Número 27. Septiembre de 2009

Vania: ¿qué pasa tío?

 

Vania, la realidad y el deseo
Teatro del Norte
Autor: Antón Chéjov
Dramaturigia y dirección: Etelvino Vázquez
Intérpretes: Cristina Lorenzo, David González, Carlos Mesa y Etelvino Vázquez.
Espacio escénico y atrezzo: Carlos Lorenzo
Iluminación: Rubén Álvarez, Etelvino Vázquez
Vestuario: Manuela Caso
Pola de Siero, 10 de julio de 2009
 

Francisco Díaz-Faes

Sobre la realidad y el deseo muestra el Teatro del Norte, su versión de Tío Vania de Chéjov escrita en 1897, como gran parte de su obra con buenas dosis de humor negro. Y lo llama Vania, desfigurando un tono el sentido de la autoría, al escapársele el tío (no solamente quien tiene una sobrina, sino como se identificaba en los pueblos antes —y ahora en el término cheli de la urbe, lo contrario— a la gente mayor).

Cuando uno ve a Etelvino del Norte sabe, sin duda, que se puede encontrar con el Teatro de Vázquez. Es decir, que más que a ver su repertorio, los que lo conocemos nos adentramos por enésima vez en su persona, en su personalidad. Escondida, es decir, exhibida en el escenario.

Con todo el respeto del mundo, echa tijera para hervir la pieza. Y queda cocida entre esos cuatro actores. Es decir, reducida. Y gritada, al menos en esta Pola (que espera ya 20 años por su teatro en esta abigarrada, calurosa y claustrofóbica casa de cultura, con 30 focos al rojo vivo). Y tergiversada, ahora el médico es una médico que hace de hombre y los hombres unos hombres amanerados que se buscan y besan y no hacen de sí.

¿Y no hacen de nada?, preguntaréis. Pues no. Hacen de otra cosa. Cierto es que lo que Chéjov quiso que fueran “escenas de la vida en el campo”, tal vez como una sutil, o temeraria crítica, a quien lo veía en el estreno de 1900, dirigida por Stanislavsky, en el de este mayo en la Colegiata San Juan Bautista no se verá así.

Ahora ni hay aristocracia degradada y empobrecida en el campo, ni hay campo, ni hay usos y costumbres que nos remitan a él salvo que hagamos antropología o… turismo rural, o activo. El caso es que si el mismo Chéjov había reducido una obra anterior, El diablo de madera de dos docenas de personajes a 9, Teatro del Norte los rebaja a 4, los cuñados, el médico y el profesor retirado y gotoso.

Quiere el director desnaturalizar más esa desnaturalización del natural, sirviéndose de un micrófono para acotar algunos momentos claves, es decir melodramáticos (exagerados por la sobreactuación y la música). Que vienen dados por el recitado de algunos pasajes del gran poeta Luis Cernuda. La audición de temas recurrentes en su línea operística (en tantas de sus obras) o la intoxicación con ruidos de música estrafalariamente moderna sirve a ese marco ideal.

Un solo escenario, mesas y butacas, y una puerta antigua compartimentada en vidrios —que sirve como espacio de vigilancia y ojeo del Vania voyeur— da ese tono de fingimiento en el que ha de caer, sobre todo el público.

Teatro del Norte lo ha intentado en ese viaje interminable de su autor por sus fantasmas, su realidad y su deseo, su necesidad y virtud, su función que crea el órgano. El teatro que crea su obra, y ahora nos remite en este Vania a su propio hogar, un terreno, un interregno, un subterreno entre lo familiar, lo industrial y lo rural, (en su finca del Resbalón en Lugones donde vive y ensaya) que se desmorona en el tiempo. Un tiempo que disipa siempre con dos balazos de pega, como en el teatro chejoviano. O con dos besos de mentira. El tío.

 

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