
Versus
De Rodrigo García
Intérpretes: Patricia Álvarez, David Carpio, Amelia Díaz,
Rubén Escamilla, Juan Loriente, Nuria Lloansi, Isabel Ojeda,
David Pino, Daniel Romero y Víctor Vallejo
Iluminación: Carlos Marquerie
Animación: Cristina Busto
Dirección: Rodrígo García
Laboral Teatro
Gijón, 12 de junio de 2009
Roberto Corte
Si uno lee Versus en esa estupenda edición que recoge
las piezas más sobresalientes de Rodrigo García (Cenizas
escogidas, ed. La Uña Rota) uno se hace a la idea de que
el texto sale de un cuaderno donde se incluyen frases,
pensamientos y las reflexiones más logradas del día. De esta
manera su indiscutible carácter literario y su unidad se
resaltan. Si uno contempla después el espectáculo con todos
los elementos que hay en juego, entonces, el significado,
que es producto de combinados y yuxtaposiciones, se
recompone. De cualquier forma, del conjunto del performance
despunta un irónico y entretenido prontuario sobre el amor y
las relaciones. O al menos, a mí, así me lo parece. En un
recorrido que va desde el pálpito de vida que alienta en la
ecografía de un embarazo, en un principio, versus el
amortajamiento de un finado.
El resto que va por el medio, y que comprende las
relaciones, se expresa con humor o violencia dramatizada en
unos cuadros visuales fragmentados por la música, las
imágenes, las frases que aparecen en pantalla, la danza, el
cante jondo y la iluminación. En fin, lo propio en un arte
autodefinido “efímero”, y que aquí no lo es tanto. Merced a
que Rodrigo no se limita —afortunadamente, y de ahí su
importancia— a una mera asociación aleatoria de actos sin
idea preconcebida; algo que es ya, por el uso y abuso de los
energúmenos, desgraciadamente, casi la única idea conceptual
clara que nos queda sobre el género. Como es imposible
relatarle al lector la “presencia” de este tipo de acciones
performativas baste con saber que las ejecutan diez buenos
artistas, que tocan el bajo y la batería, cantan, que hay
animación en las proyecciones, una sarcástica protesta sobre
el modo en que comemos las pizzas, soliloquios, monólogos,
provocaciones graciosas de las de siempre (“la ventaja de
ser un idiota es que te mueres sin saberlo”), un trozo de
biopic de uno de los actores de su vida en Argentina, juegos
de palabras que se revelan por contraste, y máximas y
sofismas con desigual calado siempre bien sostenidos. Aunque
la confrontación y el combate, lo directo del panfleto, se
edulcora y distancia para lo bueno y malo de sus otros
trabajos. Y todo en un espectáculo de casi dos horas de
duración, sin mayores altibajos, que es del agrado del
espectador. ¿Hay quien dé más?
A lo que parece la pieza fue un encargo enmarcado en un acto
sobre el segundo centenario de la Guerra de Independencia.
Pero aquí así no está publicitado. Está claro que las
imágenes alusivas al terrorismo y a los garrotazos goyescos,
trituradas por semejante criterio, son un mero pretexto.
Aunque todo el apartado coyuntural y logístico se desvanece
cuando el resultado es bueno. Es un hecho que Rodrigo García
se ha labrado el reconocimiento con sus obras. Trabajo le
habrá costado. Muchos de sus detractores no le perdonan que
tenga su público y que con su interdisciplinar medio
performativo se esfuerce en contarnos algo que tenga sentido
para el tiempo que vivimos. Aunque no sea fácil —y él lo
sabe— porque nunca lo ha sido.
(Al acabar la función me volví a la urbe en el coche de San
Fernando. Eran las 10, 20 de la noche y el transporte
público hacía diez minutos que había dejado de rodar. De
repente recordé que era producto de una nefasta organización
empeñada en proseguir con una programación y una Laboral de
espaldas a Gijón. ¿Qué trabajo les supondría adelantar media
hora la representación? Ninguno. Obraron como el
inconsciente, inopinadamente.)