Número 27. Septiembre de 2009

El personaje hispano (y su lengua) en Broadway: amor con grandes barreras
'West Side Story'

J. Bottaro
Nueva York

Amor sin barreras es el título en español de la reposición de West Side Story, después de más de cuarenta años de su producción original en Broadway en 1957. La obra revive en las manos expertas de su libretista original Arthur Laurents; pero con un giro sorprendente y audaz para muchos de sus espectadores: el musical tiene partes cantadas en español que no tuvo su primera versión. Entre estas canciones destaca “I Feel Pretty” (“Me siento hermosa”). La traducción al español fue hecha por Lin Manuel Miranda (escritor, productor y actor principal de In the Heights un musical de tema hispano que obtuvo el premio tony como mejor musical).

Miranda, como muchos de los adolescentes latinos con inclinaciones actorales, estaba familiarizado con el musical pues ya en las producciones de esta obra en su escuela secundaria interpretaba el papel de Bernardo (el jefe de una pandilla latina: “Los tiburones”) y le sorprendía que un personaje latino tuviera un rol tan determinante en algo que tuviera que ver con Broadway. Sin embargo, esta presencia “privilegiada” del personaje latino en una obra de gran magnitud como Amor sin barreras fue un “éxito” que no dejó de tener obvios aspectos paradójicos en sí mismos. Por una parte, la existencia de este tipo de personajes le abrió el camino a muchos actores de origen hispano y en especial a miembros de la comunidad artística puertorriqueña: como Chita Rivera (interpretando a Anita, novia de Bernardo que es el hermano de María, la protagonista del musical). Por otra parte, la imagen que proyectaba el personaje latino en la obra era la de un pandillero que deambula por las calles del Oeste de Manhattan empuñando una navaja y dispuesto a usarla en cualquier momento. No obstante, los actores y actrices latinos preferían estos clichés prejuiciados que la ausencia total del escenario y del posible trabajo remunerado.

La producción de 1957 fue articulada por una especie de grupo “ideal” de creadores: Leonard Bernstein (música), Stephen Soundheim (letra) y Jerome Robbins (coreografía). El musical, inspirado por Romeo y Julieta de Shakespeare, explora la rivalidad entre pandillas juveniles de procedencias culturales y étnicas distintas a mediados de los años cincuenta en los barrios del Oeste de Manhattan, específicamente en lo que hoy es el Lincoln Center. Fue el primer musical de gran éxito en explotar el tema de la violencia, la muerte, los prejuicios raciales, el choque cultural y el mundo de pandillas de sectores sociales excluidos.

Una de las escenas más cuestionadas, por su verosimilitud cultural dudosa, transcurre a la mitad del primer acto: Tony, miembro de los Jets (la pandilla “americana”), canta el tema “María” rodeado de edificios en un barrio enteramente latino, y sin sorpresas, sólo se ilumina una ventana, que claro está, es la de su María, pues docenas de otras Marías ignoran la serenata de luna llena de Tony. Luego, en otra escena se repite el llamado a gritos de María y de nuevo sólo la suya abre la ventana. Sin embargo, a pesar del absurdo escénico, el tema "María" es aún hoy el de mayor éxito internacional y uno de los más populares desde su estreno.

No es difícil identificar las ocasiones en que el cine americano y algunas obras teatrales han ofrecido cierta latitud a la presencia estereotipada y simplista de personajes hispanos o latinos a lo largo de cien años. Ya en 1910 el cine mudo ofreció a Mary Pickford interpretando “Ramona” una heroína hispana. A partir de los años cuarenta son variadas las apariciones hispanas, entre otras: Lupe Vélez (Mexican Spitfire, 1940) y Elsa Cárdenas (Giant, 1956) además de la presencia destacada de Ricardo Montalbán y Carmen Miranda en la década de los cincuenta.

No es sino con el musical Celia (2007), basado en la vida de Celia Cruz, que el español, como lengua, logra su máximo alcance en el circuito teatral de Broadway. Celia tuvo una larga temporada en cartelera y en gira por los Estados Unidos y México. La obra se hacía en español con gran éxito de público y crítica de martes a viernes y los fines de semana con dos funciones en inglés.

Como conclusión cabría preguntarse si la presencia del español en la obra de mayor respeto en el mundo musical de Broadway, más que atestiguar una deliberada toma de conciencia por parte de los creadores, no sea más bien la toma de conciencia del incremento del poder de compra del hispano en el país y de ahí tal vez su inclusión calculada. En definitiva, cualquiera sean las causas, la obra está allí y se produce de la manera como quizá debió acontecer en 1957.

 

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