
regreso al hogar
De Harold Pinter
Traducción: Eduardo Mendoza
Intérpretes: Francesc Lucchetti, Antonio Gil,
Ricardo Moya, Julián Ortega, Sergio Otegui y Ana Fernández
Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristià
Dirección: Ferran Madico
Teatro Español
Madrid, 2 de julio de 200
Roberto
Corte
Al principio todo arranca
con cierta normalidad. Se trata de conversaciones entre
miembros masculinos de la misma familia. A medida que se
desarrolla la acción y se perfilan los personajes empiezan
las rarezas. No es que nos sorprenda demasiado, porque
familiares así los tiene todo el mundo. Pero después, con la
visita del hijo pródigo —profesor en una universidad
americana— y de su esposa, la cosa se complica. Las
relaciones se degradan paulatinamente y estalla la bomba.
Para el espectador se han sobrepasado ya todos los límites,
incluso los más inesperados. Los miembros de la tribu
desvelan sus instintos más primarios, y la pulsión sexual y
de poder se intensifica con toda su crudeza. Ahora ya son
los deseos y los odios en un juego de dobles intenciones. Un
interesante infierno de relaciones lleno de incertidumbre,
de ambigüedades. Con una masa verbal ubérrima —pese al
todavía naturalismo manifiesto— en la que se reconocerán,
también, buena parte de los posteriores autores reunidos
bajo el lema de la “poética de la sustracción” o de la
“dramaturgia de la recepción”.
Sobra decir que la familia es uno de los pilares sobre los
que descansa todo el orden social existente. Desde siempre.
La antropología, la sociología y la política la han
estudiado concienzudamente. Representa lo mejor y la peor de
la condición humana. Su microcosmos nuclear de relación es
el fiel espejo de la sociedad. El teatro también ha abordado
el tema desde siempre. Ya en la Grecia clásica situaban la
mayor parte de los conflictos entre padres e hijos. Y no
digamos el siglo XX, con autores como O´Neill, que es todo
un especialista; o la pieza del joven Claudio Tolcachir
La omisión de la familia Coleman, por poner otro ejemplo
reciente.
Digo todo esto porque Regreso al hogar se merece un
puesto de honor dentro del conjunto. El excelente trabajo
que hace Ferran Madico y los intérpretes, pone el texto en
el lugar justo para comprenderlo en todo lo que vale. La
claridad de las intenciones y de los caracteres, la
minuciosidad con que han trabajado los más pequeños
detalles, los silencios, las miradas —hay un momento donde
se fuman unos puros que es un primor—, han logrado que el
espectáculo trascienda con toda su fuerza y sea uno de los
éxitos de temporada. Incluso la escenografía, que reproduce
de manera convencional el espacio ya visto en otras
ocasiones, llama la atención por sus ángulos y perspectivas,
y por estar tan bien “ajustada” en esa sala alternativa que
tiene el Teatro Español. Pero el acierto viene del buen
entendimiento de la pieza. De los personajes, que son muy
sobrios y firmes en su exposición, y que pese a las
apariencias, hacen llegar al espectador la maraña de
despropósitos que ocultan: un hervidero psicológico que
teje, deshace y pervierte, todos los complejos, incluso los
freudianos. Quizá adelantándose al futuro. Quizá para
recordarnos lo que somos. Y aunque nos cueste reconocerlo
porque en la pieza todo se nos viene encima, poquito a poco,
como un golpe bajo.
En fin, si alguien a
estas alturas todavía tenía dudas sobre Pinter, aquí se
presenta en todo su esplendor.