
Vania, la
realidad y el deseo
Teatro del Norte
Autor: Antón Chéjov
Dramaturigia y dirección: Etelvino Vázquez
Intérpretes: Cristina Lorenzo, David González, Carlos Mesa y
Etelvino Vázquez.
Espacio escénico y atrezzo: Carlos Lorenzo
Iluminación: Rubén Álvarez, Etelvino Vázquez
Vestuario: Manuela Caso
Pola de Siero, 10 de julio de 2009
Francisco Díaz-Faes
Sobre la realidad y el deseo muestra el Teatro del Norte, su
versión de Tío Vania de Chéjov escrita en 1897, como
gran parte de su obra con buenas dosis de humor negro. Y lo
llama Vania, desfigurando un tono el sentido de la autoría,
al escapársele el tío (no solamente quien tiene una sobrina,
sino como se identificaba en los pueblos antes —y ahora en
el término cheli de la urbe, lo contrario— a la gente
mayor).
Cuando uno ve a Etelvino del Norte sabe, sin duda, que se
puede encontrar con el Teatro de Vázquez. Es decir, que más
que a ver su repertorio, los que lo conocemos nos adentramos
por enésima vez en su persona, en su personalidad.
Escondida, es decir, exhibida en el escenario.
Con todo el respeto del mundo, echa tijera para hervir la
pieza. Y queda cocida entre esos cuatro actores. Es decir,
reducida. Y gritada, al menos en esta Pola (que espera ya 20
años por su teatro en esta abigarrada, calurosa y
claustrofóbica casa de cultura, con 30 focos al rojo vivo).
Y tergiversada, ahora el médico es una médico que hace de
hombre y los hombres unos hombres amanerados que se buscan y
besan y no hacen de sí.
¿Y no hacen de nada?, preguntaréis. Pues no. Hacen de otra
cosa. Cierto es que lo que Chéjov quiso que fueran “escenas
de la vida en el campo”, tal vez como una sutil, o temeraria
crítica, a quien lo veía en el estreno de 1900, dirigida por
Stanislavsky, en el de este mayo en la Colegiata San Juan
Bautista no se verá así.
Ahora ni hay aristocracia degradada y empobrecida en el
campo, ni hay campo, ni hay usos y costumbres que nos
remitan a él salvo que hagamos antropología o… turismo
rural, o activo. El caso es que si el mismo Chéjov había
reducido una obra anterior, El diablo de madera de
dos docenas de personajes a 9, Teatro del Norte los rebaja a
4, los cuñados, el médico y el profesor retirado y gotoso.
Quiere el director desnaturalizar más esa desnaturalización
del natural, sirviéndose de un micrófono para acotar algunos
momentos claves, es decir melodramáticos (exagerados por la
sobreactuación y la música). Que vienen dados por el
recitado de algunos pasajes del gran poeta Luis Cernuda. La
audición de temas recurrentes en su línea operística (en
tantas de sus obras) o la intoxicación con ruidos de música
estrafalariamente moderna sirve a ese marco ideal.
Un solo escenario, mesas y butacas, y una puerta antigua
compartimentada en vidrios —que sirve como espacio de
vigilancia y ojeo del Vania voyeur— da ese tono de
fingimiento en el que ha de caer, sobre todo el público.
Teatro del Norte lo ha intentado en ese viaje interminable
de su autor por sus fantasmas, su realidad y su deseo, su
necesidad y virtud, su función que crea el órgano. El teatro
que crea su obra, y ahora nos remite en este Vania a su
propio hogar, un terreno, un interregno, un subterreno entre
lo familiar, lo industrial y lo rural, (en su finca del
Resbalón en Lugones donde vive y ensaya) que se desmorona en
el tiempo. Un tiempo que disipa siempre con dos balazos de
pega, como en el teatro chejoviano. O con dos besos de
mentira. El tío.