Número 27. Septiembre de 2009

Entre Tartufos

 

Tartufo o el hipócrita

Dramaturgia de Arturo Castro

sobre el texto de Molière y la película de Murnau

Intérpretes: José Luis de San Martín, Tere Quirós, Juan Román, Begoña Fernández, Ángeles Arenas, José Antonio Lobato y Alfonso Aguirre

Vestuario: Azucena Rico

Caracterización: Belén Rueda

Ay. dirección: Marisa Pastor

Dirección: Arturo Castro

Teatro Margen

Llanes, 19 de agosto de 2009

Roberto Corte

La idea de la que parte este montaje es bicéfala: tiene por referencia a Molière y a Murnau. Yo no he visto la peli que sobre el Tartufo hizo Murnau, pero he visto y leído con anterioridad la pieza de Molière. Ahora, tras esta representación, me ha quedado claro que la película es una buena radiografía expresionista del asunto, y que el trabajo de Margen es un excelente ejercicio sobre el film. El cine salió de la barraca de feria dando sus primeros pasos al lado del teatro. Como era mudo, el grueso de los argumentos se soltaba con unas excelentes pantomimas, revolucionando así los clásicos clichés interpretativos de los cómicos de entonces.

Pues bien, la propuesta de este Tartufo tiene por leitmotiv el simultanear las secuencias de la pantalla de la película de Murnau con otras que aparecen representadas en el escenario. Y tal parece que uno de los objetivos principales del trabajo sea el de mostrarnos la transubstanciación de medios, como para evidenciar cuánto hay de común entre las artes, y en qué difieren. Y el resultado es francamente bueno. Pues hay tanta teatralidad en el cine mudo y tanta mímica cinematográfica en ese teatro que lo copia, que al espectador que disfruta comparando los cambios todo se le hace uno. Sin duda gracias al esmero puesto en la caracterización de los personajes —están tan logrados que parece que ni calcados— y a la buena sincronización técnica conseguida en los efectos para realizar los cambios. Consideración que ha requerido de la utilización del polideportivo como espacio de representación, y no del instituto, o de la casa de cultura, que eran los habituales a que estábamos acostumbrados en estas jornadas de verano.

La obra comienza con un añadido de ambientación asturiana, en una especie de culebrón, cuyo trasunto vuelve a aparecer en el epílogo —que creo que también tiene la adaptación cinematográfica—, donde se nos presenta la disputa por una herencia entre un nieto (Juan Román) y la criada (Tere Quirós) que atiende a su abuelo (José Luis de San Martín), un consejero moribundo. El viejo, que reza a la Santina de Covadonga y es beato adicto a la misa diaria radiada, lega su herencia a la sirvienta —que para acelerar su hado decide envenenarlo poquito a poco con pentotal— y maldice del vástago, quien, dispuesto a pelear por sus legítimos bienes y para hacerles entrar en razones, se disfraza de exhibidor ambulante y les proyecta la cinta de Murnau. Momento este en el que comienza propiamente la acción, la simbiosis, el cine dentro del teatro y viceversa, el juego de imágenes y de reencarnación; y esos divertidos cuadros de humor que han sido seleccionados para ejemplificar la fábula: el almuerzo que le preparan al Tartufo (Alfonso Aguirre), el rezo emparejado con Orgón (Antonio Lobato), o la seducción y trampa que le pone Elmira (Begoña Fernández) confabulada con Dorina (Ángeles Arenas). Interpretado todo con buena mimesis, coreografiado con la misma gracia, pose y exageración, tal cual si fueran sacados de pantalla.

El distintivo de la pieza de Molière descansa en la palabra. Sus acciones y críticas devienen de su afinadísima astucia para articular la envoltura retórica. Es obvio que la pieza de Margen y Murnau transpira por las imágenes y la pantomima, ya que los personajes apenas hablan. También queda claro que la radicalización y el planteamiento de oposición que plantean estos dos medios de expresión —imagen y palabras—, se extrema con la llegada del cine mudo, para reconciliarse unos años después en el sonoro. Y en lo que concierne al espectáculo y a su capacidad crítica para denunciar la hipocresía y la falsa devoción, hay que decir que todo va, ya, hoy, en un segundo plano. Reducido al sepia y con la irónica nostalgia y sonrisa que nos produce una imagen religiosa hallada en el rastrillo. En conclusión: buen trabajo el de los intérpretes de Margen y una buena e interesante —término que utilizo en su pleno sentido, más allá de la punzante ambigüedad que propicia su manido uso— propuesta de dirección.

 

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