
Tartufo o el hipócrita
Dramaturgia de Arturo Castro
sobre el texto de Molière y la película de Murnau
Intérpretes: José Luis de San Martín, Tere Quirós, Juan
Román, Begoña Fernández, Ángeles Arenas, José Antonio Lobato
y Alfonso Aguirre
Vestuario: Azucena Rico
Caracterización: Belén Rueda
Ay. dirección: Marisa Pastor
Dirección: Arturo Castro
Teatro Margen
Llanes, 19 de agosto de 2009
Roberto
Corte
La
idea de la que parte este montaje es bicéfala: tiene por
referencia a Molière y a Murnau. Yo no he visto la peli que
sobre el Tartufo hizo Murnau, pero he visto y leído con
anterioridad la pieza de Molière. Ahora, tras esta
representación, me ha quedado claro que la película es una
buena radiografía expresionista del asunto, y que el trabajo
de Margen es un excelente ejercicio sobre el film. El cine
salió de la barraca de feria dando sus primeros pasos al
lado del teatro. Como era mudo, el grueso de los argumentos
se soltaba con unas excelentes pantomimas, revolucionando
así los clásicos clichés interpretativos de los cómicos de
entonces.
Pues
bien, la propuesta de este Tartufo tiene por leitmotiv el
simultanear las secuencias de la pantalla de la película de
Murnau con otras que aparecen representadas en el escenario.
Y tal parece que uno de los objetivos principales del
trabajo sea el de mostrarnos la transubstanciación de
medios, como para evidenciar cuánto hay de común entre las
artes, y en qué difieren. Y el resultado es francamente
bueno. Pues hay tanta teatralidad en el cine mudo y tanta
mímica cinematográfica en ese teatro que lo copia, que al
espectador que disfruta comparando los cambios todo se le
hace uno. Sin duda gracias al esmero puesto en la
caracterización de los personajes —están tan logrados que
parece que ni calcados— y a la buena sincronización técnica
conseguida en los efectos para realizar los cambios.
Consideración que ha requerido de la utilización del
polideportivo como espacio de representación, y no del
instituto, o de la casa de cultura, que eran los habituales
a que estábamos acostumbrados en estas jornadas de verano.
La
obra comienza con un añadido de ambientación asturiana, en
una especie de culebrón, cuyo trasunto vuelve a aparecer en
el epílogo —que creo que también tiene la adaptación
cinematográfica—, donde se nos presenta la disputa por una
herencia entre un nieto (Juan Román) y la criada (Tere
Quirós) que atiende a su abuelo (José Luis de San Martín),
un consejero moribundo. El viejo, que reza a la Santina de
Covadonga y es beato adicto a la misa diaria radiada, lega
su herencia a la sirvienta —que para acelerar su hado decide
envenenarlo poquito a poco con pentotal— y maldice del
vástago, quien, dispuesto a pelear por sus legítimos bienes
y para hacerles entrar en razones, se disfraza de exhibidor
ambulante y les proyecta la cinta de Murnau. Momento este en
el que comienza propiamente la acción, la simbiosis, el cine
dentro del teatro y viceversa, el juego de imágenes y de
reencarnación; y esos divertidos cuadros de humor que han
sido seleccionados para ejemplificar la fábula: el almuerzo
que le preparan al Tartufo (Alfonso Aguirre), el rezo
emparejado con Orgón (Antonio Lobato), o la seducción y
trampa que le pone Elmira (Begoña Fernández) confabulada con
Dorina (Ángeles Arenas). Interpretado todo con buena
mimesis, coreografiado con la misma gracia, pose y
exageración, tal cual si fueran sacados de pantalla.
El
distintivo de la pieza de Molière descansa en la palabra.
Sus acciones y críticas devienen de su afinadísima astucia
para articular la envoltura retórica. Es obvio que la pieza
de Margen y Murnau transpira por las imágenes y la
pantomima, ya que los personajes apenas hablan. También
queda claro que la radicalización y el planteamiento de
oposición que plantean estos dos medios de expresión —imagen
y palabras—, se extrema con la llegada del cine mudo, para
reconciliarse unos años después en el sonoro. Y en lo que
concierne al espectáculo y a su capacidad crítica para
denunciar la hipocresía y la falsa devoción, hay que decir
que todo va, ya, hoy, en un segundo plano. Reducido al sepia
y con la irónica nostalgia y sonrisa que nos produce una
imagen religiosa hallada en el rastrillo. En conclusión:
buen trabajo el de los intérpretes de Margen y una buena e
interesante —término que utilizo en su pleno sentido, más
allá de la punzante ambigüedad que propicia su manido uso—
propuesta de dirección.