Número 27. Septiembre de 2009

Los mal amados

steak tartare
de Carlos Be
Dirección: Adolfo Simón
Intérpretes: Arturo Bernal, Juana Gómez, Guadalupe Marcote e Itziar Ortega
Sala Tis, julio de 2009
Madrid
 

Magda Labarga

 

Entrar en un extraño territorio, un país donde todo lo que roza rasguña y hace daño. Entrar donde la ternura se oculta, a veces para aparecer más tarde, cuando menos te lo esperas (y más lo necesitas). Tennessee Williams lo llamaba El país del dragón. Lo solemos llamar infierno. Y de eso se trata. De asomarse al infierno. ¿Dónde está? ¿Quiénes son los condenados? ¿Cómo se vive la condena? ¿A qué tortura están sometidos? Iniciamos el descenso.

Todos somos niñas y niños en el dolor. El mal siempre toma por sorpresa, el daño, la herida, es siempre un golpe inesperado. Junto a la piel rasgada, la carne rota, la sangre, una ceguera desaparece. Los ojos se me han hecho demasiado grandes, mamá. Veo más de lo que quisiera ver.

                                     

“Todo lo que aprendí, ahora lo entiendo, no era amor.” 1

 

Steak tartare, de Carlos Be, dirigida por Adolfo Simón. Lo que vi: nada más entrar, unas personas que no conozco (dos hombres y dos mujeres, jóvenes los cuatro) se acercan amables, sonriendo, saludan. Preguntan cómo estoy, me conducen a un espacio con asientos y me invitan a sentarme donde quiera. De alguna manera, los siento anfitriones. Luego hablan, me hablan. Cada palabra en mis ojos. Sus ojos en mis ojos. Desde ahí, hacen cosas. Se mojan, se quitan alguna prenda de ropa,  se enredan en celo, o aplastan fruta roja bajo la ropa interior, miran a través de cámaras de video, me siguen mirando a mí, se pintan los labios, se calzan con zapatos diferentes cada pie, se ponen gafas de sol con un solo cristal. Y cada vez lo que dicen es más íntimo y doloroso. Cercano a lo insoportable. ¿Por qué me cuentan eso?

¿Qué pasa cuando descubres que todo lo aprendido junto a quienes tenían toda tu confianza no era amor? ¿Sabes entonces qué es amar? ¿Puedes volver a confiar? Steak tartare nos habla de los mal amados desde el interior de ese infierno. Personas desgarradas, rotas por el maltrato sufrido en su infancia. Pero decir esto, enunciar un tema, no es decir nada.

 

“Perdonadme si no os quiero pero es que nadie me ha enseñado a ello.

Soy el niño herido.” 2

 

Somos animales que aprendemos. Lo aprendemos todo. Y guardamos en nuestra memoria modos de hacer, de estar, tan profundamente que ni siquiera son memoria: son lo que somos. ¿Y si eso que somos está mal? ¿Y si esos hábitos, ese aprendizaje que se realiza cuando ni siquiera sabes que estás aprendiendo te enseña dolor? ¿Si te hiere?

Luego, el silencio. Un silencio denso, culpable, avergonzado. Un silencio que se rompe frente a desconocidos. Los que no te juzgan. Los que no han jugado con tu confianza. A los que no dejarás jugar con ella. Y dejas caer el pus de la herida, o la sangre: la rompes un poco para que salga eso que te emponzoña. Es un drenaje. Algo puramente quirúrgico. No puedes amputar lo que has vivido de tu memoria. Aunque consiguieras olvidarlo, lo que sigue ahí es eso que aprendiste sin saber que aprendías, el hábito, la costumbre, el modo de hacer. Y cómo amputar eso. Por eso hay que hablar. Porque el secreto sigue ahí. Actuando.

El silencio. Un silencio vegetal crece y se enmaraña. Rodeada de espinos, la princesa duerme su sueño de cien años. Duerme. No ama. No vive. Si fuera así sería terrible, pero no siempre es así. La princesa no está rodeada de zarzas, ella misma las crea y con las zarzas envuelve a sus hijos e hijas, y el cuento se repite una y otra vez, con personas rodeadas de zarzas, que pinchan y son antigua herida.

Para qué hablar. Por qué hablar.

 

“el infierno está donde nosotros callamos” 3

 

…por tanto, no callar. Transgredir la ley familiar que mantiene sellada la boca, guardadas las palabras, olvidadas las palabras que revelan el secreto. Contar el secreto para que deje de tener poder, para sacudir las cadenas con que ata. Hablar y hablar con quien se acerque.

