Número 27. Septiembre de 2009

Cien por cien Pinter

regreso al hogar

De Harold Pinter

Traducción: Eduardo Mendoza

Intérpretes: Francesc Lucchetti, Antonio Gil, Ricardo Moya, Julián Ortega, Sergio Otegui y Ana Fernández

Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristià

Dirección: Ferran Madico

Teatro Español

Madrid, 2 de julio de 200

Roberto Corte

Al principio todo arranca con cierta normalidad. Se trata de conversaciones entre miembros masculinos de la misma familia. A medida que se desarrolla la acción y se perfilan los personajes empiezan las rarezas. No es que nos sorprenda demasiado, porque familiares así los tiene todo el mundo. Pero después, con la visita del hijo pródigo —profesor en una universidad americana— y de su esposa, la cosa se complica. Las relaciones se degradan paulatinamente y estalla la bomba. Para el espectador se han sobrepasado ya todos los límites, incluso los más inesperados. Los miembros de la tribu desvelan sus instintos más primarios, y la pulsión sexual y de poder se intensifica con toda su crudeza. Ahora ya son los deseos y los odios en un juego de dobles intenciones. Un interesante infierno de relaciones lleno de incertidumbre, de ambigüedades. Con una masa verbal ubérrima —pese al todavía naturalismo manifiesto— en la que se reconocerán, también, buena parte de los posteriores autores reunidos bajo el lema de la “poética de la sustracción” o de la “dramaturgia de la recepción”.

Sobra decir que la familia es uno de los pilares sobre los que descansa todo el orden social existente. Desde siempre. La antropología, la sociología y la política la han estudiado concienzudamente. Representa lo mejor y la peor de la condición humana. Su microcosmos nuclear de relación es el fiel espejo de la sociedad. El teatro también ha abordado el tema desde siempre. Ya en la Grecia clásica situaban la mayor parte de los conflictos entre padres e hijos. Y no digamos el siglo XX, con autores como O´Neill, que es todo un especialista; o la pieza del joven Claudio Tolcachir La omisión de la familia Coleman, por poner otro ejemplo reciente.

Digo todo esto porque Regreso al hogar se merece un puesto de honor dentro del conjunto. El excelente trabajo que hace Ferran Madico y los intérpretes, pone el texto en el lugar justo para comprenderlo en todo lo que vale. La claridad de las intenciones y de los caracteres, la minuciosidad con que han trabajado los más pequeños detalles, los silencios, las miradas —hay un momento donde se fuman unos puros que es un primor—, han logrado que el espectáculo trascienda con toda su fuerza y sea uno de los éxitos de temporada. Incluso la escenografía, que reproduce de manera convencional el espacio ya visto en otras ocasiones, llama la atención por sus ángulos y perspectivas, y por estar tan bien “ajustada” en esa sala alternativa que tiene el Teatro Español. Pero el acierto viene del buen entendimiento de la pieza. De los personajes, que son muy sobrios y firmes en su exposición, y que pese a las apariencias, hacen llegar al espectador la maraña de despropósitos que ocultan: un hervidero psicológico que teje, deshace y pervierte, todos los complejos, incluso los freudianos. Quizá adelantándose al futuro. Quizá para recordarnos lo que somos. Y aunque nos cueste reconocerlo porque en la pieza todo se nos viene encima, poquito a poco, como un golpe bajo.

En fin, si alguien a estas alturas todavía tenía dudas sobre Pinter, aquí se presenta en todo su esplendor.

 

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