Número 27. Septiembre de 2009

Un Rodrigo menos agresivo

 

Versus

De Rodrigo García

Intérpretes: Patricia Álvarez, David Carpio, Amelia Díaz, Rubén Escamilla, Juan Loriente, Nuria Lloansi, Isabel Ojeda, David Pino, Daniel Romero y Víctor Vallejo

Iluminación: Carlos Marquerie

Animación: Cristina Busto         

Dirección: Rodrígo García

Laboral Teatro

Gijón, 12 de junio de 2009

Roberto Corte

Si uno lee Versus en esa estupenda edición que recoge las piezas más sobresalientes de Rodrigo García (Cenizas escogidas, ed. La Uña Rota) uno se hace a la idea de que el texto sale de un cuaderno donde se incluyen frases, pensamientos y las reflexiones más logradas del día. De esta manera su indiscutible carácter literario y su unidad se resaltan. Si uno contempla después el espectáculo con todos los elementos que hay en juego, entonces, el significado, que es producto de combinados y yuxtaposiciones, se recompone. De cualquier forma, del conjunto del performance despunta un irónico y entretenido prontuario sobre el amor y las relaciones. O al menos, a mí, así me lo parece. En un recorrido que va desde el pálpito de vida que alienta en la ecografía de un embarazo, en un principio, versus el amortajamiento de un finado.

El resto que va por el medio, y que comprende las relaciones, se expresa con humor o violencia dramatizada en unos cuadros visuales fragmentados por la música, las imágenes, las frases que aparecen en pantalla, la danza, el cante jondo y la iluminación. En fin, lo propio en un arte autodefinido “efímero”, y que aquí no lo es tanto. Merced a que Rodrigo no se limita —afortunadamente, y de ahí su importancia— a una mera asociación aleatoria de actos sin idea preconcebida; algo que es ya, por el uso y abuso de los energúmenos, desgraciadamente, casi la única idea conceptual clara que nos queda sobre el género. Como es imposible relatarle al lector la “presencia” de este tipo de acciones performativas baste con saber que las ejecutan diez buenos artistas, que tocan el bajo y la batería, cantan, que hay animación en las proyecciones, una sarcástica protesta sobre el modo en que comemos las pizzas, soliloquios, monólogos, provocaciones graciosas de las de siempre (“la ventaja de ser un idiota es que te mueres sin saberlo”), un trozo de biopic de uno de los actores de su vida en Argentina, juegos de palabras que se revelan por contraste, y máximas y sofismas con desigual calado siempre bien sostenidos. Aunque la confrontación y el combate, lo directo del panfleto, se edulcora y distancia para lo bueno y malo de sus otros trabajos. Y todo en un espectáculo de casi dos horas de duración, sin mayores altibajos, que es del agrado del espectador. ¿Hay quien dé más?

A lo que parece la pieza fue un encargo enmarcado en un acto sobre el segundo centenario de la Guerra de Independencia. Pero aquí así no está publicitado. Está claro que las imágenes alusivas al terrorismo y a los garrotazos goyescos, trituradas por semejante criterio, son un mero pretexto. Aunque todo el apartado coyuntural y logístico se desvanece cuando el resultado es bueno. Es un hecho que Rodrigo García se ha labrado el reconocimiento con sus obras. Trabajo le habrá costado. Muchos de sus detractores no le perdonan que tenga su público y que con su interdisciplinar medio performativo se esfuerce en contarnos algo que tenga sentido para el tiempo que vivimos. Aunque no sea fácil —y él lo sabe— porque nunca lo ha sido.

(Al acabar la función me volví a la urbe en el coche de San Fernando. Eran las 10, 20 de la noche y el transporte público hacía diez minutos que había dejado de rodar. De repente recordé que era producto de una nefasta organización empeñada en proseguir con una programación y una Laboral de espaldas a Gijón. ¿Qué trabajo les supondría adelantar media hora la representación? Ninguno. Obraron como el inconsciente, inopinadamente.)

 

Arriba