Y si la tarea es hablar, cómo hacerlo. En Steak tartare se define un tipo de relación con el público. La puesta en escena propone un lugar de recepción emocional del discurso: el público es el depositario de las confesiones de unos extraños. La mirada del actor, en los ojos del público, hace sentir a éste interlocutor, se produce la ilusión de un diálogo. En el discurso fracturado (son cuatro voces y una historia, la historia se cuenta una y otra vez de diferentes maneras) la ficción y la realidad se mezclan. Clima de confesión e intimidad para que la verdad y la mentira, la realidad y la ficción se confundan. El texto habla del proceso de composición de una historia, una historia que parece verdadera; los actores me hablan a mí, están a mi lado, se confiesan, la puesta me dice “esto es verdad, no es ficción”.

En otras direcciones de Adolfo Simón, textos expositivos son mostrados al público desde la mirada directa del actor. En Nubila, de Angélica Liddell, por ejemplo, el público que recibe también la mirada del actor, sin cuarta pared, es una especie de imposible voyeur escuchando un obsesivo fluir de conciencia. Como si fuera posible entrar en el interior de alguien y conocer, tocar, sentimientos y pensamientos, emociones e ideas. El escenario en Nubila posiblemente es lo que se vería si pudiésemos mirar a través de un potentísimo microscopio de sentimientos y emociones. Hay una intimidad que está siendo expuesta. Estamos también frente a un discurso confesional. Pero la puesta nos obliga a mirar y escuchar desde otra distancia, desde otro lugar. En cualquier caso, tanto en Steak tartare como en Nubila, se trata de acortar distancias, de acercarse, de tocar. Respirar el aliento del otro, intentar ponerse en su lugar, esa titánica e irrealizable tarea.

 

“Esta es la cuarta reescritura. Ya voy por la cuarta. La versión número cuatro. De nuevo, números. Mi manía por cuantificarlo todo. Antes que yo, ha habido tres… Tres… No sé cómo llamarles. Nunca estuvieron vivos. ¿Cómo se llama lo que no tiene ninguna esperanza?” 4

 

“Aquí estoy, escrita, pero las cosas que se escriben dejan de ser reales, de algún modo dejan de ser reales. Entonces yo, ¿he dejado de ser real? ¿Soy ahora un personaje de ficción?” 5

 

En las dos obras el texto alude al proceso de escritura. En las dos se habla de desesperanza, de fracaso, del no amor. Las dos puestas juegan con la distancia, o más bien, con la ausencia de ella. Tanto en los textos como sobre el escenario la relación entre realidad y ficción es confusa, los límites son muy permeables. Ambas, en la concepción del director, son piezas de cámara donde la relación entre los actores y el público se busca estrecha y personal.

En Nubila y en Steak tartare se expone un mundo de sombras donde se dice lo que solemos mantener en secreto. Lo escondido, las heridas. Lo que se quiebra. Vidas tiradas a la basura. Un teatro que juega al escondite para cazar el secreto, para acercarse a él. Un teatro que pregunta, pregunta, pregunta. ¿Dónde estás? ¿Dónde? ¿Quién eres? ¿Tienes nombre?

Teatro en el que nos hablan los que no son amados, los que son mal amados: heridos, monstruos frágiles, habitantes de la sombra, agazapados en ella, esperando que alguien se acerque para poder, por fin, sentir que están vivos, que son mirados, escuchados, que ocupan un lugar, que existen.

 

“El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.” 6

 

Hacer teatro para combatir el infierno. Acercarse. Acercarse y escuchar. Acercarse y mirar. Acercarse hasta el tacto. Y entonces sentir la herida. Y en el contacto con la herida compartir hasta donde es posible hacerlo. Compartir para que el otro, el niño herido, sepa que está vivo, que hay otra manera de amar (y que es amado). Compartir, aunque sea mentira, aunque sea en la ficción. Tener esa experiencia y aprenderla. Eso es todo. Acercarse. Tocar. Sustituir el golpe por la caricia. Aunque sea en la ficción. Aprender lo que no es infierno para no seguir engendrando infiernos.

 

Notas

1 Carlos Be, Steak tartare, texto inédito, pág. 15

2 Carlos Be, op. cit., pág. 2

3 Rafael Argullol, El cazador de instantes. Cuaderno de travesía 1990-1995, Ediciones Destino, Barcelona, 1996, 2002, pág. 42

4 Carlos Be, op. cit., pág. 2

5 Angélica Liddell, Monólogo necesario para la extinción de Nubila Wahlheim y Extinción, Premio Dramaturgia Innovadora Casa de América / Escena Contemporánea 2003. Teatro Americano Actual, Casa de América, Madrid 2003, pág. 99

6 Italo Calvino, Las ciudades invisibles, Ediciones Siruela, Madrid, 1998, 2005, pág. 171

 

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