Los mal amados

steak tartare
de Carlos Be
Dirección: Adolfo Simón
Intérpretes: Arturo Bernal, Juana Gómez, Guadalupe Marcote e
Itziar Ortega
Sala Tis, julio de 2009
Madrid
Magda Labarga
Entrar en un
extraño territorio, un país donde todo lo que roza rasguña y hace
daño. Entrar donde la ternura se oculta, a veces para aparecer más
tarde, cuando menos te lo esperas (y más lo necesitas). Tennessee
Williams lo llamaba El país del dragón. Lo solemos llamar
infierno. Y de eso se trata. De asomarse al infierno. ¿Dónde está?
¿Quiénes son los condenados? ¿Cómo se vive la condena? ¿A qué
tortura están sometidos? Iniciamos el descenso.
Todos somos
niñas y niños en el dolor. El mal siempre toma por sorpresa, el
daño, la herida, es siempre un golpe inesperado. Junto a la piel
rasgada, la carne rota, la sangre, una ceguera desaparece. Los ojos
se me han hecho demasiado grandes, mamá. Veo más de lo que quisiera
ver.
“Todo lo que
aprendí, ahora lo entiendo, no era amor.” 1
Steak
tartare,
de Carlos Be, dirigida por Adolfo Simón. Lo que vi: nada más entrar,
unas personas que no conozco (dos hombres y dos mujeres, jóvenes los
cuatro) se acercan amables, sonriendo, saludan. Preguntan cómo
estoy, me conducen a un espacio con asientos y me invitan a sentarme
donde quiera. De alguna manera, los siento anfitriones. Luego
hablan, me hablan. Cada palabra en mis ojos. Sus ojos en mis ojos.
Desde ahí, hacen cosas. Se mojan, se quitan alguna prenda de ropa,
se enredan en celo, o aplastan fruta roja bajo la ropa interior,
miran a través de cámaras de video, me siguen mirando a mí, se
pintan los labios, se calzan con zapatos diferentes cada pie, se
ponen gafas de sol con un solo cristal. Y cada vez lo que dicen es
más íntimo y doloroso. Cercano a lo insoportable. ¿Por qué me
cuentan eso?
¿Qué pasa
cuando descubres que todo lo aprendido junto a quienes tenían toda
tu confianza no era amor? ¿Sabes entonces qué es amar? ¿Puedes
volver a confiar? Steak tartare nos habla de los mal amados
desde el interior de ese infierno. Personas desgarradas, rotas por
el maltrato sufrido en su infancia. Pero decir esto, enunciar un
tema, no es decir nada.
“Perdonadme si
no os quiero pero es que nadie me ha enseñado a ello.
Soy el niño
herido.” 2
Somos animales
que aprendemos. Lo aprendemos todo. Y guardamos en nuestra memoria
modos de hacer, de estar, tan profundamente que ni siquiera son
memoria: son lo que somos. ¿Y si eso que somos está mal? ¿Y si esos
hábitos, ese aprendizaje que se realiza cuando ni siquiera sabes que
estás aprendiendo te enseña dolor? ¿Si te hiere?
Luego, el
silencio. Un silencio denso, culpable, avergonzado. Un silencio que
se rompe frente a desconocidos. Los que no te juzgan. Los que no han
jugado con tu confianza. A los que no dejarás jugar con ella. Y
dejas caer el pus de la herida, o la sangre: la rompes un poco para
que salga eso que te emponzoña. Es un drenaje. Algo puramente
quirúrgico. No puedes amputar lo que has vivido de tu memoria.
Aunque consiguieras olvidarlo, lo que sigue ahí es eso que
aprendiste sin saber que aprendías, el hábito, la costumbre, el modo
de hacer. Y cómo amputar eso. Por eso hay que hablar. Porque el
secreto sigue ahí. Actuando.
El silencio.
Un silencio vegetal crece y se enmaraña. Rodeada de espinos, la
princesa duerme su sueño de cien años. Duerme. No ama. No vive. Si
fuera así sería terrible, pero no siempre es así. La princesa no
está rodeada de zarzas, ella misma las crea y con las zarzas
envuelve a sus hijos e hijas, y el cuento se repite una y otra vez,
con personas rodeadas de zarzas, que pinchan y son antigua herida.
Para qué
hablar. Por qué hablar.
“el infierno
está donde nosotros callamos” 3
…por tanto, no
callar. Transgredir la ley familiar que mantiene sellada la boca,
guardadas las palabras, olvidadas las palabras que revelan el
secreto. Contar el secreto para que deje de tener poder, para
sacudir las cadenas con que ata. Hablar y hablar con quien se
acerque.
