau puso en pie, en el Teatro Español, El caballero lobo, fábula en tres jornadas y en prosa de Manuel Linares Rivas protagonizada, como escribe Carlos L. de Cuenca en La Ilustración Española y Americana (30-I-1909), por «animales parlantes, como los que Fedro y Esopo inmortalizaron». En su reseña semanal para Nuevo Mundo (4-II-1909), Alejandro Miquis recuerda que los personajes «son todos animales, animales-símbolos que nos muestran no un animal, sino el animal tal como por síntesis le concibieron los fabulistas clásicos, extrayendo su concepción del sentir popular»; y su verdad simbólica queda patente en el hecho de que, dice Miquis, «todos los vicios y todas las virtudes que el Sr. Linares Rivas nos muestra en los animales son virtudes y vicios perfectamente humanos».

XII. Por las nubes, de Benavente

Prácticamente unánime resultó la aquiescencia crítica ante la comedia en dos actos de Jacinto Benavente rotulada Por las nubes y que acogió el Teatro Lara en su función del 20 de enero. En Nuevo Mundo (28-I-1909), Alejandro Miquis apunta que en ella el autor se manifiesta como un «observador supremo de la vida, pensador atrevido, capaz de decirlo todo imponiendo el propio pensamiento como pensamiento común, por mucho que choque con el común sentir». Para Eduardo Gómez de Baquero, tal cual lo expresa en La España Moderna (1-III-1909), es un drama «triste y deprimente», cuyo nudo radica en «la escasez de recursos de una clase [la clase media] obligada, por ciertos hábitos y conveniencias sociales muy poderosas, a vivir con apariencias de holgura, a gastar en representación lo que no tiene». En El Globo (21-I-1909), Enrique Díez-Canedo destacaba el clima de «realidad cruel», ese «ambiente de pesadumbre y miseria, que retrata con fidelidad la tristeza de una clase falta de ideales y agobiada por una inmensa emulación o por una tremenda poquedad». Y José de Laserna apostaba en El Imparcial (21-I-1909) por la vigorosa contemporaneidad del enfoque benaventino, capaz de poner en pie, sobre el tema del matrimonio, «un moderno edificio con originales orientaciones y con amplias y dilatadas vistas al porvenir».

Entre los lunares, los dos que le ponía Miquis: uno, referido a la obsesión benaventina por «sacar consecuencias y formular por sí mismo apotegmas», ante lo cual el comentarista desea más bien «un teatro en que los hechos lo digan todo»; y el segundo, alusivo a la representación: «La interpretación fue lamentable. Los actores de Lara han dormido esta vez y han dormido todos».

XIII. El pasado vuelve, de Zamacois

La subida al escenario del Teatro Romea de la obra de Eduardo Zamacois El pasado vuelve a finales del mes de enero tuvo una buena acogida. En La Correspondencia de España (31-I-1909), Caramanchel admitió que «presenta la ventaja de ser muy personal», ya que el escritor «ha puesto en ella su temperamento vigoroso y todas las audacias de su musa. Nos ha dado con el ropaje de un diálogo primoroso una intensa sensación de poesía y de verdad». Y si, para este crítico, la pieza era «linda, breve y descarnada», para Z., en el diario La Época (31-I-1909),es «una piadosa paradoja, desarrollada con arte y talento (...), a ratos doliente, a ratos por extremo atrevida».

 

XIV. De cerca, de Benavente

Los espectadores que el 10 de abril acudieron a las sesiones del Teatro Lara tuvieron el privilegio de conocer de primera mano la comedia en un acto de Benavente titulada De cerca. Enrique Díez-Canedo, desde El Globo (11-IV-1909), señaló como característica primordial de la comedia en un acto «la maravillosa perfección técnica», porque «lo difícil es que nada sobre, que ninguna de las pinceladas del cuadro sea ociosa o superflua, y eso es lo que Benavente consigue, sin esfuerzo al parecer». La ejecución actoral fue avalada por el propio Díez-Canedo («la hicieron irreprochablemente») y por Carlos L. de Cuenca en La Ilustración Española y Americana (8-V-1909): «La interpretación de esta fina y artística producción es digna de todo elogio. La Alba hace una hortelana de un realismo perfecto. Matilde Rodríguez convence y conmueve en el tipo de la tía Viva. Muy bien la Bremón y Puga, y admirable Simó Ruso en el viejo enfermo».

XV. El centenario, de los Quintero

La comedia de los hermanos Álvarez Quintero El centenario no entusiasmó al responsable de asuntos teatrales en El Imparcial, José de Laserna. Declaró (17-XII-1909) que se trata de «una comedia agradable, algo lenta, a trozos finamente cómica, a trozos caricaturesca, a trozos sentimental», y opina que no hubiera naufragado «si a la idea madre hubiera correspondido plenamente la ejecución, sobre todo en el remate de la obra», ya que el desenlace, apuntilla en otro lugar de su reseña, ha quedado «reducido a un breve epílogo de repetición del tema fundamental» que «enfrió considerablemente las decisivas impresiones del público». Según Alejandro Miquis, en Nuevo Mundo (30-XII-1909), la pieza era «una nueva tentativa hacia la comedia trascendental» acerca de una tesis nada novedosa, «la de que la esperanza es el mejor específico para lograr la longevidad».

XVI. La señorita se aburre, de Benavente

A punto de finalizar el año, Jacinto Benavente lleva a los escenarios, el primero de diciembre y a partir del tema extraído de un poema de Tennyson, La señorita se aburre, que la revista Comedias y Comediantes (15-XII-1909) valora como «una comedia sencilla y profunda, aunque pueda parecer lo contrario a los que no sospechan la profundidad que suelen ocultar las aguas tranquilas. En ella, el señor Benavente nos pinta una muchacha coqueta por aburrimiento, que busca distracción para su espíritu torturado mediante el fingimiento de amores que no siente a los desdichados que de ella se enamoran».

No fueron las piezas benaventinas que hemos visto en este artículo las únicas estrenadas y/o escritas por el Nobel español a lo largo de 1909. Habría que añadir otras tres: El último minué, comedia en un acto compuesta para la inauguración del Teatro Benavente el 23 de octubre de 1909; Ganarse la vida, comedia en un acto que subió a las tablas del Teatro del Príncipe el 20 de diciembre, y ¡A ver qué hace un hombre!, no representada pero sí publicada.

 

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