Y si la tarea
es hablar, cómo hacerlo. En Steak tartare se define un tipo
de relación con el público. La puesta en escena propone un lugar de
recepción emocional del discurso: el público es el depositario de
las confesiones de unos extraños. La mirada del actor, en los ojos
del público, hace sentir a éste interlocutor, se produce la ilusión
de un diálogo. En el discurso fracturado (son cuatro voces y una
historia, la historia se cuenta una y otra vez de diferentes
maneras) la ficción y la realidad se mezclan. Clima de confesión e
intimidad para que la verdad y la mentira, la realidad y la ficción
se confundan. El texto habla del proceso de composición de una
historia, una historia que parece verdadera; los actores me hablan a
mí, están a mi lado, se confiesan, la puesta me dice “esto es
verdad, no es ficción”.
En otras
direcciones de Adolfo Simón, textos expositivos son mostrados al
público desde la mirada directa del actor. En Nubila, de
Angélica Liddell, por ejemplo, el público que recibe también la
mirada del actor, sin cuarta pared, es una especie de imposible
voyeur escuchando un obsesivo fluir de conciencia. Como si fuera
posible entrar en el interior de alguien y conocer, tocar,
sentimientos y pensamientos, emociones e ideas. El escenario en
Nubila posiblemente es lo que se vería si pudiésemos mirar a
través de un potentísimo microscopio de sentimientos y emociones.
Hay una intimidad que está siendo expuesta. Estamos también frente a
un discurso confesional. Pero la puesta nos obliga a mirar y
escuchar desde otra distancia, desde otro lugar. En cualquier caso,
tanto en Steak tartare como en Nubila, se trata de
acortar distancias, de acercarse, de tocar. Respirar el aliento del
otro, intentar ponerse en su lugar, esa titánica e irrealizable
tarea.
“Esta es la
cuarta reescritura. Ya voy por la cuarta. La versión número cuatro.
De nuevo, números. Mi manía por cuantificarlo todo. Antes que yo, ha
habido tres… Tres… No sé cómo llamarles. Nunca estuvieron vivos.
¿Cómo se llama lo que no tiene ninguna esperanza?” 4
“Aquí estoy,
escrita, pero las cosas que se escriben dejan de ser reales, de
algún modo dejan de ser reales. Entonces yo, ¿he dejado de ser real?
¿Soy ahora un personaje de ficción?” 5
En las dos
obras el texto alude al proceso de escritura. En las dos se habla de
desesperanza, de fracaso, del no amor. Las dos puestas juegan con la
distancia, o más bien, con la ausencia de ella. Tanto en los textos
como sobre el escenario la relación entre realidad y ficción es
confusa, los límites son muy permeables. Ambas, en la concepción del
director, son piezas de cámara donde la relación entre los actores y
el público se busca estrecha y personal.
En Nubila y en Steak tartare se expone un mundo de
sombras donde se dice lo que solemos mantener en secreto. Lo
escondido, las heridas. Lo que se quiebra. Vidas tiradas a la
basura. Un teatro que juega al escondite para cazar el secreto, para
acercarse a él. Un teatro que pregunta, pregunta, pregunta. ¿Dónde
estás? ¿Dónde? ¿Quién eres? ¿Tienes nombre?
Teatro en el
que nos hablan los que no son amados, los que son mal amados:
heridos, monstruos frágiles, habitantes de la sombra, agazapados en
ella, esperando que alguien se acerque para poder, por fin, sentir
que están vivos, que son mirados, escuchados, que ocupan un lugar,
que existen.
“El infierno
de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí,
el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando
juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para
muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de
dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y
aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en
medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle
espacio.” 6
Hacer teatro
para combatir el infierno. Acercarse. Acercarse y escuchar.
Acercarse y mirar. Acercarse hasta el tacto. Y entonces sentir la
herida. Y en el contacto con la herida compartir hasta donde es
posible hacerlo. Compartir para que el otro, el niño herido, sepa
que está vivo, que hay otra manera de amar (y que es amado).
Compartir, aunque sea mentira, aunque sea en la ficción. Tener esa
experiencia y aprenderla. Eso es todo. Acercarse. Tocar. Sustituir
el golpe por la caricia. Aunque sea en la ficción. Aprender lo que
no es infierno para no seguir engendrando infiernos.
Notas
1
Carlos Be, Steak tartare, texto inédito, pág. 15
2
Carlos Be, op. cit., pág. 2
3
Rafael Argullol, El cazador de instantes. Cuaderno de travesía
1990-1995, Ediciones Destino, Barcelona, 1996, 2002, pág. 42
4
Carlos Be, op. cit., pág. 2
5
Angélica Liddell, Monólogo necesario para la extinción de Nubila
Wahlheim y Extinción, Premio Dramaturgia Innovadora Casa de
América / Escena Contemporánea 2003. Teatro Americano Actual, Casa
de América, Madrid 2003, pág. 99
6
Italo Calvino, Las ciudades invisibles, Ediciones Siruela,
Madrid, 1998, 2005, pág. 171